marzo de 2026

Abre en Madrid el Museo de los sentidos

En el número 5 de la céntrica calle de los Peligros, esa que, a tan solo un tiro de piedra de la Puerta del Sol, une la Gran Vía con Alcalá, acaba de abrirse al público el Museo de los Sentidos.

En sus 1000 m² y con «dos millones de inversión» según el manager del grupo Eduardo García (el grupo es de origen croata y esloveno pero el manager es español), este Museo madrileño ofrece más de 30 experiencias sensoriales interactivas que sorprenden al visitante invitándole a descubrir nuevos mundos de participación pero, sobre todo, le incitan a hacerse preguntas sobre la autopercepción. Un laboratorio vivo que invita a explorar cómo funciona la percepción humana para que el visitante no solo observe sino que participe activamente.

El Museo debe su diseño al arquitecto italiano Tommaso Pangiolini, joven pero con varios premios de diseño en su haber, quien estuvo presente en la inauguración. Y el espacio lúdico está pensado por «un equipo multidisciplinar de creativos y especialistas en comportamiento humano, a fin de aplicar la ciencia para diseñar nuevas experiencias memorables y accesibles».

Así, las instalaciones cuentan con espacios dedicados al sonido y al tacto con elementos como una cama de pinchos en la que quedar flotante o una fuente donde el agua parece subir cuando en realidad baja, así como laberintos de espejos y pozos caleidoscópicos que parecen diseñados por algún inquisidor.

Destaca la Sala Amarilla, que elimina el color del entorno y transforma la percepción visual poniendo verde al personal; la Sala del Silencio, un espacio donde incluso los sonidos más pequeños sorprenden; y la Ciudad de la Oscuridad, para relajarse ya del todo.

En resumen, el Museo de los Sentidos es una iniciativa que, según cuentan sus promotores, ya se ha probado con éxito, desde su nacimiento en 2016, en otras capitales europeas como Liubliana, Bucarest, Praga y Milán, pero que se ha implementado para que ahora, en Madrid, tenga éxito no solo en sus 1000 m² de espacio sino que contribuya a reactivar comercial, energética y culturalmente una zona tan transitada y en continua y perpetua transformación como esta que pisamos.

Como he podido comprobar in situ, el museo ofrece una propuesta cultural y educativa para todos los públicos pero, por encima de todo, ofrece mucha diversión y ganas de confraternizar. A mí me cambió el humor: era otra «más mejor» cuando salí.

El recorrido se efectúa en calcetines que proporciona la organización y existen taquillas donde guardar los enseres (los zapatos principalmente) antes de sumergirse en la experiencia para, una vez dentro, no tener que preocuparse de nada.

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