mayo de 2024 - VIII Año

“NADIE RECUERDA LA ÚLTIMA LLUVIA”, una exposición de pintura y poesía para replantearnos el mundo en que vivimos

Tras su exitoso paso por diversas ciudades españolas, el pasado 17 de abril se inauguró en el Centro Cultural Federico García Lorca, de Rivas-Vaciamadrid, la exposición pictórico-poética “Nadie recuerda la última lluvia”. El acto contó con la presencia de la Concejala de Cultura del Ayuntamiento, Isabel Vijández y la participación del pintor Pablo Baeza Encarnación, el poeta Jesús Díaz Hernández y el actor Paco Vicente Cruz, amén de quien escribe estas líneas.

Fue un doble privilegio el de poder presentar este proyecto de tan hondo contenido político y social en Rivas-Vaciamadrid, y el de haber asistido a la visita guiada de los autores por la exposición. Sin embargo, antes de seguir, es preciso que nos pongamos en situación y conozcamos algunos antecedentes.

Este proyecto nació a mediados de 2020, se desarrolló a lo largo de ese año y del siguiente y fraguó en el libro de mismo título que la exposición, editado por Ediciones Vitruvio, en octubre de 2022. El libro, además de los cuadros de Pablo Baeza y de los poemas de Jesús Díaz Hernández, incorporaba unos códigos QR para poder disfrutar de estos últimos en la voz de Paco Vicente Cruz.

El reto del proyecto era que ambas obras convergieran en una sola; es decir, que poema y cuadro fueran uno y lo mismo; y fue un desafío mayúsculo por lo que, tal y como se cuenta en el prólogo del libro, tuvo de renuncia en aras de la convergencia. Ora el pintor, ora el poeta, tuvieron que renunciar a alguna de sus propuestas estéticas que, por muy interesantes que fueran, impedían que las obras confluyeran. En la visita guiada se pusieron como ejemplos del método de trabajo los cuadros “La muerte vino a verme” y “La silla del diablo”, que ilustraron a la perfección ese proceso de búsqueda, de equivocaciones y, por fin, de encuentro. Fue ilustrativo escucharles cómo en el caso de esa segunda obra, y ante la crudeza del resultado, ellos mismos –inducidos por mí- dieran un paso atrás y que, al darlo, comprendieran/comprendiéramos que la primera formulación era la acertada, como había defendido Paco Vicente desde un principio y sin la menor duda. Es el momento de aclarar qué pintábamos —valga la metáfora pictórica— Paco Vicente y, sobre todo, yo debatiendo sobre las obras de Pablo y Jesús.

Fue en enero de 2021 cuando Jesús y Pablo decidieron incorporarnos a Paco y a mí en un grupo de trabajo —¿me atreveré a llamar trabajo a lo que es una pasión? —  para debatir sobre las propuestas. No resulta sencillo hacer una valoración estética sobre la labor de otros artistas y, además, hacerlo sin levantar ampollas; sin embargo, debo reconocer que lo pusieron fácil. Renunciar a una proposición artística siempre cuesta, pero uno y otro lo hicieron teniendo muy claro que el objetivo común era superior a la obra individual. Lo he dicho en numerosas ocasiones y no me canso de repetirlo, esa demostración de generosidad artística fue admirable. Como también lo fue su permeabilidad hacia nuestras unas veces acertadas y otras no, pero siempre bienintencionadas, críticas. Unas críticas o, mejor dicho, un análisis no entendido como un rechazo a sus planteamientos individuales (que como tales funcionaban a la perfección), sino como búsqueda de aproximación del poema al cuadro o del cuadro al poema. Nunca pusimos en tela de juicio esas propuestas, sino el que ambas fueran coherentes como unidad. Aquella búsqueda fue muy enriquecedora tanto para la obra en sí como para nosotros como artistas y, al menos en mi caso, supuso un ejercicio y un momento de altísimo placer estético. Desde entonces, he contraído con todos ellos una deuda impagable.

Si bien en el libro aparecen más de treinta pinturas con sus poemas respectivos, en la exposición solo podremos contemplar quince, debido a las restricciones del espacio. Esta reducción que a mí me pesa, sin embargo, no le pesó a Pablo Baeza que, en todo momento, se ha mostrado encantado de que los cuadros —y los poemas— se encuentren en el patio central del Centro Cultural; es decir, en un lugar de paso, en un lugar por donde la gente viene y va. Porque a su juicio, y pudimos comprobar in situ lo acertado del mismo, al estar justo ahí serán muchos quienes se paren ante algo que llama su atención y se acerquen con curiosidad a las obras. Yo puedo deshacerme en elogios, pero no voy a encontrar ninguno a la altura de ese hecho (algunas de esas personas acabaron sumándose a la visita guiada) y no creo que haya mejor publicidad para la exposición que observar cómo alguien hace un alto en su camino para saciar su curiosidad, para responder a una pregunta sencillísima ¿qué es esto?

Y, a mi entender, la respuesta no es otra que un Clamor, un grito que se manifiesta en dos vertientes: una vital y otra social, no excluyentes entre sí. No hay una sola obra en esta empresa que no nos enfrente a una problemática actual (la discriminación de la mujer, el cambio climático, la alienación, la degradación de los valores cívicos, la pederastia, la guerra, la muerte, el olvido, la constante estupidez humana, la esperanza, el miedo, el fracaso, el futuro) y todas ellas nos hacen plantearnos una pregunta, nos obligan a mirarnos en el espejo y a tener que cuestionarnos quiénes somos. Dicho en otras palabras: nos hacen dudar porque dicen en alto lo que no nos atrevemos a decir, lo que nos incomoda escuchar. Y junto con el anterior, no se me ocurre mejor elogio.

Dije en las líneas anteriores que el reto era aunar dos disciplinas; sin embargo, no es del todo correcto, ya que en realidad se aunaron tres, en una especie de trinidad artística. Porque la voz del actor Paco Vicente Cruz —que podemos escuchar a través de los códigos QR, colocados junto a los poemas— sirve de nexo aún más poderoso en el encuentro de estas disciplinas. Con su voz Paco crea, con su voz Paco nos devuelve el poema mejor, lo convierte en la voz del cuadro, en el Pepito Grillo que espolea nuestras conciencias. Animo al espectador a que lea por sí mismo cualquiera de los poemas y observe el cuadro adjunto y que después escuche el poema recitado por este mayúsculo actor. Sé que oirán un poema distinto al que leyeron y sé que no les defraudará lo más mínimo. Para mí eso se describe con una palabra: magia.

Estoy convencido de que la exposición no dejará indiferente a quien se acerque a descubrirla. Porque, aunque el arte sea solo arte y, por tanto, inútil en el sentido de que no es un martillo que sirva para clavar un cuadro en una pared; el arte nos convierte en seres humanos, nos transforma interiormente, nos remueve, nos conmueve y, en ocasiones, también es un “utilísimo” mecanismo de denuncia que puede martillear nuestras conciencias. Estas obras pueden leerse, verse y oírse sin más pretensión que la de disfrutar del resultado estético. Pero estas obras también pueden leerse, verse y oírse y encontrar en ellas ese clamor al que hace un momento aludía, esa denuncia: un martillazo en nuestras conciencias.

En ese sentido, la exposición no engaña. Hay en ella mucho compromiso social, vale decir, político. Y muchas de las obras ponen la carne de gallina. Traigo de nuevo a colación La silla del Diablo y añado La Sagrada Familia como ejemplos de mis palabras: la primera nos enfrenta a la pederastia, la segunda al horror y al sufrimiento de las familias gazatíes. Otras tienen un contenido más íntimo, pero no menos contundente como es el caso de La muerte vino a verme, por el que siento especial parcialidad y en el que me apoyé para escribir el prólogo al libro, o Amanecer de un niño. Citaré, también, Ahora, en uno de cuyos versos podemos leer el título de la exposición. Tal vez, Correr, Si yo tuviera hambre… En los cuadros de Pablo Baeza se mezclan sabiamente las figuras humanas, las más de las veces sin rostro o difuminadas, con paisajes o escenarios abstractos que les confieren un aire fantasmagórico y de profundo desasosiego y que, quizá por ello, humanizan a esos personajes, consiguiendo que nosotros como espectadores les pongamos el rostro que no tienen. Y creo que es un doble acierto que así sea porque, aunque todas y cada una de las tragedias son personales, el dolor no tiene rostro. Y digo doble porque de esta forma los cuadros se hermanan a la perfección con el contenido de los poemas de Jesús Díaz Hernández, siempre tan humanos y tan llenos de desaliento.

Exposición de pintura y poesía “Nadie recuerda la última lluvia”
Centro Cultural Federico García Lorca. Patio central
Plaza de la Constitución, nº 3
Rivas Vaciamadrid. 28522 Madrid
Del 17 de abril al 21 de mayo de 2024

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Escrito por

Archivo Entreletras

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