marzo de 2026

‘Victoria’, en el Teatro Fígaro de Madrid

Hay obras que parecen ligeras hasta que uno descubre que están hablando de algo transcendental. Victoria es una de ellas.

Continuación natural de Laponia, retoma a las dos ramas familiares que ya habían chocado en el norte helado de Europa por un asunto aparentemente trivial (decir o no la verdad sobre Papá Noel). Aquella discusión navideña no era una anécdota: era una radiografía de dos modelos educativos. Ilusión frente a transparencia. Protección frente a franqueza. Control frente a autonomía.

Ahora, en Victoria (protagonista ausente de la obra), el conflicto ya no gira en torno a un mito infantil sino a una decisión real y con consecuencias: el futuro de un joven de 16 años que juega en la cantera del Real Madrid y decide renunciar a ese privilegio para marcharse de Erasmus a Laponia, donde ha descubierto otra forma de vida y el primer amor, junto a su prima y su tío finlandés (interpretado con mucha actitud por Juli Fràbregas).

La pieza despliega un enfrentamiento mucho más complejo que el simple “éxito o felicidad”. El fútbol funciona como símbolo de rendimiento, visibilidad y posible ascenso económico.

La madre madrileña, interpretada con precisión y matices por Amparo Larrañaga, no es una caricatura de ambición: es una mujer que conoce el valor de las oportunidades escasas y teme que su hijo abandone algo que podría garantizarle estabilidad. Su defensa del sacrificio nace del amor y de su propio esfuerzo, aunque suene a presión.

Frente a ese modelo, el tío finlandés propone otra lógica vital: menos orientada al dinero, más centrada en la coherencia personal y la salud emocional. No es casual que Laponia, más que un lugar, un prototipo de naturaleza, pausa y educación horizontal, aparezca como espacio simbólico de reinvención.

La obra acierta al subrayar que el joven no fue un niño forzado: durante años quiso ser futbolista. El conflicto surge cuando toma conciencia y decide cambiar. Es ahí donde el texto se vuelve especialmente contemporáneo: ¿qué ocurre cuando la identidad heredada deja de coincidir con la identidad elegida? ¿Tienen los hijos derecho a elegir cuando los padres han hecho tantas renuncias por una ilusión que después abandonan?

Iñaki Miramon y Mar Abascal, nos introducen en el papel de inmediato.

El trasfondo más sutil reside en las biografías de las madres. Una se casó con menos margen de elección, vivió más condicionada por el entorno: hizo que deseaba su padre; la otra viajó, exploró y construyó su vida con mayor libertad. Esa diferencia se filtra en la manera en que conciben el futuro de sus hijos. No discuten solo sobre deporte o Erasmus: discuten sobre sus propias renuncias.

En el Teatro Fígaro, la puesta en escena mantiene un equilibrio eficaz entre comedia y drama, evitando el maniqueísmo. Nadie es villano. Nadie es ingenuo. Todos aman a su manera, y ese amor, a veces protector, a veces liberador, es el verdadero campo de batalla.

El desenlace, con los padres firmando los papeles para que ambos primos viajen a Laponia, no suena a victoria ideológica o a sacrificio, sino a madurez afectiva. Comprenden que amar también implica aceptar la incertidumbre y permitir la distancia.

Si en Laponia se preguntaba quién tenía derecho a mantener una ficción, Victoria se atreve a plantear algo más incómodo: ¿quién tiene derecho a decidir el rumbo de una vida? Entre el brillo del estadio y la quietud de la nieve, la obra no impone respuesta, pero deja al espectador frente a su propio modelo de felicidad.

Y eso es algo que nos trae a todos de cabeza.

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Archivo Entreletras

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