¡Mis queridos palomiteros!
Hoy se cumplen noventa años de aquella madrugada de agosto de 1936 en la que mataron a Federico García Lorca entre Víznar y Alfacar. Más allá del eco político y cultural de la tragedia, hay una historia que aporta una dimensión profundamente humana a los últimos meses del poeta: su relación sentimental con Juan Ramírez de Lucas, a quien llamaba “el rubio de Albacete”. La pregunta sigue ahí: ¿se habría salvado Lorca si hubiera logrado marcharse de España con Juan? No hablamos de meras conjeturas. Existen cartas, un poema manuscrito y un viaje que estuvo muy cerca de hacerse realidad.
Conviene ordenar las fechas. Lorca salió de Madrid el 13 de julio de 1936 y llegó a Granada al día siguiente, pocos días antes del comienzo de la Guerra Civil. Sabía que España vivía una situación política muy tensa, pero difícilmente podía imaginar hasta dónde llegaría la violencia. Por entonces ya mantenía una relación con Ramírez de Lucas (Albacete, 1917-Madrid, 20 de julio de 2010), un joven con inquietudes artísticas que quería ser actor y al que había conocido en Madrid a través del Club Teatral Anfistora, dirigido por Pura Maortua de Ucelay.
Durante décadas, Juan fue casi una figura fantasmal en la biografía lorquiana, aunque su nombre no era completamente desconocido. Cuando el investigador estadounidense Agustín Penón viajó a Granada en 1955 para intentar esclarecer el asesinato, la propia Pura Maortua le habló de aquel joven actor de Albacete del que Federico se había enamorado. Más tarde apareció una prueba clave: un romance manuscrito por Lorca en el reverso de una factura fechada el 1 de mayo de 1935 que comienza con las palabras “Aquel rubio de Albacete”.
El documento decisivo llegó el 18 de julio de 1936. Desde una Granada convulsa, Lorca escribió una carta de tres páginas —la última carta conocida del poeta— a Juan, que había regresado a Albacete para pedir a su padre autorización para marcharse al extranjero. Tenía diecinueve años y la mayoría de edad estaba entonces fijada en los veintiuno. Su padre se negó. Federico le pidió paciencia, trató de evitar una ruptura familiar y le hizo saber que podía contar con él. Detrás de aquellas palabras había un proyecto concreto: Margarita Xirgu lo esperaba en México y ya le había enviado el pasaje. Lorca aplazó el viaje mientras esperaba que Juan pudiera acompañarlo. Ahí está el nudo de esta historia: Federico podía marcharse, Juan no, y Federico esperó. Varios autores han estudiado lo que aquella relación pudo significar durante las últimas semanas de Lorca.

El dramaturgo José Moreno Arenas, académico de número de la Academia de Buenas Letras de Granada, abordó la cuestión en Federico, en carne viva, publicada inicialmente en 2019 en Estreno. Cuadernos del Teatro Español Contemporáneo y editada después por la Diputación de Granada en 2022. Moreno Arenas ha defendido que el enamoramiento de Juan pudo influir de manera decisiva en el aplazamiento de la marcha del poeta.
Por su parte, Manuel Francisco Reina contribuyó a que la historia llegara al gran público con su novela Los amores oscuros (Planeta, 2012), mientras que el hispanista Ian Gibson, uno de los grandes biógrafos de García Lorca y autor de Lorca y el mundo gay (Planeta, 2009), comprendió enseguida la importancia de Ramírez de Lucas. Gibson había intentado entrevistarlo sin éxito y, cuando se conoció públicamente su identidad, reclamó que se estudiara toda la documentación que había conservado.
La cautela de Gibson resulta importante. Podemos pensar que Lorca retrasó su marcha por amor, pero decir que murió por amor sería ir demasiado lejos. Lo que ocurrió después pertenece ya a la tragedia conocida. La sublevación triunfó en Granada, se multiplicaron las detenciones y los fusilamientos y Manuel Fernández-Montesinos, alcalde de la ciudad y cuñado del poeta, fue asesinado. Lorca acabó refugiándose en casa de los Rosales, una familia vinculada a Falange que intentó protegerlo. El 16 de agosto lo detuvieron allí. Poco después lo mataron.
Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿qué habría ocurrido si las cosas hubieran sido distintas? ¿Habría llegado Lorca a México? ¿Habría sobrevivido a la Guerra Civil? Nunca lo sabremos.
La aparición de Juan Ramírez de Lucas tampoco borra a Rafael Rodríguez Rapún, uno de los grandes amores del último Lorca y uno de los nombres tradicionalmente relacionados con los Sonetos del amor oscuro (1935-1936). No hace falta elegir entre uno y otro. La vida sentimental de Federico fue mucho más compleja que nuestro empeño posterior por buscar un único destinatario para cada poema. Rapún está precisamente en el origen de una de las obras teatrales que mejor han recuperado su memoria, La piedra oscura, de Alberto Conejero (Ediciones Antígona, 2013).
También resulta especialmente valioso el trabajo de Emilio Peral Vega, catedrático de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid y uno de los principales especialistas actuales en Lorca. En La verdad ignorada. Homoerotismo masculino y literatura en España (1890-1936) (Cátedra, 2021), estudió la presencia del deseo entre hombres en autores como Lorca, Cernuda, Benavente o Blanco-Amor.
Este mismo año, Peral Vega publicó el 7 de mayo en Cátedra la edición de La piedra oscura. Ushuaia. En mitad de tanto fuego, de Alberto Conejero. Además, el próximo 24 de septiembre verá la luz, también en Cátedra, su estudio “La poesía que se hace humana”. El teatro de Federico García Lorca, una monografía que culmina más de cuarenta trabajos dedicados al escritor granadino.
Todo esto ayuda a entender algo que durante demasiado tiempo se trató con excesiva cautela: la homosexualidad de Lorca formó parte de su vida, de sus amores, de sus conflictos y, naturalmente, también dejó huella en su obra. Juan Ramírez de Lucas forma parte de esa historia. No se trata de desenterrar un secreto morboso, sino de conocer mejor al hombre que había detrás del escritor.

Noventa años después, la historia vuelve además a cobrar actualidad. Manuel Menchón dirige La voz quebrada, un documental construido a partir de las memorias, los materiales personales y los recuerdos que Ramírez de Lucas conservó durante décadas. La película emplea documentos inéditos, entre ellos cartas, poemas y recuerdos, y cuenta con Álvaro Morte como Federico García Lorca, acompañado por Francesco Carril, Joaquín Notario, Pedro Casablanc, Verónica Sánchez, Víctor Clavijo, María Galiana y Alberto San Juan. Se presentará en la 74.ª edición del Festival de San Sebastián, que se celebrará del 18 al 26 de septiembre, y llegará a los cines el 16 de octubre.
Cinco días después, el 21 de octubre, Seix Barral publicará Recuerdos. Breve historia de un amor, de Juan Ramírez de Lucas, en edición de Christopher Maurer y Víctor Fernández. El libro adquiere un valor especial porque, junto a los recuerdos de Juan, incorporará materiales lorquianos que han permanecido inéditos durante casi un siglo: dibujos, un poema, una carta, fotografías y documentos autógrafos de Federico. No son diarios escritos en 1936, sino recuerdos redactados muchos años después y, como toda memoria tardía, habrá que contrastarlos con cartas, documentos y fechas. Pero poseen algo que ningún investigador puede sustituir: la mirada del muchacho que quiso marcharse con Federico.
El amor no mató a Lorca. Lo mataron quienes lo detuvieron, quienes ordenaron su asesinato y quienes acabaron con su vida. Pero conocer la historia de Juan Ramírez de Lucas cambia nuestra manera de mirar aquel verano de 1936. Juan no explica por sí solo el destino de Federico, pero forma parte de él.
Quizá el documental y el libro aclaren nuevos detalles. Quizá algunas preguntas sigan para siempre sin respuesta. Noventa años después, queda al menos una certeza profundamente humana: mientras España se precipitaba hacia el abismo, Federico todavía pensaba en vivir, en amar y en marcharse junto a alguien. Ese futuro posible nunca llegó. Y pocas veces el amor estuvo tan cerca de cambiar la Historia.








