Hay películas que, antes incluso de sentarnos en la butaca, nos llegan precedidas de una aureola de excelencia. Las recomendaciones, los comentarios entusiastas, las críticas elogiosas y esa especie de consenso que parece establecerse alrededor de determinadas obras van construyendo unas expectativas que, inevitablemente, condicionan nuestra mirada. Eso me ocurrió con La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi.
Fui a verla con muchas ganas. Salí reconociendo sus méritos, que los tiene, pero también con una sensación de insatisfacción difícil de explicar. Valoré su factura estética, el cuidado de la fotografía, la interpretación de buena parte del elenco —aunque en algún momento me resultó excesiva, incluso histriónica— y, sobre todo, la calidad de las historias que componen su relato. Sin embargo, no encontré esa excelencia de la que tanto había oído hablar. Y dado que la opinión positiva es casi unánime creo que merece la pena explicar por qué.
Partamos de un elemento fundamental: de La bola negra, la obra inacabada de Federico García Lorca, apenas se conservan cuatro páginas. Cuatro páginas que contienen el germen de una historia, una intención dramática, un universo por desarrollar. A partir de ese material, los directores construyen tres historias que transitan por diferentes épocas y circunstancias, pero que comparten una misma preocupación: la identidad, la homosexualidad, la represión, el rechazo y las consecuencias que el silencio y la intolerancia dejan en las vidas de las personas.
La propuesta es ambiciosa. No hay nada que objetar a la ambición cuando se acompaña de talento y de una mirada propia.
Las tres historias funcionan individualmente. Tienen interés, conflictos reconocibles y personajes con entidad. El problema, a mi juicio, aparece cuando llega el momento de hacerlas confluir. Es entonces cuando el mecanismo narrativo parece necesitar demasiadas explicaciones, demasiados giros y algunas situaciones que, en lugar de enriquecer el relato, parecen forzadas para conducirnos hacia un desenlace previamente decidido.
Hay escenas que buscan el impacto emocional y que, sin embargo, me resultaron innecesarias. Pienso especialmente en la del fusilamiento y en ese giro dramático que convierte al protagonista en ejecutor de la persona amada. Una tragedia dentro de otra tragedia. ¿Era necesario llegar hasta ahí? ¿Había construido la película suficientemente esa situación para que resultara inevitable? A mí me pareció un recurso demasiado fácil, una manera de buscar una intensidad que la propia historia ya contenía.
Y es que no siempre más tragedia significa más profundidad.
Hubo, sin embargo, una escena que me pareció magistral: la de Federico García Lorca con Rafael, su amante. Allí encontré algo que eché en falta en otros momentos de la película. Encontré al hombre detrás del poeta. Las miradas, las sonrisas, la complicidad y esa tristeza apenas insinuada que acompaña a las despedidas. No hacían falta grandes discursos ni versos memorables. Bastaba con observarlos.
En esa escena Lorca deja de ser el personaje histórico, el poeta universal, el símbolo de una tragedia colectiva, para convertirse en un hombre que ama, que desea, que sufre y que probablemente sabe que hay despedidas que no tienen regreso. Ahí está, para mí, una de las grandes virtudes que puede tener el cine: humanizar sin necesidad de explicar.
Quizá por eso me resulta tan arriesgado tomar la voz de Lorca como punto de partida para una construcción cinematográfica de estas dimensiones. Federico es demasiado grande para convertirlo en un simple referente que legitime cualquier propuesta. Su obra está llena de metáforas, de símbolos, de belleza y de una sensibilidad que sigue interpelándonos. Pero precisamente por eso acercarse a él exige algo más que invocar su nombre.
Alguien llegó a sugerirme que mi decepción podía deberse a que no había entendido a Lorca. Curiosa conclusión. He estudiado a Lorca, he recitado a Lorca y he interpretado a Lorca. No pretendo por ello tener la última palabra sobre su obra, pero sí conocer suficientemente su universo poético como para saber que la metáfora no necesita que nadie la traduzca, aunque sí exige que sepamos reconocerla.
Tomemos la nieve, por ejemplo.
La nieve es mucho más que pureza. También puede ser soledad, silencio, desamparo, ausencia. En el desenlace de la historia de Carlos, cuando reniega de su condición y parece condenarse a vivir una vida que no le pertenece, la bomba y después la nieve adquieren una dimensión simbólica evidente. Carlos muere solo. Y esa nieve puede representar precisamente esa soledad definitiva, esa vida que no pudo ser.
No cuestiono la metáfora. Al contrario, me parece hermosa y profundamente lorquiana.
Lo que me cuestiono es si la película consigue conducirnos hasta ella con la fuerza narrativa necesaria. Porque el metraje, excesivamente largo, termina pasando factura. Cuando llega ese momento, una parte del espectador puede encontrarse ya fatigada, preguntándose si está ante el desenlace o si todavía queda otra vuelta de tuerca. Y una imagen poética, por poderosa que sea, necesita que el relato haya preparado emocionalmente el terreno para que alcance toda su dimensión.
La belleza formal no siempre es profundidad. La solemnidad no siempre es trascendencia. Y una sucesión de momentos intensos no garantiza que estemos ante una historia verdaderamente cohesionada.
No quiero que se entienda esto como una descalificación. Al contrario, creo que La bola negra tiene elementos de enorme interés, momentos de cine magnífico y una intención que merece reconocimiento. Recuperar la memoria de quienes fueron perseguidos por su condición sexual, mostrar las heridas que atraviesan generaciones y recordar que la libertad individual nunca ha sido un regalo, sino una conquista, son asuntos que siguen teniendo plena vigencia.
Pero una película no queda a salvo de la crítica por la importancia de los temas que aborda, ni una obra adquiere automáticamente la excelencia por apoyarse en el legado de un creador extraordinario.
Quizá mi decepción tenga que ver, sencillamente, con las expectativas. Quizá esperaba que las tres historias terminaran construyendo algo más que su confluencia, que el encuentro entre ellas produjera una revelación, una emoción nueva, una necesidad narrativa que hiciera inevitable el desenlace. No lo encontré. Y me parece perfectamente legítimo decirlo. El respeto por una obra no exige la adhesión incondicional. Tampoco la admiración por Lorca obliga a aplaudir cualquier interpretación de su legado.
Porque hay algo que conviene recordar: a Federico García Lorca no necesitamos convertirlo en un monumento intocable. Sigue vivo precisamente porque podemos leerlo, interpretarlo, discutirlo y descubrirlo una y otra vez.
Salí de ver La bola negra reconociendo su belleza y algunos momentos extraordinarios. Pero también con la sensación de que había visto una película que aspiraba a ser mucho más de lo que finalmente conseguía.
Y quizá esa sea la crítica más honesta que puedo hacerle: me gustó, me interesó, me hizo pensar, pero no me emocionó como esperaba.
No hay que pedir permiso para no entusiasmarse con una obra, por mucho prestigio que la acompañe. Y menos aún cuando se argumenta desde el conocimiento y el respeto.
Y no, no creo que sea porque no haya entendido a Lorca.






