octubre de 2026

La compañía de los clásicos

Ulises y Argos

La compañía de los clásicos, o se experimenta como íntima, o tiene mucho de ficticia.

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Como los dioses griegos, los clásicos habitan en una montaña: para que te reciban, hay que elevarse hasta ellos.

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La piedad de los clásicos: dejarse leer en cualquier época, en cualquier lugar, por cualquier persona, y mejorarlos en el acto.

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Si a la intimidad con los clásicos conduce un estrecho sendero, no pretendas que de ellos parta una autopista intercontinental.

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Los clásicos nos reconcilian: con nosotros mismos y con los demás. Por eso brindan un templo a la armonía y un altar a la amistad.

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Si no ensalza la dignidad humana, ni le reconoce su justa propoción (ni gigantesca, ni enana), no le acepto a nadie el título de clásico.

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Un clásico no se calla nunca (incluso cuando permanece ignorado durante siglos).

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El clásico habla desde la eternidad, y en ello reside su irresistible capacidad de persuasión.

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Como Argos, un buen lector reconoce a un clásico incluso si aparece disfrazado de mendigo.

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Para quien se instala entre los clásicos, ayer y hoy son una misma casa.

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La tradición clásica es una embarcación que zarpó como una chalupa y en plena travesía se convirtió en un transatlántico.

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Viajar con los clásicos es hacerlo con la humanidad entera (incluidas las culturas que los precedieron o que los han ignorado).

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Aun cuando nadie lo lee, un clásico lo sigue siendo… hasta el final de los tiempos.

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A diferencia de la de los simples mortales, la paciencia de los clásicos es, literalmente… inagotable.

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Cada vez que un lector se identifica, en presente, con un autor del pasado, se desvanecen las fronteras entre la vida y la muerte.

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Para una cultura obsesionada con el aquí y el ahora, la lectura de los clásicos solo puede ser vivida como una humillación: por eso yacen enterrados bajo toneladas de basura perecedera.

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Los clásicos contemplan desde siempre la rabiosa actualidad con la ternura de un anciano que ya ha vuelto de todo.

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Los clásicos son un ágora universal: quien penetra en ella con el corazón puro, ya nunca volverá a comportarse como un bárbaro.

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