septiembre 2020 - IV Año

LETRAS

Galdós en el horizonte epistolar de Blasco Ibáñez (I)

blascoibanez
Blasco Ibañez

Corría el año 1900 cuando la imprenta sacó a la luz un nuevo título del ciclo de novelas de costumbres contemporáneas de Blasco Ibáñez. Se trataba de Entre naranjos. Para celebrar la publicación, el 9 de diciembre se organizó un banquete de homenaje en los jardines del Retiro, de Madrid, al que acudieron destacadas personalidades del mundo de la política y de la prensa, así los señores Nicolás Salmerón, Menéndez Pallares, Morayta, Castrovido o Zeda. No faltaron tampoco a la cita, artistas de talla excepcional, y además valencianos e íntimos del escritor, como los hermanos Benlliure, José y Mariano, y Joaquín Sorolla. Más aún, estos dos últimos se encargaron de dirigir la decoración del lugar donde iba a celebrarse el festejo.

Un día después, en las páginas del Heraldo de Madrid, se incorporaba una reseña del evento, subrayando que, al término del banquete, se presentó don Benito Pérez Galdós. Tras abrazar a Blasco, el autor canario fue honrado con los acordes de instrumentos tan típicos del folclore valenciano como el tabal y la dolçaina, y la intervención de cantantes de albaes. Esa misma noche, a don Benito se le ofreció también la oportunidad de compartir mesa, en el Lhardy, con varios de los asistentes a la fiesta del mediodía, puesto que Mariano Benlliure había organizado una cena en la que estarían presentes su hermano Juan Antonio, Morote, Amalio Jimeno, Sorolla, Rodrigo Soriano y los dos afamados novelistas.

¿Hubo con anterioridad a la fecha mencionada alguna otra ocasión a partir de la cual fijar el inicio de la relación amistosa que vinculó a dos grandes figuras de la literatura en castellano como Galdós y Blasco Ibáñez? Seguramente para entonces ya se conocían. Lo bien cierto es que, merced a la correspondencia epistolar conservada en la Casa Museo Pérez Galdós (ya reproducida en Nuez y Schraibman 1967), la posibilidad de profundizar en los lazos que les unieron resulta poco alentadora: un total de diez cartas (dos de ellas tan intrascendentes como imposibles de datar), a partir de las cuales se ha aseverado que la amistad del escritor canario con Blasco Ibáñez «tiene un tono político y [es] más direct[a]» (Mainer 2014: 490), afirmación que debería matizarse, acentuando que trascendió a los puras afinidades políticas. Bastará, en principio, traer a colación la opinión que el autor de La barraca dejó plasmada en la sección que, en El Pueblo (18-XI-1897), bautizó como Galería popular, para comprobar que Blasco sentía una verdadera admiración por don Benito: «Es el primer novelista español de este siglo y el segundo después de Cervantes» (cf. Sanz Marco 2000: 1006; Alonso 2009: 76).

galdosPérez GaldósClaro de las circunstancias político-literarias del momento se conjugaron para que el propio novelista valenciano tomase parte activa, en Valencia y su provincia, en lo que se ha denominado como la «batalla de Electra». Transcurrido poco más de un mes del homenaje a Entre naranjos, Galdós estrenó en el teatro Español lo que iba a convertirse en un drama sumamente polémico. El triunfo de Electra el 30 de enero de 1901 coincidió con el clima de efervescencia que se respiraba en la península en torno a la posibilidad de que la discusión que tenía lugar en París sobre la separación entre la Iglesia y el Estado traspasase la frontera de los Pirineos (Villar 2018). Lo que para unos alimentaba la esperanza de echar abajo el oscurantismo y el fanatismo religioso, para otros representaba una agresión intolerable al tradicional régimen instituido por la Providencia. Ya en el relato que los distintos rotativos ofrecieron de lo sucedido la noche del 30 de enero a la salida del teatro Español, quedaba bien patente el cisma provocado por el drama galdosiano. Desde el sector conservador, se criticaba Electra por atentar «contra el espíritu católico» (El Siglo Futuro, 2-II-1901). Pero además se condenaba la actitud de aquellos gobernantes que toleraban las proclamas liberales adversas a los jesuitas.

En el mismo lugar, curiosamente, se acusaba a Blasco Ibáñez y a El Pueblo de fomentar esta atmósfera de excitación.

Desde luego, esta última imputación no carecía de fundamento. El mismo 2 de febrero aparecía en el diario valenciano un artículo de Luis Morote comentando las bondades de la obra galdosiana, que desagradó, y mucho, a unos grupos de opinión muy concretos de la ciudad del Turia. Sin duda alguna, el litigio planteado entre defensores y detractores del clero se estaba extendiendo por muchas ciudades y pueblos españoles. Sin embargo, en Valencia, le otorgaba un protagonismo sustancial a la figura de Blasco Ibáñez. Otra vez, desde El Siglo Futuro (11-II-1901), se hacía un elogio encomiástico del periódico La Libertad, en tanto que en sus páginas demostraba gran valor por no humillar «la cerviz a la tiranía de Blasco Ibáñez». En esta ocasión se atinaba al destacar el predicamento de Blasco en la política valenciana. No obstante, quedaba en el tintero la alusión al protagonismo de Rodrigo Soriano, figura que, por otra parte, mantuvo una amistad y una correspondencia epistolar bastante frecuente con Galdós a partir de 1895 (Armas Ayala 1993), en las actividades de propaganda anticlerical emprendidas desde la prensa y en actos públicos diversos.

3.2. El PuebloExtracto artículo Galdós, La España de hoy, El Pueblo (11-4-1901)Precisamente, ante la inminencia de las próximas elecciones a diputado, el 31 de marzo tuvo lugar un mitin en el velódromo de Cuarte, en Valencia, en el que Blasco y Soriano se dirigieron a la numerosa concurrencia en el mismo sentido: se atacaba a las congregaciones religiosas, cuyo influjo en la instrucción de la sociedad española era perjudicial, y se abogaba por solicitar su expulsión del país, tomando como ejemplo el «estado actual de cosas en Francia y Portugal» (Heraldo de Madrid, 31-III-1901). Ni que decir tiene, lo que era visto por unos como una expresión de protesta entusiasta contra el orden establecido, fue interpretado desde las filas conservadoras de un modo radicalmente opuesto: «el mitin presidido por Blasco Ibáñez fué tan violento como el de Barcelona» (Lectura dominical, 7-IV-1901). Y en el trasfondo de la cuestión, volvía a aparecer la sombra del drama galdosiano.

En la primavera valenciana de aquel año se fueron entrelazando de modo inextricable la obra literaria, la campaña electoral y la crispación fomentada por la prensa de uno y otro signo. Apenas iniciada su singladura el mes de abril, empezó a representarse Electra en varias localidades de la provincia. Fue Catarroja donde primero se llevó a las tablas, cuando un grupo de actores y actrices capitaneado por el señor Araixa enfervoreció a los asistentes que lanzaban gritos de «¡Viva Benito Pérez Galdós! ¡Jesuitas, Electra os ha muerto!» (El Pueblo 2-IV-1901). Luego, las peripecias del odiado Pantoja se desarrollarían sobre los escenarios de teatros de Carcagente, Carlet, Lliria y, sobre todo, Burjassot. En esta última localidad, inmediata a la capital, donde el propio Blasco se inspiró para trazar magníficas estampas descriptivas de Arroz y tartana, la compañía dirigida por el Sr. Alfredo Paredes puso en escena el drama galdosiano el 7 de abril. Ocho días más tarde, con cuatro representaciones de la obra, asistieron invitados, al teatro de Novedades, Blasco y Soriano, quienes tuvieron que dirigir unas palabras al terminar la función a un público que aclamaba a los candidatos de Fusión Republicana (El Pueblo, 16-IV-1901).

No sería Electra, sin embargo, el único título que se vio popularizado en estos días. El 13 de abril se representó en el teatro Ruzafa, de Valencia, la obra Doña Perfecta, en honor de don Benito Pérez Galdós (Las Provincias, 13-IV-1901). Sobre el mismo escenario, a petición de los comités republicanos de la ciudad volvería a figurar en cartel, para el 14 de mayo, el mismo drama junto a una versión paródica de Electra titulada Electroterapia (Las Provincias, 13-5-1901). En esta segunda ocasión, el evento se planteó como homenaje a Blasco y Soriano, quienes acudieron junto a un público que asistía ante el interés suscitado por unas obras de marcadas tendencias liberales.

La instrumentalización política del texto literario resultaba indiscutible. Del mismo modo que, en la pugna de fuerzas planteada, también hubo de manifestarse con sumo rigor la Iglesia. Si los obispos de muchas ciudades españolas habían emitido pastorales para advertir a sus fieles de los graves peligros que acechaban a la institución (La Lectura Dominical, 7-IV-1901), el arzobispo de Valencia publicó una circular, con fecha de 9 de abril, prohibiendo directamente a los católicos la lectura de El Pueblo. Como réplica implacable, el mismo Rodrigo Soriano orillaba la cuestión suscitada, y elegía un rotativo diferente para difundir el artículo «Dios, carlista» (La Unión Republicana, 24-IV-1901). Mientras tanto, seguía demorándose la llegada de Electra a los teatros de la capital. ¿Cuál fue el motivo?

Es plausible que ese retraso obedeciera a la celebración de las elecciones legislativas el 19 de mayo, por lo que «el estreno en la ciudad se retrasó hasta el día 21» (Sanfeliú 2005: 78). Tras la victoria alcanzada por Blasco y Soriano, por la que estos fueron felicitados, curiosamente, por el autor de Electra: «La más cordial felicitación á usted y á Soriano.—Pérez Galdós» (El Pueblo, 21-V-1901), la puesta en escena del drama pudo ser concebida como una celebración para los nuevos diputados electos. No obstante, en vísperas de los comicios la prensa republicana trataba de justificar el aplazamiento del estreno del 18 al 21 con unos argumentos que permitiesen rebatir las «insidiosas especies» puestas en circulación por «la gentuza reaccionaria» (El Pueblo, 17-V-1901). Según parece, hubo una causa de peso para explicar el cambio de fechas. Electra iba a ser representada en el teatro Principal por la misma compañía que la llevó a las tablas del Español, la del Sr. Francisco Fuentes, y utilizando para ello los mismos decorados. Sin embargo, estos no pudieron llegar a tiempo, porque la obra todavía estaba en cartel en Zaragoza. Por si había alguna duda, se hacía mención de «los comprobantes justificativos de [esta] imposibilidad material».

Sea como fuere, casi obvia decir que la fecha tan ansiada por algunos, provocó en otros reacciones insólitas. Esto es, mientras en El Pueblo se auguraba un éxito colosal para el estreno de la obra esa misma noche, representación para la que Blasco y Soriano tenían reservado un palco; en Las Provincias, se trataba de disuadir a sus lectores para que no acudiesen a la función: «Es seguro que nadie que se precie de católico irá esta noche al teatro Principal, atendiendo como es justo, el consejo de nuestro digno y celoso prelado» (21-V-1905). No se espere, pues, que la relación de lo sucedido en el estreno del «desdichado drama» galdosiano, perseguido por el anatema, fuese coincidente en los diferentes medios periodísticos de la ciudad.

Desde Las Provincias se intentó minimizar la repercusión de la obra mediante una perspectiva ciertamente distanciada: «por las referencias que tenemos del efecto que causó en el público -acaso quien escribió la reseña lo hacía de oídas?-, este no fue tan grande como se aguardaba» (22-V-1905). Es cierto que estaba lleno el Principal, aunque todos eran simpatizantes de Fusión Republicana. En la sala se oyeron «vivas y mueras», pero fueron gritos aislados, proferidos sin responder a un auténtico entusiasmo. Quizá porque los dirigentes de los «elementos revolucionarios» habían dado consignas para que se respetara el orden. Sobre el hecho teatral, ninguna alusión por mínima que fuese. Sí, en cambio, las hubo en las páginas de El Pueblo. Referencias laudatorias a la interpretación de los actores, en especial, de la señorita Matilde Moreno, que es «la encarnación de la Electra ideada por Pérez Galdós, que la creó para la citada actriz»; así como para los decorados. La obra contaba con los ingredientes necesarios para atraer al público, aunque los que acudieron al estreno se identificaban por unas credenciales muy específicas: era «el mismo pueblo que mandó un mensaje de felicitación a Zola y protestó de la excomunión de Tolstoi, el que declaró hijos de Valencia a Sorolla y Benlliure» (22-V-1901). Y esta comunidad popular no solo quedó satisfecha con el espectáculo, sino que vibró con «delirantes muestras de admiración» y, en los entreactos, corearon la Marsellesa y lanzaron vivas a la República y contra la reacción.

3.3. El PuebloExtracto artículo Galdós, La España de hoy, El Pueblo (11-4-1901)Concluida la función, Blasco y Soriano abandonaron el palco número seis y se dirigieron a la cercana sede de El Pueblo, secundados por una multitud de correligionarios. La misma que con sus vítores obligó a los diputados a salir al balcón para enlazar breves discursos en honor de Galdós y de Electra, cuya trascendencia fue puesta de relieve como estandarte de la libertad. Tan importante como la representación del drama, lo fue para la prensa nacional que se hizo eco del evento lo sucedido a continuación. Era cierto que la obra había alcanzado un éxito inmenso (La Correspondencia de España, 22-V-1901; El Eco de Santiago, 22-V-1901). Pero no desmerecieron en absoluto las proclamas de Soriano, fustigando a los clericales, y de Blasco, subrayando cómo Galdós había señalado «la línea divisoria de las dos Españas: la de la libertad, la ilustración y las artes, y la de los Pantojas» (Heraldo de Madrid, 22-V-1901). Entre los republicanos existía el convencimiento de estar protagonizando una batalla. Por eso, los medios afines prestaron atención a los detalles más anecdóticos del momento:

Cuando Blasco Ibáñez citaba la frase: «¡Hay que quemarlo!», una voz añadió: «Ahora». E instantáneamente replicó Blasco:

—No, que la Guardia Civil tiene su cuartel esta noche en el convento (La Unión Republicana, 1-VI-1901).

Es en este contexto temporal, inmediatamente anterior y posterior al estreno de Electra en el Principal donde hay que incardinar tres cartas cruzadas entre Blasco y Galdós. Ninguna de ellas lleva fecha, pero es posible datarlas con cierta aproximación, a la vez que su contenido asegura una correspondencia bastante fluida entre Blasco y Soriano, por un lado, y el escritor canario, por el otro. En orden cronológico, la primera de ellas cabe situarla entre el 15 y el 18 de mayo. En ella Blasco trata de justificar su papel en el estreno de Electra, desligándolo de cualquier interés electoralista, puesto que obedeció supuestamente a una complicidad personal con don Benito:

El amigo Rodrigo no explicaría bien en su carta el motivo de nuestra intervención en esto del estreno de Electra.

No es que en ese estreno consista el triunfo de nuestra candidatura. Como Ud. dice muy bien, resulta incomprensible tal afirmación.

Eso que Rodrigo y yo hemos hecho es mezclarnos en el asunto por el cariño a Ud., acrecentado aún más en vista de los ataques que le dirige la canalla jesuítica.

Alude Blasco, a continuación, al mencionado retraso del estreno del drama en Valencia: «El público había leído que el 15 comenzaba a funcionar la compañía Fuentes y al ver que no se cumplía lo prometido comenzó a murmurar de un modo espantoso». Y después de arremeter contra los infundios divulgados por las «clases reaccionarias», pronostica que la auténtica batalla contra ellas no estará en las tablas sino en las urnas, el domingo 19.

En el número correspondiente al 26 de mayo, en El Pueblo se publica una misiva remitida por Galdós a los diputados republicanos recién elegidos, en la que aquel se extendía en las felicitaciones que ya había trasladado anteriormente por vía telegráfica:

Mis queridos amigos Blasco y Soriano: No pueden imaginarse el gustazo que nos ha dado el triunfo de ustedes a todos los que vemos algo por encima de la política profesional, del asqueroso encasillado, etc., etc… Ha demostrado Valencia ser el único pedazo del territorio donde hay vergüenza electoral. Bien se lo han ganado ustedes. Vendrán al Congreso con una autoridad que no tendrán otros y podrán decir todas las desvergüenzas que hace necesarias nuestro tristísimo estado político y social. Ya me estoy relamiendo con el gusto anticipado de oír lo que dirán…

¡Viva Valencia! Por las noticias telegráficas que anoche llegaron y por la carta de ustedes recibida hoy veo que también yo debo gratitud a ese pueblo. ¡Viva Electra! tengo que decir, olvidando que es mío el drama. Suyo afectísimo.

El arte y la política viajaban perfectamente entrelazados en el diálogo postal establecido. Pero, consumados los comicios, volvió a aflorar la motivación primordial que sustentaba la relación entre los escritores. Signifíquese que Blasco se dirige en nueva epístola a Galdós como «maestro», excusándose de no haber podido contestar antes a «sus dos últimas [cartas]» por hallarse fuera de la ciudad. Acto seguido, informa de que Electra sigue representándose en el Principal, por lo que la epístola puede datarse con anterioridad al 30 de mayo, fecha de la última representación (El Pueblo, 30-V-1901). Asimismo, en tono confidencial, Blasco expone su opinión sobre la compañía del Sr. Fuentes, de la que solo salva por su interpretación «a la Moreno». Los actores que encarnaban los papeles masculinos apenas «subraya[ban] nada», siendo su actuación muy inferior, por la frialdad demostrada, a la de aquellos pobres diablos que representaron el drama en el teatro de Novedades, de Burjassot. Para rematar la carta, el novelista invitaba a Galdós a visitar la ciudad: recibiría un fervoroso homenaje de aquel pueblo valenciano que tanto le idolatraba, e incluso sería posible gozar de la «vida bohemia en plena naturaleza».

Pese a la euforia blasquista, cabe precisar que para Electra la realidad no llegó a ser ni tan triunfal como él afirmaba, ni tan decepcionante como planteaba Las Provincias. En este diario se habló, el 28 de mayo, del gran fracaso de la obra, propiciado por el hecho de que el «público distinguido» se abstuvo de acudir al Principal, mientras que el elemento anticlerical consideraba la obra como «sosa y pueril». Es cierto que hubo que rebajar el precio de las entradas, porque la afluencia de público fue mermando antes de lo esperado, y de las veinte funciones previstas, se representaron unas trece (Sanfeliú 2005: 78). Aun así, no deberá concluirse que Electra sucumbió ante la presión hostil de los sectores católicos. El mismo día en que se ofreció la última función en el Principal, la obra galdosiana era llevada a los escenarios del teatro de la Marina, en el Cabanyal, por la compañía del primer actor Miguel Cepillo.

Continúa en la II parte que se publicará proximamente…..

 

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