febrero de 2026

Oikos. En defensa del hogar

Fotografía de José Luis Trullo

“El hogar: el lugar donde no se siente”, escribió Pessoa. ¡Qué poca sensibilidad, la suya!

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¡Por supuesto que en el hogar podemos experimentar un sinfín de sensaciones! Eso sí: tenues, sutiles, delicadas… es decir, sumamente alejadas del trepidante carrusel de sacudidas y zarandeos con que la sociedad actual identifica la emoción, incluida la más banal.

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Las virtudes asociadas con el hogar (la calidez, el esmero, la atención por lo próximo y minúsculo) mueren en una sociedad como la actual, para lo cual solo cuenta la gélida y expeditiva pasión por las cifras, cuanto más descomunales, ¡tanto mejor!

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“Mi hogar, mi castillo”, reza un dicho inglés. Y es que quien percibe como un hogar un espacio cualquiera, aunque sea una humilde tienda de campaña, resulta moralmente inexpugnable.

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Se lee en la red: “la palabra oikos proviene de las vigas maestras de madera que sostenían la chimenea”. Así es. Quien dispone de un oikos, posee una lumbre en torno a la cual calentarse, sobre la cual cocinar, con la cual iluminarse. No necesita mucho más para constituirse en el centro del mundo… al menos, para sí mismo.

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Fotografía de José Luis Trullo

La sociedad actual aborrece los valores asociados al hogar: el sentimiento de arraigo, de pertenencia, de inserción en el espacio físico y moral… Por eso hoy en día nada se combate con más ahínco que el concepto de “hogar”, el cual se reduce, proverbialmente, a… “cuatro paredes”.

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¡Cuánto techado material oculta a un sintecho espiritual!

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El hogar era en Roma la sede de los lares, esas divinidades domésticas que lo envolvían todo con una gasa emotiva y sacramental: hoy en día, es raro que habiten ninguna casa.

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Si no transformas tu casa en un hogar, en realidad vives a la intemperie.

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La persona que ama su casa y, cuidándola, la convierte en un hogar, se erige, no solo en su legítima propietaria, sino en quien detenta la más alta autoridad sobre quienes se limitan a sobrevivir en ella. Por eso, la más alta dignidad que uno puede detentar en la vida es la de ser… su propia “ama de casa”.

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Cuidarse del propio hogar, hacerse personalmente cargo de él, es la forma más alta de humanidad que se me ocurre, pues con ello uno se concilia con el entorno, al cual sirve y del cual se sirve en una primorosa relación de muda reciprocidad.

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Quien delega el cuidado del propio hogar en una tercera persona, se está desahuciando a sí mismo.

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Llegar a la que crees que es tu casa, y encontrarla limpia y ordenada por otras manos: ¡qué amarga forma de alienación!

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Solo son adultas las personas que saben guisar, es decir, que son capaces de alimentarse por sí mismas; de lo contrario, permanecen en un estado pueril, casi lactante.

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Fotografía de José Luis Trullo

Que en la sociedad actual cada vez más personas sean incapaces de hacerse cargo de su propio cuidado y del de su hogar, ¿en qué les convierte? ¿En siervos de sus siervos?

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Las casas actuales están atiborradas de aparatos que lo hacen todo por nosotros. No es preciso ser muy avispado para imaginar qué es lo que pretenden quienes nos los venden.

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Una casa que solo brinda un cobijo contra el calor y el frío, en poco se diferencia de una cueva (y sus moradores, de homínidos paleolíticos).

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Hay que devolverle el prestigio perdido a la experiencia densa y preñada de sentido del “hogar”. De lo contrario, seguiremos en ese extraño sinhogarismo que consiste en percibir la propia casa como un techo para el cuerpo y no como lo que nunca debió dejar de ser: como un templo para el alma.

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