agosto de 2025

‘A solas con la luna. Las sendas de Dôgen’, de Florencio Luque

A solas con la luna. Las sendas de Dôgen
Florencio Luque
Aliar Ediciones. Granada, 2025
Páginas: 96

Una vida retirada y contemplativa que desdibuja sombras

En su último poemario, A solas con la luna. Las sendas de Dôgen, Florencio Luque hace uso del monólogo dramático para dar voz a Eihei Dôgen (1200-1253), influyente monje budista japonés, filósofo, poeta, maestro de meditación y fundador de la escuela Soto del Zen en su país. En él transmite una filosofía de vida enraizada en el pensamiento oriental y en el budismo —el cual influyó notablemente en la literatura china y japonesa—. Encontramos en sus versos diferentes reflexiones y meditaciones que reflejan las ideas budistas de este monje.

Y no solo su contenido está impregnado del mundo de Oriente, también su forma: en la predominancia de la naturaleza y la descripción de paisajes; en la delicadeza y contemplación serena de cuanto le rodea; en la atención a lo pequeño y sencillo; en la capacidad de apreciar la belleza del instante y del entorno; en el tono contenido y sereno, a menudo bañado por un matiz melancólico. En todos estos aspectos se advierte la huella de la poesía clásica china y japonesa.

El título del libro puede que no sea casual, pues la luna es una imagen recurrente en el budismo y Dôgen la menciona en varios textos, por ejemplo, compara la iluminación con una luna llena o luz de luna, siempre presente aunque a veces velada por nubes (ignorancia, ilusiones).

En la Apertura del libro, con su poema Bienaventurados, se nos introduce ya en el estilo de vida que se promueve: una vida contemplativa y retirada, alejada de cualquier poder, ambición, afán o codicia; una existencia que transcurre a un ritmo pausado y consciente, en comunión con el entorno, guiada únicamente por el anhelo de dejar como huella “una hermosa alameda / donde crecen las flores del recuerdo”.

En su primera parte, Recuerdos del monte Hiei, lugar en el que vivió de joven, se nos revelan algunos datos biográficos de nuestro protagonista. Gracias a su abuela, conoce la poesía china —en particular la de Li Chiao, poeta de la dinastía Tang—. Sin embargo, su infancia pronto se ve marcada por la tragedia de la orfandad, suceso que le lleva a asumir el sufrimiento y la impermanencia.

A los ocho años fallece su madre, figura fundamental en su vida: es ella quien lo impulsa a convertirse a monje, le transmite el amor a la naturaleza, y deja en él grabados algunos consejos esenciales, como: “tenemos que construir el paraíso / —dijiste— aquí en la tierra”. Estos poemas rescatan su memoria y suponen un homenaje a la madre, teñido de nostalgia.

También dialoga con su amigo Myozen, maestro y acompañante en su viaje a China, a quien muestra un profundo afecto.

Esta primera parte concluye con Parva del cielo, en el que evoca su vida en el templo y afirma que no existe lenguaje capaz de transmitir el gozo inmarchitable de lo bello / y ebrios andamos presos en su luz / como niños que miran, absortos, la cometa / o como mariposas en torno a un candil. Las palabras, sugiere, siempre resultarán insuficientes frente a la experiencia directa de lo sagrado o estético.

El título de la segunda parte, Ir a pie, evoca la imagen de los monjes andando a paso lento por aquellos senderos de polvo. Remite también al propio Dôgen, quien en 1223 emprendió en barco un viaje a China en busca del verdadero budismo, y luego a pie, recorrió el camino de un monasterio a otro. Fue allí donde estudió zen bajo la guía del maestro Tiantong Rujing.

En esta sección se acentúa la belleza y la sugerencia simbólica, su apertura al misterio o enigma en todas las cosas, mediante versos llenos de visualidad y esplendor. La iluminación puede estar en lo cotidiano, pensaba este filósofo, y todo lo que lo rodeaba formaba parte de la naturaleza de Buda. Este mirar y deleitarse con todo lo natural, sentir la comunión con el entorno —chopos, autillo, piedra, alondra, garzas… elementos naturales que pueden ser nuestros maestros—, atento con todos los sentidos, implica desprenderse de lo material, y entregarse a la búsqueda: mientras, mendigo luz / y heredo lo que alumbro.

No obstante, a veces asoma un leve lamento por el fulgor perdido: un trino lastimero recordaba la vida. Encontramos contrastes y paradojas que subrayan tanto el dolor como la dicha que todos conoceremos, así en el poema Ojos, compuesto por pareados hexasílabos: la flor del camino / la espina en el fruto / la paz del estanque / la tórtola herida. Todo lo que vivamos permanece en nosotros, declara el poeta.

El silencio nos trae luz: la iluminación anhelada. Solo el silencio revela. El lenguaje siempre será un falso testimonio: en todo balbucir / se ilumina lo oculto. Buscando esta esencialidad, su poesía es breve, condensada, intensa.

Estos poemas pueden referirse a su estancia en China, una época de búsqueda, soledad y desapego, en la que intentaba resolver sus dudas sobre la práctica y la iluminación.

En Detenerse y abrir las alas, la tercera parte del libro, parece escribir una suerte de lista de propósitos o anhelos en su camino a la muerte: ser junco en la orilla, hoja de higuera, ser alondra que vuela / por sendas luminosas. No esperar nada, dejarse extasiar por la belleza —siempre presente, aunque no seamos capaces de verla—, llenarse de serenidad, flotar en un leve sueño. Porque todo es luz y lumbre para quien posee la mirada de un niño.

Obligados a vivir en el desconocimiento y la incertidumbre, mejor hacerlo como grulla en el aire, como brillo en las hojas.

Sin embargo, aflora cierto pesar por el paso del tiempo y su óxido, por nuestra fugacidad, por todo lo que se desvanece en humo y ceniza. Todo cumple su tránsito humilde / que une silencio y canto, dice en el poema Silencio y canto, una aceptación de nuestro ciclo vital.

El broche final del libro, Cierre, lo constituye el poema Inscripción que, como bien señala Manuel Ángel Vázquez Medel en su lúcido prólogo, reúne las claves esenciales del libro, alabando la sencillez y humildad: Supo oír el silencio de todas las respuestas. / Amparado en la vida, desdibujó las sombras.

Florencio Luque, quien escribe poesía y aforismos y es también pintor y filósofo, logra una gran belleza en estos poemas descriptivos y meditativos, llenos de una serena plasticidad. En ellos une poesía y filosofía, y traza un sendero para encontrar, quizá no la iluminación, pero sí el sosiego, la aceptación y mayor alegría en un vivir, en el que como en todos, se alzarán las aristas.

En nuestro acelerado y, a menudo, estresante mundo occidental —agitado e inquieto— cada vez es más habitual incorporar ideas y prácticas orientales, como el mindfulness. Aunque no seamos budistas, cultivar la atención plena, practicar meditación, sentirnos en comunión con todo lo que nos rodea, cuidarlo y mantenernos en un estado de serenidad (y porque no quiero pecar de moralista, pero podría añadir: ser amable, bondadoso, compasivo, humilde; perdón por la retahíla), seguro que no nos daña.

Este revelador libro no solo os cautivará por su cuidada estética; también os transmitirá sosiego y una filosofía, inspirada en los escritos de Dôgen, que puede ayudarnos a sobrellevar la existencia con mayor ligereza y equilibrio. Belleza. Espiritualidad. Armonía y paz interior. Radiante naturaleza. Una senda capaz de desdibujar las sombras.

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