Leila Sebastián. Páginas de narrativa breve
Antonio Daganzo
Ondina, 2026
188 pp.
Para empezar a hablar de Leila Sebastián de Antonio Daganzo hay que poner el acento en su condición de poeta puesto que la obra narrativa del autor está signada por un tono lírico que es inusual en aquellos escritores que solo cultivan el género novelístico.
La publicación de Leila Sebastián materializa de alguna manera un viejo proyecto del autor, que pudo haber salido a la luz —hace algunos años— bajo el título de Tocata suite, y que por los procelosos mundos de la edición ha estado durmiendo el sueño de los justos en un cajón hasta el día de la fecha. Yo había sido el responsable de la ilustración de cubierta de ‘Carrión’, la primera novela de Antonio, y él amablemente me ofreció la oportunidad de poner cara también a la citada colección de relatos en la que debería convertirse Tocata suite. Dado que el original inesperadamente se quedó varado en dique seco, cuando se ha dado la ocasión de que ahora —con el nuevo título de Leila Sebastián y bajo los auspicios de Ondina— dicha recopilación se despertara de su largo sueño, Antonio me vuelve a llamar para dar forma —desde lo gráfico— a aquel intento frustrado y largamente postergado. El cambio de título también trajo aparejada una diferente alineación de textos. En la introducción al libro —que Daganzo llama “A modo de prefacio (quizás también de mapa)”—, este ofrece al lector una pormenorizada relación de las vicisitudes de los relatos reunidos, de manera que yo no voy a abundar en ello.
Por supuesto, entraré en el libro a través de la portada como no puede ser de otro modo. La figura tutelar que me sirvió de modelo tenía que ser necesariamente la heroína Leila Sebastián, que da título al libro y a uno de los nueve relatos que lo componen. La apuesta no suponía sin embargo ninguna traición a los restantes textos por cuanto la figura femenina —el eterno femenino— representa el eje argumental de todos ellos, aunque adopte —según los casos— nombres y apariencias diferentes. Cuando se habla del Antonio Daganzo narrador siempre es preceptivo “cherchez la femme”. Pero en esta ocasión, dándome la razón, bien podría parafrasear el poeta-narrador al mismísimo Flaubert — “Madame Bovary, c’est moi”—, diciendo: “Leila Sebastián soy yo”.
El propio autor ya nos adelanta en las notas iniciales del libro que el apelativo de Leila Sebastián no es circunstancial: es un nombre parlante —como Lisístrata o Pandora— elegido con sumo primor, puesto que Leila en persa o árabe —nos aclara— significa “noche” y Sebastián en griego corresponde al adjetivo “venerada”. Pero no solo eso —y esto lo añade un servidor—: ambos patronímicos (el nombre de pila y el apellido) están marcados isotópicamente en la historia de la Literatura. El famoso poema ‘Layla y Majnun’ del poeta persa Nezami, del siglo XII —una hermosa fábula de amor trágico— presumiblemente le inspiró a Lord Byron su poema ‘The Giaour. Un fragmento de un cuento turco’, donde el nombre de Leila se encuentra ya occidentalizado.
Sebastián a su vez es el hipocorístico (en sus variaciones masculina y femenina) de la pareja protagonista —simétrica y arquetípica— del singspiel ‘Bastian y Bastiana’ de Mozart, con libreto basado en un cuento francés de similar título.
Sin duda, este simbolismo no le ha pasado desapercibido al poeta y musicólogo que es Antonio Daganzo y la fuerza misteriosa que emana su personaje —fallecido prematuramente como las Leilas anteriores— tenía por fuerza que irrumpir en mi ilustración. Por ello me apropié de unas carpetas —mencionadas en el texto— para sugerir un altar metafórico —ara sacrificial— sobre el que emerge una silueta femenina fantasmal, una sacerdotisa inmolada por mor de los acontecimientos de la intensa trama del relato.
Consciente de que la primera toma de contacto con el libro no es textual, sino visual, he procurado que mi ilustración no fuera simplemente ornamental, sino que funcionara como una extensión del universo narrativo de Antonio Daganzo, captando ese aroma de realismo lírico —mágico, al decir del crítico Javier Mateo Hidalgo en su reseña de la revista Zenda— que exhala su prosa. La disposición de la figura de Leila en la portada tenía que evocar una presencia que fuera, al mismo tiempo, nítida y evanescente. La paleta de colores y el claroscuro de luces y sombras vienen a ser un prefacio plástico a la psicología del personaje de Leila.
Ese eterno femenino —al que me refería antes— es la actualización del mito de Isis y su velo, y en su desvelamiento Antonio va a dirigir su mirada escudriñadora y su pluma —con precisión quirúrgica y mimo de orfebre— sobre la proteica mujer imaginada e idealizada que late en las páginas del libro. No otra cosa sucedía en su novela Carrión con la escurridiza María Cuadrado, una María “al cuadrado” por si necesitamos recurrir de nuevo al equívoco juego de la identidad y su heteronimia. Si en Carrión nos fascinamos con esa protagonista femenina que ejercía de motor del enigma, en Leila Sebastián encontramos a su “hermana espiritual”. Ambas son figuras centrales que no se dejan atrapar fácilmente por la lógica del lector.
De hecho, mi ilustración actual se mira en el espejo de aquella lejana ilustración de Carrión. Como detalle adicional —y altamente significativo— valga recordar que en ella Juan Lucas, el protagonista masculino de la novela, esperaba infructuosamente a su partenaire fumando compulsivo en las Puentecillas de Palencia (lugar donde se desarrollan los hechos), y que Víctor (uno de los personajes del relato de ‘Leila Sebastián’) le replica con un hábito parecido en un espacio público cerrado, contraviniendo así las más elementales normas de convivencia.
Ya reparé entonces en las influencias que el Séptimo Arte tenía en la concepción de la primera novela de Antonio —irredento cinéfilo— y ahora vuelvo a comprobar lo mucho que le debe su estilo narrativo a la temática y a la técnica cinematográficas. Es muy elocuente que el tercer relato del libro lleve por título precisamente ‘La ciudad de Laura’ y que tanto en ‘Vuelve a ti, perezoso’, como en el último texto —‘Es un fracaso el mundo (La Nouvelle a tres voces y más)’— haya otros dos personajes con el nombre de Laura de nuevo. Dejando de lado la ambigua paronimia de Leila y Laura —en sus respectivos diptongos o en sus consonantes y vocales compartidas— la recurrencia del nombre nos empuja a pensar en la ‘Laura’ de Otto Preminger. Al igual que el detective McPherson (interpretado por Dana Andrews) quedaba cautivado por el retrato en la pared de la inquietante Laura Hunt (Gene Tierney), nosotros quedamos prendados de las sucesivas Leilas —auténtico dispositivo de muñecas rusas— que Antonio ha orquestado y que yo quería plasmar asimismo en mi dibujo: de ahí la falta de concreción de los rasgos de mi Leila. Es la misma obsesión que despierta ‘La mujer del cuadro’ de Fritz Lang, con el profesor Richard Wanley (Edward G. Robinson) ante otro retrato embriagador, el de la magnética Alice Reed (Joan Bennett). Ambas auras —a las que decidí rendir mi particular homenaje— debían subyacer en la imagen onírica que yo me proponía crear con la misma idea de una mujer que es más un concepto o una abstracción que una persona de carne y hueso, una mujer de la estirpe de la gran tradición de los melonoirs del Hollywood dorado —con sus atmósferas oscuras y su fatalismo—, donde la inescrutable belleza femenina siempre esconde un giro dramático. Dice una máxima del cine clásico que las mujeres más peligrosas son aquellas que se quedan grabadas en la retina antes de pronunciar su primera palabra. Para no transgredir tal inapelable precepto debía aprestarme a ofrecer mi personal “mujer del cuadro” para hacer justicia iconográficamente a la Leila Sebastián de Antonio, meritorio ejercicio de estilo que se lee como se visiona una película, donde el autor sabe que, tras la belleza de la superficie, se esconde una verdad mucho más profunda. Decididamente, mi colaboración tenía que bascular entre la solemnidad del lienzo de esa venerable galería de retratos fílmicos y la urgencia coyuntural del efímero cartel de cine.
Volviendo a ‘Carrión’ quiero detenerme en uno de los relatos del libro que ahora ve la luz y que lleva por título ‘Viaje secreto’. La referencia es inexcusable porque ese viaje secreto toma como base un viaje real que el autor hizo a Palencia en febrero del 2019 para presentar su novela en la Biblioteca Pública de la ciudad. En esa escapada tuve la fortuna de acompañarle junto a su padre —nos conocíamos muy poco aún— y pude profundizar en la lectura de su novela —ampliando el universo contenido en ‘Carrión’ en la propia voz del poeta—, recorriendo las calles de la localidad castellana de su mano. La narración metaficcional del relato mencionado —en clave de road movie— cuenta la peregrinación solitaria de Alejandra —que se me ha antojado una suerte de alter ego— a la misma ciudad, empujada por el deslumbramiento que el personaje de Antonio Daganzo ejerce sobre su inflamada imaginación: la mujer buscará allí, como yo mismo traté de hacer entonces, “el tesoro del misterio revelado” en la obra de ficción de su amigo. Eso sí, frente al mohín de desdén que Alejandra recibe inopinadamente de la propia María Cuadrado, aparición espectral que le asalta en una de las callejas de la ciudad, yo sin embargo me tropecé durante aquella excursión palentina con la voz y la sonrisa de Elda Hidalgo encontrando mi personal “tesoro del misterio revelado”. Desde entonces, Elda —rapsoda de excepción— me ha acompañado en mi propia aventura poética que también ha tenido su puntual cita en Palencia.
Para acabar quiero decir que Leila Sebastián —y sus adláteres femeninas— en el libro de Antonio no deja de ser la actualización de ese eterno femenino —“Todo lo que no es tradición es plagio”— que han ido encarnando a través de la Historia mujeres de rompe y rasga como Judith, Salomé, Lulú o Nora (más las mentadas Laura y Alice). Y a las que ya se suma por derecho propio nuestra querida y felizmente recién llegada Leila Sebastián, la mujer del cuadro que nos observa en su majestad insobornable desde este nuevo libro, el gran libro que hoy nos regala el poeta Antonio Daganzo.
(Este texto sirvió a su autor de presentación del libro Leila Sebastián. Páginas de narrativa breve (Ondina, 2026), de Antonio Daganzo, en el Ateneo de Madrid el 25 de marzo del 2026. El acto fue abierto con unas palabras del ateneísta Pedro López Arriba y contó también con la participación de los actores Paco Vicente Cruz, Elda Hidalgo C. y Carolina Barreira, que leyeron algunos fragmentos de la obra).












