diciembre 2021 - V Año

‘Tiempo de amor y mar’ de Francisco Álvarez Velasco

Tiempo de amor y mar
Francisco Álvarez Velasco
Eolas Ediciones, 2021

Tiempo de amor y mar, poesía y crepúsculo

El tiempo, su fugacidad. Acaso siempre sea el tema principal de la poesía. Lo fue para Jorge Manrique en las ‘Coplas por la muerte de su padre’, lo fue para Quevedo y los muros de su patria, para Lope, para Dante y Petrarca, para Lorca, para Gelman. El Tiempo será siempre el concepto universal, el tronco, del que partirán las otras ramas: el amor, el olvido, la memoria y la muerte.

Francisco Álvarez Velasco (Cimanes del Tejar, León, 1940) es un poeta auténtico o podríamos cambiar de posición al adjetivo y ser aún más precisos, es un auténtico poeta. Es necesario empezar desde esta afirmación el camino que dibuje esta reseña. Porque vivimos una época de falsos poetas y profetas, de autores que se expresan sin conocer su pasado, en la que cualquiera puede decir cómo se siente, cuánto le duele vivir en una red social, en un libro autoeditado, sin haber leído jamás a quienes en el sublime arte de la poesía nos precedieron. No es el caso. En la poesía de Francisco están muy presentes Lorca, Bécquer, Juan Ramón. Está Beatriz y está Platero. Están Eugénio de Andrade y César Vallejo. Todos los que están son. Y aunque sus versos alimentan por sí mismos y son sustento suficiente, no ha de extrañarnos que Álvarez Velasco haya ganado prestigiosos premios como el ‘Antonio Machado en Baeza’ o el ‘Premio de la Crítica de Asturias.

‘Tiempo de amor y mar’ (Eolas Ediciones 2021) es el resultado de una mirada poética crepuscular, como si el poeta observara el mundo y su vida desde ambas orillas al atardecer. Desde esta mirada otoñal, Francisco recuerda su infancia: el perro pensador y amigo a sus pies, la veleta que gira hacia el oeste, la luna y sus nanas, los pájaros, las margaritas. Una infancia que se funde con una naturaleza nostálgica que ya solo tiene color en sus recuerdos. Pero para llegar hasta aquí primero comenzaremos abriendo el ‘Pórtico de la vida, el gran pórtico desde el que podemos observar las dos orillas, la vida como un río, el río manriqueño que va a morir en ese mar que escucha, que a veces es silencio atronador, bravo y canalla, pero desde el que vuelven a nosotros todas las cosas en ese vuelo pretendido de eterno retorno, todas menos una, de la que no sabemos nada.

No siempre el mar será el final. El poeta recuerda que hubo un Tiempo de plenitud en él. Una época en la que el mar fue testigo y compañero. El mar de los amantes y el de la soledad. Por eso se atreve a invocarlo y mirarlo de frente, le entrega sus preguntas, le reclama sus mejores momentos: “A cambio de esta arena, / de esta agua de mar en la clepsidra, / dame todo tu tiempo.”

En esta primera parte que el autor de ‘Gregor Samsa frente a la ventana’ titula ‘Qué nos dices, ¡oh, mar!’, me gusta especialmente el poema dedicado a los amantes, por su exquisita sobriedad y sencillez, pero de una hondura poco común: “En espesos silencios, / sin saber qué decirse, / miran hacia el poniente/ persiguiendo la tarde/ que se aleja y se aleja”.

Tras invocar la espuma de los días, el poeta se adentra en la tierra a través de ‘Esta orilla’, la de la memoria. Es un canto otoñal de manos a veces llenas, otras vacías ya, anhelantes y curiosas. Son poemas contemplativos, añejos y nostálgicos, escritos por un hombre que revive en cada hoja, libro, banco o flor, un amor ya ido, pero que sigue habitándolo por dentro. La soledad a veces es luz y a veces devastación: “¿Y cómo apuntalar/ las ruinas que no cesan/ del ultraje del tiempo?”. Siempre será el Tiempo nuestro amor, el que juega con nuestros latidos, el que en algún momento nos engañó con relámpagos de felicidad para después hacernos sufrir a la espera de la cita que siempre ha de llegar.

Tras esta mirada con tintes de ocaso y hojarasca, es cuando el poeta se sienta a rememorar su infancia y escribe la sección de este libro más alegre y luminosa, dedicada a su nieta Luna. ‘Jardín de infancia’ contiene en su interior la sangre de muchos clásicos, como anunciamos antes. En este vergel vive Platero, también Antonio Machado, al menos aquí aparece una de esas norias que tanto le habrían gustado, y no pocos proverbios y cantares del autor sevillano podrían esconderse entre estas nubes, en su villancico, en los perrillos que acompañan todas las infancias. Ser niño es vivir en abril eternamente.

Pero la vida continúa, la realidad aparece, el tiempo vuela en fuga. Por eso el mar se queda atrás, o quizás ya esté adelante, esperándonos. Mejor entonces ser de adobe en otra orilla, pura tierra, sencilla, humilde, machadiana tierra en la que buscar refugio: ‘Solos tú y yo y el fuego / fundidos contra el mundo.’ Es el momento de rememorar, de enumerar ausencias y rendirles tributo. Los mejores momentos de la vida han podido pasar desapercibidos en su presente, pero aquí están, porque como decía Borges, no existe el olvido.

‘Mientras la hora no llegue
y el horizonte camine con nosotros,
tu mano y caminemos.’

Es posible que ‘Tiempo de amor y mar’ sea un penúltimo canto de este aedo noroeste, un poemario sincero y crepuscular. Los versos de alguien que vive esperando cerca del horizonte, pero hay en estos versos un fulgor exquisito de belleza madura y destellos de vida, esperanza habitable.