junio de 2024 - VIII Año

‘El fin de la familia’ de Augusto Rodríguez

El fin de la familia
Augusto Rodríguez
Editorial Nana Vizcacha, Madrid, 2019
76 páginas

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera.” La muy célebre frase de León Tolstói, al comienzo de Ana Karenina, se antoja sumamente lúcida tanto por lo que dice como por lo que sugiere: habida cuenta de que toda familia, incluso la más luminosa, ha de llevar sobre sus hombros la carga de desdicha que le corresponde, al hallarse la condición humana ligada inevitablemente a lo efímero, ¿cómo resistirse, pues, a indagar en cada hecho definitorio, en cada ángulo concreto de la infelicidad, en cada familia y sus zonas de sombra, con el olfato, la agudeza, el instinto de percepción y penetración que otorga la literatura? Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979) se ha entregado a ello poniendo el foco principalmente en lo que mejor conoce. Escritor fecundo, también catedrático, editor, antólogo, periodista, y gestor cultural; sobre todo poeta de anchas geografías y ya muy largos caminos –lo que le ha situado entre los nombres más relevantes de las nuevas letras iberoamericanas-, Rodríguez es narrador igualmente: así vinieron a probarlo, y con rotundidad, los cuentos que, en 2017, fueron publicados en Santiago de Chile por RIL Editores bajo el título global de El hombre que amaba los hospitales. Consecuentemente, su estreno en el ámbito de la novela no se ha hecho esperar, y ha sido justo aquí, en este género tan expedito ya para toda clase de hibridaciones, donde el autor ha sondeado literariamente las profundidades de su propia realidad familiar. El resultado de su indagación ha dado forma a El fin de la familia, que, en primerísima instancia, ha visto la luz en nuestro país gracias a la Editorial Nana Vizcacha y su preciosa labor.

El fin de la familia tiene el tamaño característico de una nouvelle y, sin embargo, nada más lejano al espíritu clásico de cuanto cabría considerar una nouvelle que estas sorprendentes e interesantísimas páginas. Estamos ante un deliberado ejercicio de escritura fragmentaria –veintitrés secuencias se agrupan en tres partes y un epílogo, junto a un listado de sugerencias musicales como banda sonora-, cuya naturaleza incisiva se ve potenciada justamente por esa radical fragmentación. Y esta escritura directa, en palabras del Premio Cervantes Jorge Edwards, “entra en el drama de la vida cotidiana, familiar, rutinaria en la América Latina de hoy, con sabiduría, con entereza, con un destello interesante, humano, de compasión”. Acertadamente a caballo entre la denominada “autoficción” y la fabulación novelística, entre el análisis sociológico y la parcialidad de las memorias, se diría que tales cruces de caminos interpretan y cristalizan la imposibilidad, o mejor dicho, la ineficacia, el absurdo de novelar, según los parámetros tradicionales del género, una realidad concreta y a la vez colectiva cuyos cimientos parecían indestructibles, pero cuya sustantividad inequívoca ha saltado por los aires a los ojos del observador contemporáneo.

“Escribir es tal vez la única justicia que puedo hacer por mi familia, por los que están, por los que se fueron y por los que llegarán (…) Escribir para dejar constancia de sus pasos fugaces por esta tierra, para dejar constancia de mi breve paso por esta vida”. Así de manifiestamente se asume la conciencia de lo perecedero, desde la primera secuencia de un texto narrativo estimulado en lo más hondo por la condición de poeta de su autor. “Un recuerdo que se moja como una fotografía bajo una lluvia de sangre mientras se escuchan a lo lejos los violines”, escribe Augusto Rodríguez, quien evoca la muy importante figura paterna con otro arranque de soberano lirismo: “Sé que dentro de su corazón existía la nieve. Una nieve inexplicable (…) Esto lo pienso ahora que mi padre me mira sin verme del otro lado del invierno”. La delicadeza convive con algunos momentos de crudeza angustiosa, que se hallan ligados no sólo a la propia familia sino también a la de algunos de los amigos del narrador. De tal modo, no puede extrañar la relevancia determinante de la locura a lo largo de la obra; una locura que es “como un ratón que se metió en casa ajena por comida y no sabe cómo salir nuevamente”. El retrato sociológico hace especial hincapié en las adversas circunstancias que abruman a las mujeres de Ecuador y de toda Latinoamérica –“Sus vidas y el amor son más frágiles que jugar los dados en el casino”-, mientras que la niñez, su idea y su realidad, se evocan con sutiles acentos, quizá por voluntad de contraste: “Es hermosa la infancia. Saber tan poco y entender tan poco. Aunque sientas mucho”.

Ya sea fin o mero proceso de transformación hacia otro escenario, que en poco o nada habrá de parecerse al primigenio, la familia es “el espejo donde podemos ver lo mejor y lo peor de nosotros”. “Un camino para la paz o para el infierno”, escribe Augusto Rodríguez, en una de sus creaciones sin duda más singulares, sugerentes y atinadas.

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