Un (in)cierto viaje
Ricardo Martínez-Conde
Zadar Eds., 2025
100 pp.
Pensar desde la duda
En Un (in)cierto viaje, Ricardo Martínez-Conde propone una obra que se mueve con naturalidad por un territorio fronterizo: el del aforismo de aliento poético, la poesía en prosa y el diario interior. Se construye como una sucesión de fragmentos que funcionan a modo de estaciones del pensamiento, destellos de conciencia y variaciones en torno a un mismo núcleo temático: la experiencia de existir como incertidumbre. Incertidumbre como valor y no como carencia. Frente a un mundo saturado de certezas rápidas y discursos cerrados, el autor reivindica la lentitud, la espera y la contemplación. En este sentido, la obra plantea una ética de la atención: mirar el paisaje, escuchar el silencio y aceptar la fragilidad del yo como condiciones necesarias para entablar una relación más honesta con la realidad.
Desde las primeras páginas, el libro declara su vocación introspectiva. El viaje que propone no es geográfico sino ontológico; un desplazamiento interior marcado por la incertidumbre, el silencio y la reflexión sobre el propio acto de vivir. Aborda cuestiones esenciales —el tiempo, la identidad, la memoria, la nostalgia, la naturaleza, la muerte— sin la voluntad de ofrecer respuestas.
El texto dialoga, de forma explícita e implícita, con una tradición que va de Heráclito a Wittgenstein, pasando por Cioran, Epicuro o Canetti. Sin embargo, estas resonancias aparecen integradas en una voz propia: pensar es, ante todo, una forma de exponerse a la duda, de aceptar la inestabilidad como condición constitutiva de la existencia.
Otro de los ejes fundamentales del libro es la soledad, no planteada desde un registro confesional o sentimental, sino como un espacio fértil para la formación del pensamiento. La soledad aparece vinculada a la escritura, a la lectura y al viaje interior, y se opone tanto al ruido social como a la falsa comunión de lo colectivo. En este sentido, Un (in)cierto viaje reivindica una subjetividad consciente de sus límites, frágil y vigilante frente a cualquier forma de certeza absoluta.
Uno de los rasgos más destacados de la obra es el cuidado del lenguaje. Cada fragmento parece elaborado con una atención artesanal, en la que el ritmo, la pausa y la sugerencia pesan tanto como el contenido conceptual. El autor rehúye la brillantez inmediata y la frase sentenciosa destinada a la cita fácil; opta, en cambio, por una escritura que avanza por aproximaciones, que insinúa más de lo que afirma y que concede al silencio un papel central.
La principal fortaleza de Un (in)cierto viaje reside en su coherencia interna: el libro es fiel a su propuesta estética y ética hasta el final. Exige del lector una cierta complicidad intelectual al proponer una forma de contemplar el mundo: atenta, dubitativa, consciente de la belleza y del vacío. Se trata de una obra que se inscribe en la tradición del pensamiento fragmentario y que encontrará a su lector ideal en quien conciba la lectura como una experiencia interior, lenta y abierta a la incertidumbre.












