septiembre de 2026

‘Manon Lescaut’: Un emotivo Puccini en un aséptico contenedor teatral

‘Bohéme’, ‘Tosca’, ‘Turandot’… forman parte del repertorio más representado de Puccini (1858-2024). Pero hay títulos que aunque en su momento tuvieron una enorme acogida popular han sido menos vistos. ‘Manon Lescaut’ es uno de ellos. Estrenado en Turín en 1893, muy poco tiempo después se hacía en el viejo Teatro Real de Madrid. Ausente durante tanto tiempo hasta el día de hoy solo se representó medio siglo atrás en La Zarzuela. Ahora se pone en pie esta producción junto a la Ópera de Colonia (Alemania) en cartel a lo largo de trece funciones hasta el 11 de octubre para abrir la temporada.

Puccini que de nuevo contaba con sus libretistas habituales, Doménico Oliva y Luigi Illica, en un trabajo de texto por el que pasaron un rosario de autores incluido el propio creador de la partitura, se basaba en una novela del Abate Prévost de 1731 (también convertida en otra ópera sobre partitura de Jules Massenet). ‘Manon’ viene a ser la historia de una mujer presa de su enorme belleza física que casi prefiere renunciar a su seguridad por una vida de lujos y de dinero, casi como una predecesora de Emma Bovary. Sin embargo en ‘Manon’ la transgresión no va más allá de rechazar el rol tradicional de las mujeres y ‘juguetear’ con un cierto peligro y su precio o ‘castigo’ no es la muerte, la venganza, el suicidio o el navajazo, sino una existencia en la que acaba en América con un Atlántico de por medio.

El libreto no viene a contar una historia sino una sucesión de momentos de todo tipo. En esta producción se transita desde la ambientación del XIX con la que otras veces se ha representado, a la Europa de los años 30, 40 o 50 del pasado siglo XX. El venezolano Carlos Wagner como director escénico reúne la acción en una especia de enorme semi-cubo que se colorea según los momentos dramáticos de la acción en cuyo centro se desenvuelve un gran tiovivo que se reconvierte en espacio frívolo y pre-erótico con el ‘pole dance’ incluido, y deriva finalmente en los barrotes de una cárcel.

Narrado desde el punto de vista teatral con una estilización total y una depuración de elementos la visión resulta excesivamente aséptica, distante, sin capacidad para que el reparto vocal tenga ocasión de mostrar sus cualidades actorales. Hay un buen abanico con nombres de prestigio tanto en el primero como en el segundo ‘cast’. Con Sondra Radanovski / Saioia Hernández (Manon), Lucas Moachem / Szymon Mechfinski (Lescaut), Michael Fabiano / Jorge de León (Renato), Pietro Spagnoli (Geronte) o Alejandro del Cerro/Albert Casals (Edmondo), entre el amplio catálogo de personajes; nombres solventes, y que cumplen en general desde el punto de vista vocal.

Otra cosa es desde la dirección de actores menos trabajada, desplazados a través de un  amplio espacio escénico donde se desarrolla una acción que parece dictada por el decorado y no al revés. El tratamiento visual posee elegancia pero a la vez es distanciador y adolece de una frialdad aséptica que impide desarrollar todas sus posibilidades al reparto.

Lo mejor de esta producción está en el foso y en el coro que tiene presencia escénica bajo la dirección de José Luis Basso. Nicola Luisotti como director musical especialmente del repertorio verdiano y pucciano es único en la órbita mundial. Es difícil encontrar otra batuta con esa capacidad para releer con esa brillantez una partitura magnífica como la de esta obra. Luisotti está inspirado en todo momento dirigiendo una cuerda con mucho peso sobre un texto musical que sigue siendo prodigioso por la belleza que transmite y donde ya se advierte que Puccini era capaz de asumir las nuevas corrientes que se impondrían unas décadas más tarde.

Luisotti es con mucho la estrella de esta función donde también brilla el coro y una buena parte de los cantantes. Aunque la funcionalidad del tratamiento escénico que se confunde con elegancia impide desarrollar a plenitud los personajes, y así apenas sabemos quién es una confusa Manon más allá de lo que se intuye. Dejar aire y diafanidad en el escenario es virtud en montajes de ópera siempre que exista un tratamiento suficientemente interesante de la puesta en escena. En esta ocasión la dirección musical y la partitura de Puccini arrollan literalmente frente a una lectura teatral únicamente funcional.

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