¡Mis queridos palomiteros!
¿Qué pasa cuando tres veinteañeros llamados Buñuel, Dalí y Lorca deciden reírse del Tenorio? La respuesta está en La profanación de Don Juan (Delirio de Buñuel, Dalí y Lorca), la comedia con la que el joven director y dramaturgo onubense Juan Mairena ha puesto patas arriba el Teatro Fernán Gómez, dentro de las celebraciones que anticipan el centenario de la Generación del 27. La obra pudo celebrarse en tan icónico recinto entre el 29 de octubre y el 1 de noviembre, y ha registrado un aforo completo todos los días. Lejos del homenaje de compromiso tan habitual en estas efemérides, Mairena prefiere pillar a aquellos genios en zapatillas, con más ganas de juerga que de trascender en la historia porque sí. Ritmo endiablado, disparates surrealistas y siete intérpretes extraordinarios convierten la Sala Guirau en una verbena. La fiesta pide a gritos más escenarios.
El tinglado se ambienta en Madrid en 1924. Buñuel (Manuel Moya), Lorca (Carlos Algaba) y Dalí (Quique Meléndez) se empeñan en montar una versión irreverente del Don Juan Tenorio de José Zorrilla, con la complicidad de Pepín Bello (Samuel Viyuela González), Maruja Mallo (María Jáimez) y Margarita Manso (Sara Moraleda) y ante los ojos del tutor José Moreno Villa (Rodrigo Sáenz de Heredia). El propio Mairena aclaró en la presentación a la prensa que aquellos muchachos “no intentaban profanar nada”. Y, en efecto, no destruyen a Zorrilla. Juegan con él, le tiran de las orejas, le ponen bigote. Entre la profanación y la travesura hay apenas un palmo, y en ese palmo se mueve como pez en el agua toda la función.
Por cierto, meterse con el Tenorio no era ninguna tontería. Estrenado en 1844, el drama de Zorrilla es una de las piezas más representativas del romanticismo español y heredero de una estirpe de campanillas, la que arranca con El burlador de Sevilla, atribuido a Tirso de Molina, y pasa por el Don Juan de Molière, el Don Giovanni de Mozart y Da Ponte o el poema de Lord Byron. En 1924 seguía siendo, además, la cita obligada de cada noviembre. Reírse de él equivalía a reírse en misa.

Juan Mairena, de Loba a La profanación de Don Juan
Mairena no es ningún recién llegado a esta casa. En este mismo Teatro Fernán Gómez estrenó Loba. Bette Davis (una historia real), un mano a mano que tuve ocasión de analizar en COPE el 2 de octubre de 2024 bajo el título Loba, mucho más que un homenaje a Bette Davis en el Fernán Gómez, donde destaqué la dirección actoral y el talento de sus dos intérpretes. Ya entonces aprecié su capacidad para convertir una biografía en carne de escenario. Ahora sube la apuesta. Pasar de dos personajes a siete, sin que se resientan los diálogos ni la psicología de cada uno, es harina de otro costal para quien escribe y dirige a la vez. Y Mairena sale airoso con nota.
Las anotaciones de Buñuel sobre el Tenorio de Zorrilla
Detrás de tanto jolgorio hay muchas horas de biblioteca. Mairena dedicó seis meses a reunir las anotaciones manuscritas de Buñuel sobre el texto de Zorrilla, además de fotografías, cartas, entrevistas, poemas y documentos de la época. Entre sus fuentes figuran Mi último suspiro (1982), las memorias que Buñuel escribió con Jean-Claude Carrière, y los testimonios autobiográficos de Dalí, autor de La vida secreta de Salvador Dalí (1942) y Confesiones inconfesables (1973). Del libreto original, eso sí, no se conserva el texto íntegro.
Por fortuna, las horas de investigación no pesan sobre la representación. Más de un montaje biográfico ha naufragado en su propia bibliografía. La función no cae en esa trampa. No levanta acta notarial de lo que pasó, imagina cómo pudo pasar, y deja que sus personajes discutan, metan la pata, improvisen y se enmienden a sí mismos. Todo lo investigado se queda en la trastienda, y el público asiste a un ensayo lleno de ocurrencias, peleas y carcajadas.
Es más, el juego del teatro dentro del teatro podía haber hecho aguas. Los jóvenes saltan una y otra vez de su día a día a los personajes de Zorrilla, y quien no tenga muy fresco el Tenorio podría perderse en ese ir y venir. Pues no. Las réplicas caen en el momento justo, las escenas se enlazan con soltura y los cambios de humor surgen de las ocurrencias de los personajes. El ritmo no da respiro, pero deja disfrutar de cada situación, algo que tiene mucho mérito en una comedia coral.

Buñuel, Dalí y Lorca antes de la gloria
El gran hallazgo de Mairena, en definitiva, es el punto de vista. Sobre las tablas desfila un grupo de muchachos capaz de defender un disparate con el mismo ardor que una idea revolucionaria, y que saborea el presente sin sospechar el sitio que le guarda el futuro. La profanación de Don Juan es mucho más que un Tenorio al revés. Es el retrato de una generación cuando todavía no sabía que lo era.
La fiesta empieza cuando el tutor Moreno Villa entra en escena y pone un disco de jazz en el gramófono, en una Residencia donde los libros convivían con las bromas. Después, Lorca se sienta al piano a tocar Los cuatro muleros y todos los personajes se arrancan a bailar. Basta esa canción, con su encantadora sencillez, para recordar el amor del granadino por el folclore. Buñuel, en cambio, ejerce de director tirano antes de tiempo. Su genio vivo, sus aires de mando y ese humor tan suyo desatan buena parte de los enredos, y sus propias anotaciones sobre Zorrilla dan pie a los mejores gags. Don Gonzalo pasa a llamarse Don González, doña Inés se confunde con doña Ana y una escalera se transforma en ascensor. Son trastabilleos buscados a propósito que pintan un don Juan egocéntrico, que no se entera de lo que ocurre a su alrededor.
Por no hablar del reparto de papeles, que Mairena hace con muchísima guasa. Ese Don González lleva la cara del propio Lorca. Dalí se pone la capa de don Luis Mejía, el rival de la apuesta, de tal manera que pintor y cineasta también se miden los egos dentro de la ficción. Y el tutor Moreno Villa, el único adulto en aquel patio de colegio, hace de don Diego Tenorio, el padre que reniega del hijo calavera. Más fina no puede ser la ironía.
Pepín Bello se gana una atención especial. Aquel joven que, según confesó él mismo, “ensambló o trabó la Generación del 27” sin apenas pintar ni escribir, hace aquí justo eso, de argamasa del grupo. Suya es una de las escenas más jugosas, cuando pregunta a Buñuel por los distintos don Juanes de la literatura y el cineasta los despacha uno a uno con una contundencia casi insolente. Pepín Bello, que tanto hizo por mantener unido a aquel grupo de amigos, se convierte en Ciutti, el criado de don Juan, y después en el Escultor del panteón. Un divertido juego entre la vida y el teatro que Mairena aprovecha con mucho ingenio.
Maruja Mallo y Margarita Manso, mucho más que compañeras de reparto
Ellas, desde luego, no están de adorno. Maruja Mallo se queda con doña Inés y protagoniza el disparate más brillante de la noche, el de la novicia convertida en mantis religiosa, con tacones por brazos. La broma, que nace entre gallinas y ocurrencias absurdas, tiene más miga de lo que parece. Don Juan, acostumbrado a seducir y abandonar a las mujeres, se encuentra ahora con una doña Inés capaz de devorarlo a él. Con esa mantis, la heroína más dócil del romanticismo español se cobra un siglo de deudas. Margarita Manso, por su parte, pasa sin pestañear de la alcahueta Brígida al fanfarrón capitán Centellas, como si ningún papel le viniera grande ni le estuviera prohibido.
Tampoco falta el célebre episodio de la Puerta del Sol, cuando ambas se quitaron el sombrero junto a Dalí y Lorca ante el escándalo de los transeúntes, gesto que muchos años después daría nombre a Las Sinsombrero. Aquel protagonismo femenino me recuerda también Tea Rooms, de Luisa Carnés, que Laila Ripoll llevó a este mismo Teatro Fernán Gómez y cuya puesta en escena tuve ocasión de elogiar en mi crítica publicada en COPE. Dos propuestas muy distintas recuperan el protagonismo de unas mujeres que también contribuyeron a transformar la España de su tiempo. En el caso que nos ocupa, el autor imagina a la pandilla llegando al ensayo muerta de risa, comentando aún lo ocurrido, y en esa escena tan sencilla cabe un manifiesto entero. Las mujeres del 27 no aparecen a la sombra de los genios, sino como cómplices de la misma rebeldía.

Lorca y Buñuel, emociones a flor de piel
Entre las bromas y las chocarrerías de aquellos jóvenes, Mairena también encuentra espacio para algunos encontronazos entre Buñuel y Lorca. En sus memorias, Mi último suspiro, el cineasta recuerda que preguntó a Federico si era “maricón”, unas palabras que hirieron profundamente al poeta y provocaron un distanciamiento temporal entre ambos. El dramaturgo recupera este episodio con delicadeza, sin alterar el tono de la comedia.
Tampoco necesita exagerar las situaciones para que comprendamos el dolor de sus protagonistas. Prefiere el silencio a tiempo, y da en el clavo. Con la misma delicadeza resuelve el brevísimo acercamiento sentimental entre Lorca y Margarita Manso, inspirado en testimonios de Dalí y en los poemas que Federico dedicó a la joven artista. Le bastan unos segundos para sugerir las dudas de un poeta que guardaba su intimidad bajo siete llaves.
Eso sí, la función se queda a veces un punto más modosa que sus protagonistas. Buñuel y Dalí rodarían apenas cinco años después Un perro andaluz (1929), y aquella semilla de escándalo admitía una dosis mayor de gamberrismo de la que Mairena se permite. En más de un tramo, la travesura amable le gana la partida a la provocación surrealista. Es un reparo menor, casi una petición de más, pero viene a cuento. Quien presume de devolver la insolencia a aquellos jóvenes podía haberla llevado todavía más lejos.
El reparto de La profanación de Don Juan
Los siete intérpretes realizan un trabajo ejemplar, de esos que justifican por sí solos la asistencia al teatro. Mairena ha reunido una compañía que funciona con una compenetración extraordinaria, tanto en las intervenciones individuales como en las escenas de masas. Y ninguno se limita a reproducir los rasgos externos de los personajes históricos.
Un volcánico Manuel Moya tira del carro con un Buñuel temperamental cuyo don Juan prolonga con precisión los rasgos del cineasta. Carlos Algaba borda un Lorca alegre y musical, reconocible a la primera y a salvo de la caricatura, la gran tentación del personaje. Quique Meléndez salva otro escollo igual de traicionero, porque su Dalí, de dicción muy particular, saca partido de la extravagancia del pintor sin conformarse con reproducir sus gestos más conocidos.
El resto de la compañía está de fábula. Una chispeante María Jáimez dota a Maruja Mallo de una vivacidad y una capacidad de transformación que alcanza uno de sus mejores momentos con la doña Inés convertida en la mencionada mantis. Sara Moraleda presta a Margarita Manso elegancia, espontaneidad y una vis cómica estupenda. Samuel Viyuela González pone frescura y complicidad en Pepín Bello, y Rodrigo Sáenz de Heredia viste a Moreno Villa con el aplomo de quien contempla las travesuras desde la madurez, con algo más de distancia. Mairena mueve con gran soltura a los siete intérpretes por el amplio escenario de la Sala Guirau y resuelve con precisión los cambios de personaje y las escenas simultáneas, sin perder nunca el pulso de la comedia. La calidad del conjunto responde tanto al talento de los actores como a una dirección que cuida hasta las intervenciones más breves.

Escenografía, vestuario y luz en la Sala Guirau
Aquí la economía de medios se convierte en estilo. La escenografía de Juan Sebastián Domínguez se arregla con un piano, un gramófono, unas sillas y los trastos de ensayo, y son los propios actores quienes trasladan el mobiliario, así que cada cambio de espacio forma parte de la acción. Nada sobra. Me ha gustado especialmente la facilidad con la que reorganizan el escenario sin interrumpir la representación. Mairena cuida estos pequeños detalles con gran mimo, que también apreciamos en otras escenas con mayor dificultad en su desarrollo coreográfico. Preside el campo de batalla una gran luna que, en uno de los pasajes más sugerentes, dibuja el espectro de don Gonzalo con un estiloso aire daliniano. Por su parte, la iluminación de Bea Francos acompaña con buen pulso los ensayos en la residencia y realza los momentos más disparatados de la representación.
El vestuario de Guadalupe Valero está a la misma altura. Sus diseños recuerdan a los años veinte con una exageración muy pensada, a un paso del surrealismo de los protagonistas, y multiplican la comicidad visual de la función. Ese mismo humor se prolonga en el movimiento y las antedichas coreografías de Luis Santamaría, con ecos del cine cómico mudo y unos cambios de ritmo que mantienen el espíritu festivo de aquel jazz que contagia buen humor desde el comienzo de la función.
Esta producción funciona porque todos sus elementos encajan. La decidida sobriedad escenográfica no impide que el espacio escénico se vea luminoso y elegante, así como el vestuario confiere personalidad a los personajes gracias también a un afinado trabajo en el diseño de luces. Y como los intérpretes se mueven sin parar como cualquier don permita, siempre hay alguien a quien mirar. Así las cosas, la puesta en escena es de primer orden y serviría de ejemplo para cualquier amante del teatro porque cuida cada detalle, resulta eficaz y exprime todos los recursos a su alcance.
Lorca, La Barraca y la Generación del 27
Entre las imágenes más logradas figura Lorca caracterizado como la Sombra de La vida es sueño, de Calderón de la Barca, personaje que interpretó con La Barraca en 1932. El anacronismo está buscado y funciona. Mairena recupera un momento posterior de la trayectoria teatral del poeta y recrea sobre el escenario una fotografía histórica que conserva el Museo Reina Sofía.
Esta referencia me interesa especialmente porque llevo años siguiendo de cerca la vida y la obra de García Lorca. Ya abordé su pasión por el cine en Aleteia y, en Entreletras, la puesta en escena de Poeta (perdido) en Nueva York. También me ocupé de su relación con Juan Ramírez de Lucas en “Juan Ramírez de Lucas, el amor que pudo salvar a Lorca” y en mi crítica del documental La voz quebrada. Por eso agradezco que Mairena traiga de nuevo a la palestra a un Federico tan joven, alegre y dispuesto a participar en las peripecias de sus compañeros, una faceta que también ayuda a comprender mejor su personalidad.

Al menos media temporada para esta gran producción del Fernán Gómez
Juan Carlos Pérez de la Fuente, director artístico del Fernán Gómez, se ha ganado el aplauso del público por derecho propio. Ha devuelto en esta casa la costumbre de programar el Tenorio en torno a Todos los Santos y la ha enriquecido con propuestas que se acercan al clásico desde otros ángulos. Esta producción encaja, además, en una temporada que dedica nueve espectáculos teatrales y uno musical al centenario de la Generación del 27, que se celebrará en 2027, y constata que reivindicar el patrimonio también consiste en desempolvar un episodio olvidado y convertirlo en teatro nuevo.
Que el montaje solo haya estado cuatro días en Madrid, del 29 de octubre al 1 de noviembre, no le quita mérito a la apuesta. Al contrario, se lo añade. No son muchos los teatros que apuestan por una producción propia con siete intérpretes y un considerable despliegue de medios para llevar a escena un episodio de la Residencia de Estudiantes ocurrido hace un siglo.
El Fernán Gómez lo ha conseguido con una calidad artística que honra su condición de teatro público y demuestra el papel fundamental que estas instituciones pueden desempeñar en la vida cultural de nuestra sociedad cuando confía en un buen texto, un director con talento y una compañía tan bien preparada. Una temporada de uno o dos meses permitiría que muchos más espectadores disfrutaran de este trabajo y abriría la posibilidad de llevarlo a otras ciudades españolas.
Ojalá La profanación de Don Juan tenga una larga vida sobre los escenarios. Pocas veces el teatro ha sido tan justo con quienes lo hicieron grande.





