También la sombra crece
Sergio M. Moreno Domínguez
Elenvés Editoras, 2026
XXXVIII Premio de Poesía Joaquín Lobato Ciudad de Vélez-Málaga
Frente a la sombra, la luz sobre el lienzo de la vida
Hay una luz muy concreta que solo captan las retinas acostumbradas al modelado de las formas, al estudio del volumen y al comportamiento exacto del matiz sobre la superficie, o esa claridad aséptica y extraña que entra por la ventana de una habitación de hospital en una cuarta planta. Sergio M. Moreno Domínguez posee esa doble mirada. Creador de formas, docente de la sensibilidad, artista plástico cuyo pulso de pintor y escultor vibra sotto voce tras cada uno de sus trazos, y cada vez más pujante y reconocible voz de la poesía andaluza, nos entrega en También la sombra crece algo más que una bitácora sobre la enfermedad o la convalecencia: valiéndose de un lúcido juego de opuestos, nos regala un verdadero tratado sobre la luz y la memoria.
El libro nace de un momento de ruptura, de uno de esos contratiempos del cuerpo que obligan a detener de golpe la máquina del tiempo y a posar la existencia sobre la sábana fría de un hospital. Sin embargo, lejos de entregarse al lamento fácil o a la angustia estridente, el autor jerezano convierte la fragilidad en un territorio de observación y revelación humana. Sabe muy bien que la incertidumbre acecha con el rostro temible de la sombra, pero también que no es invencible si se la afronta con entereza: «Lo mismo que una niña / que juega al escondite, / esperas con paciencia / a que la cuenta acabe / para buscarnos.» (El escondite, pág. 13). Como en las mejores composiciones del claroscuro tenebrista que bien conoce, la presencia imponente de la sombra no sirve aquí para apagar la belleza, sino para otorgarle un relieve conmovedor y definitivo. Es en la fisura donde el aire vuelve a respirarse; es en la penumbra donde los colores de la existencia recobran su peso exacto.
Desde las primeras páginas, inauguradas por la sospecha de esa calma engañosa que antecede a la tormenta —«La calma es una trampa, / un hermoso espejismo, / el prólogo que anuncia / la tormenta.» (La tempestad, pág. 11)—, la voz poética nos conduce suavemente por una travesía de incertidumbre. Sorprende la contención de su arquitectura rítmica, asentada en el fluir natural del verso blanco y libre donde el heptasílabo y el endecasílabo conversan sin alzamientos ni efectismos. Moreno Domínguez prefiere la palabra asentada, la emoción bien atemperada que se posa con delicadeza sobre la herida para limpiarla con la serenidad de un ángel de la guarda. Su pulso poético asume el veredicto del destino con una resignación lúcida, porque «el salitre del mundo nos oxida» (La materia del tiempo, pág. 17). Hay en su cadencia un ritmo de pensamiento que no busca impresionar por la pirotecnia, sino mediante la verdad desnuda de su cauce.
Resulta apasionante comprobar cómo la retina del pintor filtra cada instante del tránsito clínico. El dolor, que con frecuencia tiende a diluirse en lo abstracto o en lo etéreo, cobra aquí una plasticidad tangible. La habitación se transforma en un taller de matices donde una simple rendija permite desplegar el muestrario del firmamento (Muestrario, pág. 32) y donde el estallido accidental de una fruta sobre el asfalto desparrama sus semillas como una vibrante naturaleza muerta: «Al besar el asfalto / sediento de la calle, / estalló la granada» (Naturaleza muerta, pág. 43). El ojo del artista no descansa: busca afanosamente el equilibrio en el paisaje entre la radiante luz de los girasoles y la sangre humilde del trigo seco, recordando al lector que habitamos la tierra «con una pierna puesta / en cada mundo» (Camino, pág. 12).
Lo que sin duda dota a También la sombra crece de un valor singular es su profunda dimensión ética y comunitaria. En un tiempo inclinado al aislamiento y al narcisismo de la herida, el poeta rehúye la soledad egoísta del doliente. La cama contigua no alberga a un extraño, sino a un compañero de reclusión cuya presencia consuela (En la habitación, pág. 21). Brota así la gratitud desbordante en la estampa de la cuidadora que, tras el desvelamiento de la noche al pie del lecho, se marcha exhausta a su jornada laboral dejando tras de sí un halo de protección incondicional: «Aunque no estás, tu luz lo inunda todo, / enciende de esperanza mis rincones / y obliga a que las sombras se replieguen» (Compañía, pág. 30). Con la misma emoción se reconoce el cuidado abnegado en las manos que lavan las llagas en la intimidad del baño, convirtiendo la asistencia en la expresión suprema del amor. De igual forma se alza el refugio de la memoria afectiva y los lazos de la sangre; frente a la debilidad del presente, la memoria evoca los rostros tutelares de la madre cansada, la risa temblorosa del padre o la última mirada del abuelo, descubriendo que la entrega familiar es «Una mano, un bastón, una muleta / que asegura los pasos y sostiene / a quien vuelve a aprender a caminar» (Punto de apoyo, pág. 18).
Esa misma red de refugios e identidades compartidas se teje a lo largo de las abundantes dedicatorias del libro, donde las piezas se ofrecen a los nombres propios que acompañan al autor en el camino de la vida y de la poesía. En la vulnerabilidad del hospital o de la incertidumbre, el afecto entre iguales opera como una suerte de fraternidad protectora. Entre todos ellos destaca la figura tutelar de José Mateos, referente indiscutible a quien apela el poema que cierra la entrega.
El viaje poético concluye —como no podía ser de otro modo— con la redención de la vuelta a la calle, a la plaza concurrida, al refugio de las acacias y las jacarandas, o al sabor de las almendras que conservan el poso sagrado de la infancia y de los que ya no están. El hombre que sana experimenta la dicha casi infantil de reiniciar la partida, aferrado a una fe renovada en la palabra: «No pierdas la esperanza, / en muchos pozos secos, / cegados con escombros, / has visto florecer / a las higueras» (Mucho por hacer, pág. 52). El dolor ha cumplido su función pedagógica: recordarnos que solo la sed nos enseña verdaderamente qué cosa es el agua.
Con este libro, Sergio M. Moreno Domínguez ratifica la madurez de su propuesta y justifica con creces el reconocimiento que su obra viene recibiendo. También la sombra crece es una lección de serenidad y estilo: nos advierte que la sombra puede avanzar y cubrir con su velo las voces de quienes amamos, pero nos demuestra al mismo tiempo que su presencia es indispensable para que el milagro de la luz resplandezca sobre el lienzo de la vida.








