
Está cada vez más difícil la ingenuidad, lo digo con la que me queda. Porque podría haber sido más estricto y cancelarla tajantemente. Y entonces haber escrito: no existe la ingenuidad, ni yo, tan ingenuo muchas veces, guardo alguna. Ya no prospera esa construcción sentimental, la de la inocencia, esa cándida traducción de la realidad, retirando de su nomenclatura lo áspero, lo que contiene el veneno de la maldad, que sigue cautivando, ganando adeptos, quién sabrá el porqué de esa inclinación bastarda. Estaría bien saber qué sucede para que lo puro se contamine o, dicho de una forma menos poética, caigamos en la pendencia, en la maledicencia, en todo lo que arrima mal al mal. Y lo hay a espuertas. Mal adrede y sin propósito, mal sucio y obstinado. No hay día en que no se asista a su comparecencia. Se persona con rigor y enjundia antigua: ha tenido con qué cubrirse de gloria, enseñoreándose sin pudor, encantado de sí mismo. Es terco el mal: no tiene descanso, parece que muriera si le diera por pararse. El mal es incansable. Hay quien se va de este mundo sin que el espíritu busque su acomodo más estable, el que nos despedirá de vivir. A la gente que no tiene donde caerse muerta le da igual donde morirse. Toda esa gente zafia hace al mundo zafio. Son incansables los zafios, tercos, sucios, obstinados. Son los patanes de siempre, los chabacanos, los groseros, los cazurros, los vulgares, los burdos, los cerriles, los mostrencos, los toscos, los inciviles, los brutos. Son los ciegos, los ignorantes, los insensibles, los satisfechos de sí mismos, los abastecidos de vanidad, los conjurados, los que no tienen respeto ni educación ni consideración de que esas formas de la civilización (el respeto, la educación) sean algo que les concierna. Son los malos conocidos. Los vemos sin que a veces podamos evitarlo. Ocupan la calle, acaparan los informativos, tienen quien los escuche, atraen a piezas de su misma cabaña de reses ciegas y sordas y hasta violentas si se les increpa o recrimina, de su misma calaña moderna. Tienen nombre. Conocemos esos nombres. Sabemos qué timbre de voz tienen, el modo en que saludan o en el que se sonríen, malsana esa sonrisa, por supuesto.
No sabemos cómo preservarnos de su malsano influjo, han hecho piña entre ellos, se conocen, se reúnen para ponerse al día en pasquines y en insultos, en sus pocos o ausentes escrúpulos. Su revolución es tangible, está sobredimensionándose, se le da púlpito desde el que oficiar su arenga casposa, malsana, podrida. Sus discursos hieden, sus formas escandalizan, hasta les delata su aspecto, aunque puedan pasar desapercibidos en ocasiones, pero basta que abran la boca para advertir la catadura moral. Repugnan al argumentar, atufan el aire con sus manifestaciones. Aúllan, graznan, rebuznan. Su vocabulario es fangoso. No es que no entiendan lo que dicen, es peor: saben cómo herir, están puliendo su barbarie. Están aprovechando la mediocridad para que la mediocridad triunfe. Se están convirtiendo en plaga, devoran con saña las cosechas, hacen páramo yerto la tierra fértil. Algunos, los menos agasajados por la inteligencia, se embebecen cuando los escuchan: aprecian el discurso sañudo, las palabras hirientes, la sangre del verbo. Cuando no se aman, se comen entre ellos. Desconocen la lealtad, no fueron instruidos para inculcar en los suyos un mínimo sentido de la dignidad: esa nomenclatura les es por completo ajena, la desprecian. Ni dioses tienen, aunque los nombren y les tengan sus rezos. Son los nuevos bárbaros, son el estigma de una enfermedad antigua a la que el hombre todavía no ha puesto remedio. Continúan su cruzada porque el mensaje que blanden es extremo y al público, en el simulacro de una audiencia, le place que se le agite y se piense por ellos. Pensar es una actividad de riesgo: ellos son obstinados mercenarios de una batalla que únicamente ellos advierten. Contra ellos solo cabe la inteligencia, esa herramienta a la que ellos mismos (los de la pendencia, los bárbaros, los ciegos) dan la mayor de sus atenciones, pues llegan a comprender que el manejo que haga de ella sus enemigos podría dañarlos. Para que sus huestes no se apropien de ella censuran su concurso en cuanto pueden. Les falta quemar libros. Son todos ellos la exaltación de las más oscuras intenciones, las más turbias, como cantaba Serrat. Llegaron a ser lo que son por descuido familiar o por pereza vecinal. No fueron reprendidos cuando exhibieron sus primeras inclinaciones bastardas. No sabemos a quién sirven cuando alzan las banderas, son sicarios del mal, siembran calumnias, tienen doble vida, mienten con naturalidad, gastan más de lo que tienen, hacen listas negras, fanfarronean a ver quién la tiene más grande, juegan con cosas que no tienen repuesto y culpan al otro si algo sale mal, continúo citando al poeta. Con todo, siguen en primera línea, se les ve pavonearse en cuanto tienen ocasión, agreden con naturalidad, hurtan sin rubor, besan sin permiso, mienten por principio, comulgan en familia con la hostia bendita de la verdad, pero basta darles un minuto de conversación para comprobar que no son como nosotros, los educados, los que deseamos no faltar a nadie sin motivo. Porque de vez en cuando hay que arremangarse y cantarle las cuarenta a quien nos hace el mal. Tenemos con qué hacerlo, no somos livianos en las réplicas, hemos leído mucho, hemos aprendido a conversar, se nos ha vestido con los primores de las telas más nobles, pero hay veces en que dan ganas de ponernos a su altura, Dios no lo quiera, acudir a la barbarie, dejar sentado que hay sitios por los que no pueden pasar, caminos reservados a la concordia y a la convivencia limpia entre iguales, pero serán estériles los argumentos, nos cortarán a la primera, elevarán el volumen de las palabras, confiarán en que las dimensiones del ruido atenúen las de la cordura. Y quién sabe si volveremos a ser buenos, si es que alguna vez lo fuimos.











