julio de 2024 - VIII Año

La cuestión socialista entre la prensa liberal y la obrera (1886)

Antigua sede de ‘El Imparcial’, construida en 1913.

El 31 de marzo de 1886 el diario liberal El Imparcial publicó un artículo titulado “El problema socialista”, que suscitó una reacción unos días después del recientemente aparecido El Socialista. En esta pieza recuperamos dicha polémica porque nos ofrece información harto sugerente sobre las distintas concepciones del auge del movimiento obrero a partir de la segunda mitad de la década de los años ochenta del siglo XIX.

El diario liberal reconocía que en ese momento existía un problema capital en todas partes, la denominada cuestión social, “una luz de incendio” que aún se veía lejos pero cada vez era más “clara y rojiza”. En este sentido, se aludía a hechos acontecidos en ese momento en Europa, como los sucesos en las fábricas de Londres o los conflictos acontecidos en las minas de Decazeville en Francia de tanta importancia, como bien sabemos, en el movimiento obrero francés, así como a otros sucesos en Bélgica y Estados Unidos. En realidad, el artículo surgía por las noticias que llegaban de las zonas mineras e industriales belgas.

Aunque se reconocía que no había una especie de “voluntad directora” en este auge de la conflictividad social, sí se creía que funcionaba el denominado contagio social. Estaba funcionando una especie de solidaridad entre los obreros del mundo.

Otro de los factores de este auge, según el periódico liberal, procedía de la escasa o mala instrucción de los trabajadores inducida por los “propagandistas de oficio”, cuyo objetivo era exacerbar las pasiones.

El artículo se centraba en los conflictos sociales en Bélgica, donde se pensaba que podía peligrar su independencia si triunfaba la anarquía, mientras los franceses veían, siempre según esta interpretación, la oscura mano de Bismarck detrás. Debemos recordar que 1886 fue un año de intensísima conflictividad social en Bélgica. Las huelgas se multiplicaron las zonas industriales y mineras de Lieja y Hainaut en el mes de marzo. La crisis económica empujó a una mayoritaria movilización obrera. Estas huelgas e insurrecciones llegaron a un nivel muy alto, y provocaron una intensísima represión. Pero los obreros serían las primeras víctimas de esta conflictividad, para el periódico español. Los obreros que creían con sus protestas mejorar solo conseguían “apretar el dogal de la miseria a su cuello”. Las fábricas se cerraban, no se producía, el comercio huía a Alemania, no había salarios, el consumo se retraía, comenzando a formarse una especie de círculo vicioso en cuyo centro imperaba la miseria. Pues bien, para el diario liberal la clase media y los ricos podían resistir esta crisis por sus medios, pero el trabajador permanecía frente a la ruina industrial. Antes, mejor o peor vivían todos, pero con estas huelgas solamente avanzaba el hambre, la miseria y la muerte.

Ni aunque los obreros de distintos países intentaran y consiguieran coaligarse conseguirían el triunfo. Solamente vendría la represión más terrible, porque, además, se informaba que ya los gobiernos de las principales potencias se preparaban para unirse ante las “correrías probables del incendio”. Los obreros amotinados no podían enfrentarse a los ejércitos organizados.

En todo caso, el diario liberal reconocía que bajo la protesta había una queja justa porque la situación de los trabajadores exigía remedios, eso sí, sin métodos revolucionarios, que es como podemos interpretar la alusión a que el “progreso no camina a saltos”. Para justificar esta afirmación el periódico realizaba una breve interpretación del progreso histórico de los trabajadores, aunque reconocía que se podía mejorar. Los primeros preocupados en esta mejoría eran los gobernantes, y la primera condición para que se produjera pasaba por la buena voluntad del obrero; la obediencia y la sumisión se convertían en los principales requisitos para lograr ese progreso en paz.

El obrero que alteraba el orden y turbaba la prosperidad que le daba trabajo solamente conseguía destruir la riqueza acumulada a fuerza de trabajo. Esos eran los trabajadores que se habían amotinado en Bélgica.

Los socialistas reaccionaron vivamente ante esta interpretación del movimiento obrero, como hemos apuntado al comienzo de nuestra pieza. Para El Socialista la prensa había ignorado la existencia del problema social hasta que habían estallado los conflictos. Ya ningún periódico eludía el problema. Prueba de ello era el artículo de El Imparcial, al que se dedicaban no pocos vituperios en el artículo.

Al periódico socialista le molestaba, en primer lugar, el tono de suficiencia que desprenderían, siempre en su opinión, las observaciones sobre el nivel educativo de los obreros, la idea de que las huelgas comprometían la independencia de Bélgica, o que todo había sido producto de la injerencia de Bismarck.

Era evidente que los trabajadores habían sido ignorantes, pero, precisamente, por aguantar el estado de cosas que padecían, pero los hechos que tanto criticaba El Imparcial demostraban su anhelo de saber. Además, se insistía en que los obreros no entendían de patrias, y que la acusación en relación con Bismarck era muy vulgar, tanto que ya no podía engañar a nadie. La rebelión era un arma eficaz, como demostraban las concesiones que se comenzaban a hacer a los trabajadores belgas.

Los socialistas españoles reconocían que los trabajadores belgas habían generado con la violencia destrucción de la riqueza, que estaba manchada por el contacto del “infame explotador”. Pero lo más importante estribaba en el hecho de que la destrucción habría sido un ejercicio de honradez, porque lo burgués habría sido quedarse con esa riqueza como si fueran bandoleros.

Ante la alusión de los ejércitos preparados para reprimir por toda Europa a los obreros, los socialistas españoles consideraban que ya el socialismo se estaba introduciendo entre las tropas, con una gran labor de propaganda, especialmente en Alemania, pero también en la propia Bélgica y hasta en Francia. En fin, la lectura de El Imparcial hacia más socialistas que la propaganda de los mismos, por lo que, irónicamente, se agradecía el artículo.

Hemos trabajado con el número del 31 de marzo de 1886 de El Imparcial, y con el del día 9 de abril de ese mismo año de El Socialista.

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