enero de 2026

La oratoria de Azaña según Araquistáin

Luis Araquistáin publicó en el número de septiembre de 1934 de Leviatán un extenso artículo sobre Azaña titulado “La utopía de Azaña”. Nos interesan en esta pieza sus comentarios sobre la oratoria del político republicano.

Al intelectual socialista le gustaba mucho su oratoria. Se podía estar o no de acuerdo con todas las ideas del orador, pero le cautivaba la “sugestión estética de su lenguaje”. En España hacía mucho tiempo que no había habido alguien que empleara un lenguaje político así. Su palabra podría ser en muchas ocasiones popular pero nunca “plebeya o chabacana”. Cuando su palabra era literaria no se podía encontrar en su discurso nada rebuscado ni pedante sino algo consustancial y espontáneo en el orador, como si su amplia formación hubiera formado una “envoltura pegadiza y anacrónica”, pero, sobre todo, se hubiera diluido en su “sangre y en su intelecto”. Azaña tenía esa formación, esa cultura, pero, además, se renovaba y se vitalizaba con el “feliz empleo de giros del día”, que recogía del pueblo.

Al parecer, Azaña no sería muy aficionado a las imágenes, pero cuando las empleaba, no caía en el peligro de la cursilería ni del adocenamiento, porque no eran adornos retóricos, sino expresión necesaria. No parecía que preparara lentamente sus discursos para luego declamarlos de memoria. Era un orador que hablaba como si estuviera escribiendo, con precisión, la riqueza y la elegancia del lenguaje escrito. Azaña no era un acto ni un repetidor de sí mismo. Hasta cuando reiteraba sus ideas o temas empleaba la variedad, en un repertorio ilimitado de formas de exponerlos. Por eso sus discursos eran frescos.

No sería un efectista que conociera los recursos seguros para conseguir el aplauso como hacían otros oradores. Azaña no era un histriónico, ni hacía comedias políticas porque para él la política era un drama, no como ocurría con la mayoría de los políticos que planteaban la política como comedia. En realidad, ese era su gran “drama personal”.

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