octubre 2020 - IV Año

LETRAS

Raúl Zurita: desde el dolor

XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana – 2020

La obra de Zurita surge del dolor. Sus manifestaciones tanto literarias como las acciones de arte, su participación en obras visuales, cinematográficas, las intervenciones y la utilización de su propio cuerpo, emergen como aullido para dar cuenta de una orfandad que nos horada, como ácido. Es el mismo amoníaco que utilizó para quemarse los ojos (1980). Expresiones que son como aquel fierro candente, al rojo vivo, con que laceró definitivamente su rostro, sumido en la completa soledad y desesperación, al interior de un baño. Fue un acto pleno de simbolismo sacrificial y auto flagelante (1975), cuya imagen es la portada de su primer libro Purgatorio (Editorial Universitaria, 1979).

Cicatrices eternas, tan rotundas como las cuatro palabras escritas en la tierra que solo pueden ser vistas desde el cielo del Desierto de Atacama, grandeza del pétreo lugar más árido del planeta. Palabras horadadas a lo largo de 3.140 metros: “Ni pena ni miedo”.

Versos tan humanos como universales, dibujados con el efímero humo blanco en el cielo de Nueva York por cinco aviones, a lo largo de nueve kilómetros, en una acción poética que roza lo cósmico (1982, poemas de La vida nueva). Rompe los límites y saca el arte a la calle con el grupo C.A.D.A., impulsando acciones como la de “bombardear” Santiago con 400 mil volantes desde seis avionetas, constituyendo “la escena de avanzada” desde la fusión de arte y vida (12 de julio, 1981). En los volantes se leía: “Nosotros somos artistas”, “Nosotros somos artistas, pero cada hombre que trabaja por la ampliación, aunque sea mental, de sus espacios de vida es un artista”, “El trabajo de ampliación de los niveles habituales de la vida es el único montaje de arte válido/ La única exposición/ La única obra de arte que vive”.

La presión interna es la de una bomba a punto de estallar, cerebro y corazón cuya sangre fluye acelerada y debe encontrar una válvula que permita bajar la violencia.

Theodoro Elssaca y Raúl Zurita

Catarsis ante la coerción de un sistema que lo sometió a la tortura, dando paso a una acción masturbatoria. Descarga y grito. Grito como vía de escape al tormento de la propia energía volcánica, que en algunas épocas lo ha tenido al borde del suicidio o la inmolación. En su poema “La tiempo blanca para nuestro mundo negro” (1972), nos dice:

XVIII
La soledad es otra viuda que nos quiere mucho:
viuda mortis sin pacce

XIX
La Masturbación
La masturbación está indefensa
no tiene remedios
y piensa en los delicados poemas de Lao Tsé

XX
Dime placer solitario
dime que será de tu terca esperanza”

El poema Canto a su amor desaparecido, contenido en el libro del mismo nombre -Editorial Universitaria, Santiago, 1985- es testimonio de caídas, golpes, gritos, fosas donde yacen los países muertos, masacres y soledades amuralladas. No es la tortura de amor de Petrarca, de la no correspondencia, de la ausencia. Son los desiertos, las montañas, los pastizales malditos, las tumbas y los ríos, fragmentos reales de un país despedazado, el martirio en nichos y derrumbes. Dolor que surge de la tortura física. El dolor localizado a ratos, el dolor global en todo el cuerpo. La concepción idealista versus la concepción materialista del dolor. La imposibilidad de detener ese recuerdo del dolor que lo ha llevado a la feroz flagelación de su propio cuerpo. Geografía cercenada que lo impulsa a seguir creando.

Cito un fragmento:

“Fue el tormento, los golpes y en
pedazos
nos rompimos. Yo alcancé a oírte pero la
luz se iba.Te busqué entre los destrozados,
hablé contigo. Tus restos me miraron y yo
te abracé.”

Expandiendo límites

“Mi Dios es Hambre”, imaginó el cielo como una “inmensa página”. Años después lo hizo realidad en el cielo de Nueva York. La acción se financió con la venta de una edición numerada de Anteparaíso. Los quince versos fueron diluyéndose en el cielo azul sobre los barrios del Bronx. “Mi Dios es Herida”. Poema inmortalizado por la cámara de Juan Downey. Junto a Diamela Eltit, el poeta siguió la trayectoria de los versos viajeros del viento, desde un aeropuerto en Queens. Acción poética que ha pasado a ser un suceso casi mítico, “Mi Dios es Paraíso”. En el espacio expuso el dolor, el sufrimiento y la pena, con sus refinadas diferencias. Zurita destaca sobre estos tres pesares la “pena”, que utiliza con más frecuencia y que tal vez incorpora como una superación del binomio “dolor-sufrimiento” y que inmortalizó en el Desierto de Atacama, al sur de Antofagasta, en un verso: ni pena ni miedo. Seis sílabas, que en su interpretación más honda pudieran ser consideradas como un poema completo. Zurita desborda los límites del objeto libro, y abre el horizonte de las artes visuales, con propuestas de formato monumental y cósmico: una escrita en el cielo para ser vista desde la tierra, y otra escrita en la tierra de tal forma que solo puede ser leída desde el cielo.

“Verás un mar de piedras”, es la tercera intervención que prepara el poeta y que se compone de 22 frases. Nos dice: “Todo lo que verá un ser humano en el curso de su vida”. Frases instaladas en los acantilados del norte, las que sólo podrán ser vistas desde el mar. Son poemas que nos obligan a situarnos en otros lugares, una escritura simbólica, polisémica. Manifiesta las representaciones del dolor, configura escenas donde encuentra desde el subconsciente un túnel secreto que se articula desde la palabra poética en atajo a través del tiempo y el espacio. Acciones indómitas para tiempos carniceros, donde Zurita se nos presenta como un autor poliédrico. En Anteparaíso nos dice:

“Yo sé que tú vives
yo sé ahora que tú vives y que tocada de luz
ya no entrará más en ti ni el asesino ni el tirano
ni volverán a quemarse los pastos sobre Chile.
Abandonen entonces las cárceles
abandonen los manicomios y los cuarteles
que los gusanos abandonen la carroña
y los torturadores la mesa de los torturados
que abandone el sol los planetas que lo circundan
para que sólo de amor hable todo el universo”

Zurita declara: “Mi intento ha sido juntar la poesía y la naturaleza”. Naturaleza donde yacen los desaparecidos, arrancados los ojos antes de ser lanzados al mar o al interior de los volcanes. El poeta escucha y toca a esos muertos. Su literalidad exacerba la interpretación de los contenidos causando las imágenes que produce. Su obra involucra todo el paisaje de Chile. Geografía poética y espiritual impregnada de dolor crudo, coagulado. La cicatriz es una superación del dolor. El desgarro y el shock del sonido de la muerte contra la que lucha el poeta. Más allá, en el fondo, se descubre que su lucha más feroz es contra la amnesia.

Así es como en su extenso libro Zurita –Ediciones Universidad Diego Portales, 2011- nos dice: “No hay que olvidar nada”.

Poemas y estigmas transfigurados en acciones de arte que sueñan la resurrección. Epitafio y duelo de los muertos olvidados. Memorial de esos paisajes tallados por sus versos. Golpes para la memoria, en el camposanto del paisaje de Chile, extensos campos en penumbras que retoma en INRI:

“Se dice que llueven asombrosas carnadas
adheridas de pedazos de cielo sobre el mar (…)

Oí un cielo y un mar alucinantes, oí soles
estallados de amor cayendo como frutos, oí
torbellinos de peces devorando las carnes rosa
de sorprendentes carnadas.”

Describe escenas apocalípticas, denuncia de atrocidades: “Carnadas de hombres / caen sobre la zarza llameante del océano”. La nieve de las cumbres, el hielo, es una gran gaza que espera la caída de los cuerpos. La Vida Nueva, 1982, refleja en sus versos los ríos que bajan desde las cumbres encendidas de Los Andes, y sus acciones de arte son la visualización de los versos que se construyen como un solo y extenso poema que mana desde la herida abierta que no cicatriza. Sufrimiento que plasma en un continuum desde la publicación de Purgatorio, hasta las ediciones más recientes, impidiendo con ello que se desvanezca el horror de los actos de crueldad.

La magnitud del genocidio es expuesta en la metralla de su poesía, traducida a más de una decena de idiomas, y reconocida como una de las más sólidas y fascinantes voces de la literatura contemporánea. Cito de “In Memoriam: Otros Naufragios”, del libro Zurita:

“Rojos del masacrado atardecer y sus cuerpos
oro y agua de Miriam y Raúl
vaciándose cielo abajo
¿No viven?”

Para entender la eclosión de su obra, cito al propio Zurita, quien nos dice: “…obras como Purgatorio y Anteparaíso nacieron porque no había nada que diera cuenta del horror del golpe de Estado y del quiebre espiritual, mental, anímico que ello produjo”.

Poesía purificadora

Su primer poema publicado lo encontramos en la revista Quijada (1971), de la Universidad Técnica Federico Santa María, la que acogió “El sermón de la montaña”, y del que años más tarde Zurita diría: “es un poema casi profético”.

Cito fragmentos:

“Una cruz dada vueltas
Una adolescente violada y muerta en un barrio apartado
No hay nadie en el mundo (…)

Tal vez es el mismo día que nos mancharon la cara de amor desde el
Capitolio amor o desde los manicomios sin perder jamás el hábito del pánico ni
de las grandes ilusiones psicópatas del condenado (…)

Detrás se abren las puertas
Por mí se va a la ciudad doliente
Por mí se va al eterno dolor”

Theodoro Elssaca y Raúl Zurita

Es un poema existencialista, intertextual, y es el origen de su obra, donde ya encontramos la presencia y la paráfrasis de los textos santos, primordiales, como El Cantar de los Cantares, con citas que incorpora más adelante de Thomas Mann, Canetti o Pink Floyd, referenciales de fluctuación pertinaz y a veces críptica. En el comienzo fue el sufrimiento, el dolor vino después, con la tortura física, la marca del espíritu en la materia. Este desbordamiento interior, que surge desde la entraña, conlleva un impacto donde se funden paisaje y palabra en el trágico éxodo de las almas. Una escritura que desde “El Sermón de la Montaña” implica elementos bíblicos que se advierten en los propios títulos: como el conjunto de poemas que llamó “El Amor de Dios” (1973), que forman parte del final de Purgatorio, así también Anteparaíso, INRI, y las citas al Dante Alighieri. Esto se explica porque tanto La Sagrada Biblia de Jerusalén como La Divina Comedia fueron lecturas que alimentaron la orfandad de su infancia, bajo el cuidado de la abuela materna, la italiana Pessolo, venida de Génova. Literatura que a ratos se hace liturgia, en sus enigmáticos simbolismos y menciones culteranas. Cito de “El Sermón de la Montaña”:

“BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU PORQUE
DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS
BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN PORQUE
ELLOS VERÁN A DIOS (…)

Aproximaciones inútiles en unos cuantos símbolos gastados de
muchas ideologías que nos asaltan entre las micros y una última
comparación de esa frase que ya realmente nada importa:
creo en Dios Padre Todopoderoso o Todopoderoso ya no creo en Dios”

“El Sermón de la Montaña” (Mateo 5: 39) viene de ese original escrito en griego, como el Nuevo Testamento, traducido al latín por San Jerónimo de Estridón, en La Vulgata. Hay constantes referencias a la Palestina histórica, el cercano oriente, su cultura y ciudades del origen.

En el poemario zurita / in memoriam yuxtapone el tormento con la escritura poética, el vacío de no ser con las rompientes y el llanto: “Yo en cada letra cago /sangre ¿me entiendes?… Eran los ríos No fui     No era     No estaba…  las rompientes del Pacífico   Es que fui el cielo vuelve a repetir el Pacífico    extranjero   como un llanto insomne cubriendo el remoto cobalto del amanecer”.

Hay una re-semantización de la naturaleza en Zurita; ya no está la lectura que tuvo la naturaleza en Neruda o Huidobro.

La poesía zuritiana nos presenta una naturaleza convulsionada y en movimiento. Es una naturaleza que se ha hecho conflictiva y que se revela hondamente marcada por la problemática humana. Una naturaleza que ya no es refugio, sino tumba. La sociedad chilena está dividida, dramatizada, en crisis, donde “el hombre es el lobo del hombre”. Este escenario de guerra provoca el dolor en el hablante que no es solo un testigo, sino que es un partícipe y víctima de todo este mundo dramático y conflictuado, donde la poética tiene una función catártica. La poesía y las acciones de arte de Zurita son un acto de catarsis. La catarsis para los griegos es purificatio; purificación es limpieza.

Cito de “In Memoriam: Amores en Fuga”, del libro Zurita, Ediciones Universidad Diego Portales, 2011, p. 203:

“Y así iba llegando el país muerto     al final del día     como
un río entrando en el océano
Arrastrándonos los desmembrados cuerpos     las quemadas
caras     los ojos que iban tomando los colores del infinito
atardecer     al frente     hundiéndose en la noche”

El poeta es el río del país muerto entrando en el océano, donde se encuentra con las caras quemadas, en el atardecer de los cuerpos desmembrados hundiéndose en la noche. El peor dolor es el no hablado. Zurita logra superar esta situación mediante la escritura.

Es una poesía que está modelando y modulando al mundo, con su sello personal. Versos desmesurados, incontrolables como es la naturaleza cambiante que plasma. La primera culminación del dolor es el golpe de Estado, porque es la integración del dolor social y el sufrimiento individual en una sola experiencia, que es la experiencia del descenso a las bodegas del herrumbroso carguero Maipo. La sentina donde estuvo con la multitud de estudiantes y obreros. Muchos de ellos lanzados vivos o muertos a las profundidades.  “Carguero Maipo”, en el poema del mismo nombre, canaliza la experiencia del descenso infernal del Dante, obra que su abuela le leía del original italiano durante el desamparo de la infancia. Cito “El desierto”, del libro Zurita:

“4- La noche se hunde en medio del día. Hay un barco
atestado de muertos hundiéndose en el desierto.

5- (…) Mireya dice que hay un barco de
desaparecidos arrumbado en el desierto. Dice que el
barco es Chile, que una vez fue un barco de vivos,
pero que ahora surca el mar de piedras con sus hijos
muertos.

Las flores se doblan. Oleadas y oleadas de piedras
chocan contra los bordes de un casco herrumbroso.”

Soledad radical junto a los otros prisioneros, angustia, tortura y pérdida de su creación máxima: su carpeta de poemas, que serían parte de su primer libro por publicar, es lanzada por un marinero a las olas del mar, sin contemplaciones, lo que detona más sufrimiento psíquico que llegar al dolor físico con la tortura. La importancia del 11 de septiembre de 1973 en la poesía de Zurita no ha sido suficientemente aquilatada. Esa noche tuvo la experiencia infernal en el barco carguero, la indefensión corporal, el sufrimiento de la derrota psíquica, el dolor de la tortura:

“5- Hay un puerto reseco y un barco con una tripulación
de muertos encallado en el desierto. Mireya dice que
son sus hijos. El mar de piedras grita.

Chile naufraga en el pedrerío reseco de las olas”

Según Buda, el dolor es obligatorio, el sufrimiento –como condición psíquica– es opcional. Sin embargo, quienes vivimos esa época aciaga, sabemos del amedrentamiento y la presencia de los agresores por tierra, mar y aire de manera constante; la feroz carga y condena que invadía todos los espacios del acontecer. El poeta desarrolla y condensa la fragmentación del arte-vida en la fragmentación reiterativa de su escritura.

Después del golpe de Estado el dolor se hace social, a través de la represión masiva, la arbitrariedad en las detenciones y desapariciones (todos éramos sospechosos), toque de queda, despidos masivos y violencia generalizada. El sufrimiento es individual; lo encontramos depositado en la psiquis del poeta. El camino que encuentra Zurita es canalizar a través de la palabra poética, y éste es el camino catártico de la sanación por la palabra escrita.

Ante el horror, el poeta busca la alteración de la realidad y crea un mecanismo de inversión, donde el dolor y el sufrimiento son el cielo que cae y el mar que sube y se hace cielo. Allí, las piedras y la noche gritan. Cito, del libro Zurita, p. 143:

“Verás el mar en las cumbres”

Del mismo libro, p. 529:

“7- Chile naufraga y el mar
reseco se cierra cubriéndolo, se cierran las olas de
piedras y gritan.
La noche herrumbrosa y negra se hunde gritando en
el desierto.”

Desde las imantaciones de sentido encuentra en lo filosófico-teológico la pena como etapa final. Es lo que queda después del sufrimiento y del dolor; por ello, en el desierto escribe ni pena ni miedo. Ni pena es la superación del dolor y del sufrimiento. Ni miedo es el no olvidar, la necesidad perentoria del rescate de la memoria, que Zurita hace en su obra como un redentor.

Responsabilidad del dolor

En la democracia de Atenas cada ciudadano era responsable de sus deberes y de sus derechos, y así como se hacía cargo de su placer, también se hacía responsable de su dolor. Esto fue así hasta que llegaron los tiranos, quienes se tomaron el indebido trabajo de manipular ambas cosas. Por lo tanto, tuvieron que multiplicar cárceles y mazmorras para quienes no actuaban como lo disponía el dictador de turno. El Imperio Romano, que al copiar lo bueno de los griegos también copió lo malo, encontró en los cristianos, que desdeñaban a César como encarnación divina, el enemigo que les hacía falta para tapar sus delirios de grandeza. Hablando de delirios, América Latina también tiene un frondoso archivo con malos y dolorosos ejemplos de dictaduras infames, y lo que es más grave, muchas veces esos gobiernos de facto fueron organizados desde Washington. Infinitos Cristos han sido crucificados en aras de sus ideologías y hoy, aquí, por tres de las cuatro causas aristotélicas, tenemos a un mártir de cuerpo presente, Raúl Zurita, el escritor que padeció cárceles y mazmorras, desde donde siguen surgiendo poemas que son fieles testimonios de una de las épocas más tenebrosas de la historia contemporánea de Chile. El poeta en actitud sacrificial y metafórica llega al castigo bíblico de poner la otra mejilla. Es la paradoja de las mutilaciones auto infligidas, el dolor que busca borrar el dolor, que solo pudo redimir al canalizar su palabra poética en la voluntad de codificación.

¿Qué hubiera sido de Zurita sin sus palabras, sin sus poemas, sin sus apuntes? La salvación por las letras ha permitido que muchos escritores perseguidos y encarcelados hayan podido sobrellevar dignamente su lucha, sobre todo cuando estaban privados de esa emoción que es la libertad.

Zurita, poeta de estrellas quemadas y países rotos, ha hecho del dolor su destino poético y, desde ese sino inevitable, no hay día ni página que el poeta no regrese a cada jornada de 1973 en adelante. Desde allí, con los baúles de su naufragio, surge el paliativo, el propio calmante por haber sido arrojado a un mar de escombros, al salado río de las lágrimas que lloran cada una de sus palabras. Más allá de un In Memoriam a los feroces rayos y truenos del humano rencor, el poeta traslada por el sendero de su obra demonios propios y ajenos. De hecho, la sufriente Cordillera de los Andes es su testigo y su aliada para denunciar a los ríos muertos de un país de tablas, muros, galpones, espinas, aguijones y alambradas. Agonizar entre el mar y las montañas es el mandato iniciático de su espíritu que está latiendo debajo de cada herida y de cada cicatriz, cuya costra palpita trémula al menor roce, a la menor culpa. Cito “Carguero Maipo”, del libro Zurita:

“9- (…) Hay
Una llanura y las rompientes resecas del cielo que
caen derrumbándose como un tierral de muertos
en la tumba de los paisajes. Todo fue consumado.”

¿Purgatorio? Sí, mecanismo que construye para purgar la mala memoria y los desiertos de las almas y de las penas. Purgatorio, alusión directa a La Divina Comedia del Dante, incorpora manuscritos, electroencefalogramas y un informe clínico de sí mismo. Dice:

“El esfuerzo (de escribir poesía) no es tanto para estructurar el libro, la obra, sino para darle una estructura a la vida. Cada uno tiene la oportunidad de construir con su vida su propia Pietá, su propia escultura (…). La vida de uno y la de todos es el único producto de arte que merece la pena ser socializado. Para mí, todas las grandes transformaciones sociales han sido transformaciones en la creatividad. La Historia es la Historia del arte.”

Inicia el libro con el subtítulo “Devoción”, y luego reproduce el supuesto manuscrito de una prostituta quien dice: “perdí el camino”. En el Desierto de Atacama los paisajes son convergentes y divergentes. “Llanos del demonio”. Cito fragmentos de Purgatorio: “Allá no voló el espíritu de J. Cristo”, “mi propia Redención en el Desierto”, “Nosotros seremos entonces la Corona de Espinas del Desierto”, “Mi amor de dios: Mi mejilla es el cielo estrellado y los lupanares de Chile”, “/ Inferno”, “/ Paradiso”.

Después del impacto causado por Purgatorio, Raúl Zurita publica Anteparaíso, en 1982. Son eslabones del mismo proyecto estético, en el cual la poesía debe nombrar la vida y fundarla en el difícil contexto histórico de la época. Los dos poemarios abrieron el camino de una expresión que posicionaba el paisaje de Chile en una dimensión distinta de la palabra. En Anteparaíso, considerada una obra de transición en el proyecto poético de Zurita, el paisaje chileno se convierte en la metáfora de un cuerpo doliente en camino de su redención por el amor, lo que implica la recuperación de la fe perdida en Purgatorio.

¿Anteparaíso? Sí, zona de connotación encriptada para la espera de un goce, de un deshielo místico, de una futura reparación moral, de un mea culpa colectivo y solidario, donde “las montañas (…) caminan” y “Todo Chile se iba borrando”. Cito de Anteparaíso (CLIII):

“Yo sé mi Dios que somos uno
y que subidas de luz las sábanas del Iguazú
se llaman Nuestra Señora
y todo el amor de estos paisajes: los tendidos de
mi soledad, de mi hambre, sí míralos
los tendidos del Señor”

¿Canto a su amor desaparecido? Agudiza su mirada crítica y descarnada de la miseria social de Latinoamérica. Busca el canto que redime y cura, la piedad, Pietá, entre lápidas y nichos. Cito:

“(…) Todo acabó.
No queda nada. Pero muerta
te amo y nos amamos, aunque
esto nadie pueda entenderlo”

¿La Vida Nueva? Sí, por amor a una esperanza reconstruye el paraíso desde la voz tribal, el salmo y la elegía. En cada libro de Zurita surge algo del Dante Alighieri, de ese infierno perturbador que fue Chile en los años 70’. La certidumbre de no haber sufrido en vano queda reflejada en la fugacidad de sus escritos sobre la infinitud azul.

¿Poemas militantes? Sí, muchos, en cantidades asombrosas para que no nos duerma el olvido y toda posible omisión de una época nefasta para la libertad, sin la frase más recordada de la Patria: “si la tumba serás de los libres”, y sin el prometido “asilo contra la opresión”, cantado en nuestro Himno Nacional. Imaginario paródico y ondulante donde encontraremos poemas de Raúl Zurita que deben ser leídos como himnos.

“¿Mi mejilla es el cielo estrellado?” Sí, por las antiguas noches del espanto y por las  buenas estrellas de un porvenir venturoso que a partir de lo literario ha sublimado el dolor, y pasa a otra instancia de la vida de nuestro pueblo, tan rico en alta poesía, el mineral más preciado de todo idioma. Coloquialismo escritural y contravención deliberada, brumoso a ratos, develación insubordinada y encuentro mimético donde surge el vigor de la herencia surrealista y caligráfica.

“¿Los Boteros de la noche?” Sí, porque hay demasiados, y para ellos el infierno está lejos; es un legendario ghetto, un manicomio al final de la ciudad, petrificado en una historia arqueológica divorciada de la política, distanciada de lo social, peleada con la palabra humana, es decir, con el lenguaje, la más democrática de las instituciones. Por eso mismo, la altura del lenguaje poético que logra Zurita en todos sus libros es un canto a la palabra, lo último que perdemos cuando todo lo demás está perdido.

Conclusión

Atrás quedó la dictadura y la fría lluvia de un septiembre manchado de sangre, la de los perseguidos políticos que no pudieron salvarse por la música de una guitarra que fue ametrallada, junto a las manos cortadas del trovador y lúcido dramaturgo Víctor Jara. Ni por una canción escrita con palos de fósforos quemados, minutos antes de morir, por el músico y compositor Jorge Peña Hen. Se eleva el clamor de las madres y los parientes de los poetas y artistas que nunca supieron que serían poetas, artistas y mártires. Atrás quedó el Estadio Nacional de Chile, que fue convertido en un campo de concentración para encerrar multitudes pensantes. Se elevan siempre las piedras mordidas por el horror y los cuerpos desmembrados en el paisaje. También se eleva el canto de los hombres sepultados en minas de cal abandonadas.

En medio de ese siniestro maremágnum, emerge tenaz Raúl Zurita, sobreviviente del cautiverio y la tortura, quien se ha obstinado en seguir adelante, sostenido por su compromiso poético: la responsabilidad con el dolor, su maestro.

Nota sobre el texto: Escrito entre Santiago de Chile y el Bois de Boulogne, París, primavera de 2015; actualizado el 14 de septiembre de 2020. Publicado previamente en la antología de ensayos Fronteras, Límites, Intercambios en la obra de Raúl Zurita. Un viaje por los meandros de la creación poética; editada por Université Toulouse-Jean Jaurés, Francia, 2019.

BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
Raúl Zurita, Canto a su amor desaparecido, Santiago, Editorial Universitaria, 1987.
Raúl Zurita, Anteparaíso, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2009.
Raúl Zurita, INRI, Santiago, Fondo de Cultura Económica, col. « Tierra firme », 2003.
Raúl Zurita, Zurita, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2011.
Ortega-Parada, Zurita, Arquitectura del Escritor, Valparaíso, Ediciciones Universitarias de Valparaíso, 2014.
Zurita / In Memoriam, Ediciones Tácitas, 2007.
Raúl Zurita, Purgatorio, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2007.

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Antonio Machado que estás en los libros

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‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

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Críticos literarios, dueños del espíritu humano

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El papel del lector en la posmodernidad

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Poesías. Catulo.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

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Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

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El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

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La frase del escritor

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Un cuarteto literario en clave de sol

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Oía hablar a los árboles

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El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

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Sobre las Brontë

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Borges en Ginebra

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Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

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Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

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Miguel Hernández en Portugal

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Mi Gloria Fuertes

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Robert Walser, el paseante espiritual

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‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación