marzo de 2026

La política sin elegancia: cuando el grito sustituye a la cultura

Viñeta de Eugenio Rivera

Hubo un tiempo —no necesariamente mejor, pero sí algo más educado y con estilo— en que los políticos discutían intentando no solo ser, sino parecer personas cultivadas. Citaban libros, autores, manejaban cierto vocabulario y, al menos en público, procuraban no comportarse como si estuvieran en una pelea de bar o en el patio del colegio. La política era dura, pero conservaba algo de forma, de elegancia. Hoy, en cambio, una parte de la ultraderecha —y de la derecha más bronca— parece haber descubierto una fórmula más sencilla: si el argumento es complicado, incluso cuando no es cierto, siempre queda la opción de gritar más fuerte.

Dos de los ejemplos más visibles de esta tendencia en la escena internacional son Javier Milei y Donald Trump. Ambos han perfeccionado un estilo político que podría definirse como “retórica de megáfono”: volumen alto, insulto rápido y una relación más bien distante con el matiz, incluso acompañado de movimientos sincopados más propio de un problema neurológico que ideológico. En su universo discursivo, la elegancia parece un vicio sospechoso, casi una conspiración de profesores universitarios.

La estrategia tiene su lógica. Si uno convierte la política en espectáculo, la sutileza estorba. Los discursos complejos no se viralizan con la misma facilidad que un buen insulto. Un razonamiento matizado requiere atención; un exabrupto cabe perfectamente en un titular o en un clip de diez segundos. En la economía actual de la atención, el grito cotiza mejor que el argumento y se vende mejor.

España, por supuesto, no vive en una burbuja. También aquí la política ha ido adoptando, poco a poco, ese tono de tertulia permanente donde la indignación pesa más que la explicación. Figuras como Santiago Abascal han hecho del enfrentamiento directo y de la simplificación un estilo reconocible. Pero el fenómeno no se limita a un solo partido: basta escuchar a portavoces como Miguel Tellado o seguir las intervenciones de Isabel Díaz Ayuso para comprobar hasta qué punto el tono político se ha vuelto más áspero, más acelerado y, en ocasiones, bastante menos cuidadoso con las palabras.

El resultado es una especie de minimalismo cultural: vocabulario reducido, ideas simplificadas y una gesticulación permanente que sustituye al razonamiento. No hace falta conocer demasiado la historia, la economía o la filosofía política si se puede resolver todo con un enemigo bien caricaturizado. El adversario ya no es alguien con quien se discrepa, sino un personaje de opereta al que conviene ridiculizar, aunque lo que se diga de él no responda a la verdad.

Para sus seguidores, este estilo representa autenticidad. La grosería se interpreta como sinceridad; la falta de filtros, como valentía. El político educado, en cambio, pasa a ser sospechoso de tecnocracia, elitismo o, peor aún, de haber leído demasiados libros.

El problema es que la política democrática depende bastante del lenguaje. No solo de lo que se dice, sino de cómo se dice. Cuando el vocabulario se empobrece y el insulto se vuelve rutina, el espacio público se vuelve más tosco. La discusión se simplifica hasta el punto de que casi cualquier problema parece tener la misma solución: culpar a alguien y subir el volumen.

La elegancia política nunca ha sido garantía de buen gobierno, desde luego. Pero su ausencia sistemática sí suele ser señal de algo: cuando convencer resulta difícil, siempre queda la opción de hacer ruido. Y en la política contemporánea, el ruido —por desgracia— tiene cada vez más seguidores, aunque esté hueco y por ello retumbe más.

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Archivo Entreletras

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