enero de 2026

PASABA POR AQUÍ / Síntomas de decadencia

Detalle de la tumba de Urraca López de Haro, cuarta abadesa de la Abadía de Cañas (La Rioja). Talla de Ruy Martínez de Bureba (1272)

Todos saben que síntoma es aquello que revela o indica alguna enfermedad o algo que está sucediendo o puede suceder. Estar atentos a los síntomas puede ayudarnos a evitar lo indeseable o, al menos, a estar prevenidos ante lo que pudiera suceder.

Nuestro tiempo está repleto de estos avisos y sería bueno no despreciarlos. No hablo de los grandes temas sino de los síntomas menudos que parecen poco relevantes, pero que, a mi modo de ver, nos avisan de que la decadencia está entre nosotros y que vamos a marchas forzadas hacia cambios radicales no siempre de mejora y sí de apariencia, de vulgaridad, de aislamiento humano y de sociedad ramplona y descerebrada.

Ahora mismo, se está produciendo un fenómeno, aparentemente simple, que ya señalaba en el siglo XVIII Cristóbal del Hoyo-Solórzano: la proliferación de peluquerías. Escribió, hablando de Madrid, que había «más peluqueros que cabezas españolas». Proliferan hoy en la Villa y Corte, y en otros lugares de nuestro país, las peluquerías y escasean las librerías, lo que sin duda es síntoma de la decadencia que lleva a cuidar más las cabezas por fuera que por dentro.

Otro síntoma llamativo es la inmensa cantidad de series en televisión y plataformas de vídeo. Este aumento de los capítulos continuados contra las películas convencionales, denota cierta inclinación a la dependencia; algo así como una drogadicción que es por lo menos socialmente sospechosa.

Está también la inmensa cantidad de ciudadanos metidos en los juegos de consolas, ordenadores y otras pantallas que ha llevado a la industria del videojuego a superar a casi todas las demás. Tiene esto, sin duda, su punto de drogadicción, de ansia de escapar de la realidad, de alcanzar protagonismo virtual cuando falta en la vida real.

Añadamos el uso del teléfono como elemento inseparable de la persona, como adminículo omnipresente que, aun siendo útil, ensimisma al usuario en chácharas frecuentemente vacías, insustanciales y lejanas separándolo de las próximas, personales y reflexivas, convirtiéndolo en un adicto insocial muchas veces. Aún más cuando ya ni siquiera se charla sino que se conversa escribiendo mensajes, casi siempre mal escritos, con lo que la buena costumbre de la conversación se está echando a perder.

Otro síntoma llamativo es el aumento de las tiendas llamadas «de chinos» que llegan a todos los rincones con infinidad de productos de bajo coste. Estos bazares de baratillo, surgen de la necesidad y el poco poder adquisitivo de la mayoría, pero son, tampoco cabe duda, muestra palpable de la decadencia de los tiempos que prefieren lo barato y dudoso a la calidad más contrastada. Entre estos comercios, sin duda útiles, y los grandes almacenes, también con su interés, más las compras por Internet, a veces también ineludibles, las pequeñas tiendas tradicionales se están yendo literalmente al carajo.

También entrarían en los síntomas decadentes, la obsolescencia programada; los establecimientos continuos de rebajas tan llenos de engaño; la negativa a leer algo más largo que un twit o un mensaje de poca palabras, aunque sea una simpleza; la moda de los tatuajes que nos remontan a las costumbres tribales primitivas, el incremento insospechado de la cirugía plástica, la velocidad a la que cambian las modas, la escasa preparación de los políticos y el aumento de la demagogia en todos ellos, el crecimiento grave de las tendencias de ultraderecha, reaccionarias e inmovilistas; el turismo adocenado frente al viaje en su sentido más intenso, el cuidado obsesivo del cuerpo, que no estaría mal si no se alejase de la atención al intelecto que anda muy descuidado; el nacionalismo barriobajero y excluyente, la invasión de la llamada telerrealidad o reality show, o como quieran llamarla, con millones de personas absortas en la vulgaridad y las imágenes basura.

Más allá de los aspectos menudos están los grandes, como en el caso de la intolerancia que lleva a tantos a caer en brazos de grupos políticos, religiosos o sociales cada vez más excluyentes, gracias tal vez a cierto fracaso de los sistemas tradicionales.

Todo está repleto de síntomas, y si no prestamos atención, la decadencia absoluta nos cambiará de forma impredecible y me temo que tendremos garantizado un oxímoron morrocotudo: el de una luminosa oscuridad medieval (en el caso de que la Edad media fuese tan oscura, que me da a mí que no).

Alguien me ha dicho que cuando se es mayor se ven peor las cosas porque tu tiempo ha pasado. Pues no sé. Mayor sí soy, pero mi tiempo sigue siendo este y las cosas que veo y comento puede verlas y comentarlas cualquiera, aunque sea más joven, con solo fijarse un poco.

No quisiera ser agorero, pero todos los días, cuando me levanto, me acuerdo de la caída del imperio romano y no es por casualidad.

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Archivo Entreletras

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