julio de 2024 - VIII Año

¿Qué es la democracia? (no respondan rápidamente…)

Ilustración de Eugenio Rivera

Alguien preguntado acerca de ¿qué es la democracia? dijo que era “el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás”.

Otro contestó que es “la transposición de lo cuantitativo a lo cualitativo: que lo que quieren los más se convierta en lo mejor”. Y aún otro más sentenció: “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo.”

Pues bien, renovemos la pregunta ya que ninguna de las respuestas tomada como única y valedera cierra la cuestión. Toda respuesta terminante acabaría por dañar una pregunta que como otras: ¿qué es el hombre?, ¿qué es el amor?, ¿qué quiere una mujer? valen como motor que las mantenga incerradas y que cada respuesta  valga por lo que resuena en sus cauces: el responso, la responsabilidad de desplegar y justificar el campo que posibilita, a veces inexplorado y otras tantas, ni siquiera sospechado.

Renovar esa pregunta sería una saludable costumbre mañanera, quiero decir de cada una de nuestras mañanas, ya que nos concierne, nos atañe, tanto o más que la montaña rusa de las bolsas, la renta per cápita, el mal humor de nuestra novia al despertar, el cambio climático o climatérico, el IPC o sorprender a nuestro hijo adolescente fumándose un porro.

No digo que todo esto no sea importante, pero si opino que creer que la democracia es el derecho o la obligación (según el país) de votar cada cuatro años es una ingenuidad propia de niños malcriados y demandantes, que es lo que los Estados actuales pretenden —y muchas veces consiguen— que seamos.

Se trata de una pregunta imposible de ser reducida al terreno político. También es improbable comprenderla en una teoría del estado o del estado de la socialidad actual. No cabe en una concepción de las instituciones o de las acciones humanas y resta ignorada cuando se la atribuye a un comportamiento determinado. Es una cuestión ni antigua ni moderna ya que de modo único e inigualable, en la gestación de la democracia ateniense se da el punto de partida histórico y conceptual de todo tipo de asociación humana, de toda grupalidad.

Al pensar lo impensado de la democracia más clásica de la que tenemos noticia vemos que sus creaciones más singulares han desaparecido o están apenas insinuadas en las democracias actuales. O están ausentes de tan mencionadas y tan poco ejercidas. Además los griegos no tenían una palabra para nombrar al estado.

Por eso “kratos”, componente básico de la “demos” —y ambos de la demo-cracia— no significa ni “gobierno” ni “estado”, sino “pura fuerza”. De ahí que la democracia no fuera, en absoluto, una “cuestión de estado”.

Entonces ¿de qué? Y ¿de quiénes? Y por esta rendija se cuela lo siguiente: La democracia griega y la relevancia de la “pura fuerza” (el “kratos” ajeno a cualquier idea de violencia o de imposición forzosa) eran la muestra singular de un acto históricamente inédito: o sea, la democracia y sus distintas formas de socialidad existían a medida que se las producía.

No era una “leyenda” o un “relato” sujeto a un punto de vista narrativo, sino la “pura fuerza” de la diaria producción como práctica de consolidación. Y ¿de quiénes? De aquellos que la creaban simultáneamente con su funcionamiento. Por eso la democracia no era una cuestión de “expertos” ni de “representantes” sino que era una profunda crítica de la equívoca noción de “representación”.

Y aquí vuelvo a tantas plazas en ciudades de todo el mundo donde veo el cartel que reza: “no nos representan” y pienso que tienen razón, pero que se equivocarían si con la fuerza de la indignación sólo buscaran quiénes los (nos) representarían mejor. Más bien me inclino a pensar que sería muy provechoso detenerse a profundizar en la crítica de los mecanismos por los cuales la mencionada y equívoca noción de representación ha suplantado, ha usurpado el lugar de la producción de socialidad que está en la base de la democracia, que es su germen y su mayor riqueza.

Nuestros “representantes” se llenan la boca a cada rato con palabras como “libertad”, “democracia” mientras ejercen la primera y degradan la segunda, mientras nos van robando su auténtico sentido a cambio de permitirnos graciosamente meter un papelito en una urna cada cuatro años.

Todo esto, aún siendo ya muy grave, encubre otra consecuencia nefasta: a partir del escrutinio de esos papelitos en todas las urnas y de los acuerdos y pactos posteriores, se forma gobierno y al día siguiente comienza una campaña electoral que durará lo que dure la legislatura, convirtiendo lo que pomposamente llamamos «la sede de la soberanía» en lo que Sabina adelantó; «la cofradía del santo reproche». Es decir, no solo tenemos garantizada una gran ineficacia en la gestión de gobierno y de oposición durante cuatro años ya que los partidos se ocuparán de mejorar los resultados de las pasadas elecciones, sino que además se toman la libertad -una más- de vociferar esta soporífera campaña en un edificio público en el que distinguidos y muy bien pagados representantes representan a sus partidos y olvidan al pueblo que es para lo que fueron elegidos.

Leo en un periódico un chiste brutal que no me resisto a compartir con ustedes. Un periodista en Berlín, micrófono en mano, dice ante las cámaras: “aquí estamos, en Alemania, cuna de la democracia”, cuando uno del público lo interrumpe: “perdón, ¿ese título no era de Grecia?». Y el periodista responde: “era, pero lo tuvieron que vender”.

¿No será que el hundimiento de la democracia, a fuerza de nombrarla tantas veces y con tanta frivolidad, ha llegado al feroz extremo de hundir su cuna?

¿No será que tras las innumerables tiendas de ropa low cost y de los vuelos también low cost, nos han colado una low democracy?

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Escrito por

Archivo Entreletras

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