El pasado día 12 de enero se ha cumplido el medio siglo del fallecimiento de la escritora británica Agatha Christie, que tantas satisfacciones nos ha regalado a muchos con la lectura de sus novelas.
Quien haya seguido mi trayectoria literaria me habrá oído decir que Ella, Agatha, es una de mis inspiraciones literarias. La primera novela que leí de su autoría, con apenas catorce años durante una convalecencia de una gripe, Matar es fácil, me abrió un mundo sorprendente de historias en el que pasaban cosas que al final nada tenían que ver con lo que al principio se sospechaba.
Agatha vivió en un mundo que había sufrido dos guerras mundiales pero que todavía creía en el orden, y quizá por eso pasó su vida literaria interrogándolo y buscando respuestas. En sus novelas, el crimen no es una explosión romántica, sino una grieta íntima: una taza de té envenenada, un reloj que se detiene a la hora equivocada, una palabra dicha con exceso de cuidado. Christie entendió que el mal no siempre grita; a menudo se sienta a la mesa y sonríe; que los asesinos no son gente mal encarada, de baja extracción social siempre, sino que, en la mayoría de las veces, es la ambición o el desengaño el origen de todos los crímenes, sin categoría de edad u origen.
Son muchos los títulos de esta escritora que los amantes de la novela de misterio recordamos, algunos llevados al cine o al teatro: Asesinato en el Orient Express, Diez negritos, La ratonera… Pero fue sin duda con El asesinato de Roger Ackroyd con el que la escritora británica dio una vuelta de tuerca a la narrativa de crímenes. No me gustaría hacer, como se dice ahora, un spoiler, por lo que no voy a descubrir en qué se basa mi afirmación, pero recomiendo encarecidamente su lectura y así sabrán a lo que me refiero.
No obstante, si tuviera que recomendar ahora mismo uno de sus títulos sería, quizá de los menos conocidos, La venganza de Nofret, cuya historia tiene lugar en el Antiguo Egipto, aunando de esta manera el misterio a un contexto histórico que la escritora retrata de una manera magistral, algo que no nos debe extrañar, pues su segundo marido era arqueólogo. Sobre esto último la genial autora tiene una cita llena de ingenio y humor inteligente: «Cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará».
Otro de los grandes logros de esta autora es la creación de dos personajes protagonistas de incontables novelas y que encarnan su doble visión del mundo. Hércules Poirot, extranjero meticuloso, confía en el poder casi moral de la razón, junto con su inseparable capitán Hasting, un tándem del calibre del Holmes y Watson; Miss Marple, anciana en apariencia frágil, conoce la naturaleza humana porque ha vivido lo suficiente como para no idealizarla. Entre ambos, Christie trazó un mapa completo de la condición humana: vanidad, codicia, miedo, amor, resentimiento. Nadie es del todo inocente, pero casi todos actuamos con un móvil más o menos comprensible.
En su prosa, clara y sin alardes, cada frase cumple una función; cada pista, incluso la más trivial, tiene un porqué. Sabemos que al leer una obra de Agatha somos conscientes de que seremos engañados, pero solo lo necesario para ir construyendo la trama. Al final, cuando la verdad se revela, la sorpresa no humilla, sino que ilumina. Todo estaba allí desde el principio. Incluso las pistas, a veces obvias, hacen que los lectores podamos descubrir la resolución al mismo tiempo que el investigador. En otra cita nos dice: «La mejor receta para la novela policiaca: el detective no debe saber nunca más que el lector».
Algo también importante de señalar es que, además del misterio que centra su obra, también nos muestra un retrato social: el declive de la aristocracia, la rigidez de las convenciones, el choque entre tradición y modernidad. Y, en silencio, también es el testimonio de una mujer que escribió sin pedir permiso, que trabajó con disciplina férrea y que convirtió el entretenimiento en arte.
Cincuenta años después de su muerte, Agatha Christie sigue viva porque entendió algo esencial: las historias perduran no solo por lo que cuentan, sino por lo que revelan de nosotros mismos, de nuestro entorno, de nuestra sociedad, aunque aparezcan disfrazadas de misterio.












