octubre 2020 - IV Año

LETRAS

Duque de Rivas: liberal, dramaturgo y presidente del Ateneo de Madrid

… soberbia como el desnudo sin árboles,
violenta como la luna enrojecida
 y ardiente como el río que un volcán evapora
'Mundo a solas', Vicente Aleixandre

rivas 1Al cumplirse el bicentenario de la creación del Ateneo de Madrid, una reflexión al respecto es obligada. Ha sido la Institución cultural y de debate cívico, filosófico, científico y político clave e imprescindible en la historia de nuestro país durante los siglos XIX y XX.

Ateneístas han sido científicos, artistas de diversas disciplinas, hombres de letras, políticos, periodistas y humanistas de mayor relieve. Me propongo hablar hoy de Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, Duque de Rivas (1791-1865), al que sólo se recuerda por ser el autor de la tragedia romántica ‘Don Álvaro o la fuerza del sino’, que algunos críticos, con una ‘chispa’ de buen humor e ironía la rebautizaron como don Álvaro o la fortuna de un título.

El Duque de Rivas, cuando regresó de un largo exilio a la muerte del rey felón, es decir, Fernando VII, estuvo entre los refundadores o los que volvieron a dar vida al primitivo Ateneo de 1820, que como ha ocurrido en otras ocasiones, logró renacer de sus cenizas. Presidió la Junta de Gobierno que se constituyó en 1835 hasta 1837.

En la Docta Casa está presente en uno de los retratos ubicados en el emblemático salón de actos. Fue inequívocamente liberal y masón. Liberalismo y masonería han dejado su impronta a lo largo de décadas en el Ateneo.

Para quienes sientan curiosidad, comentaré que fue elegido Presidente por 52 votos contra los 23 que obtuvo el jurista, político liberal y autor del prefacio de la Constitución de 1812 ‘la Pepa’, Agustín de Argüelles.

Persona de exquisitos modales, educado, afable y respetuoso logró concitar en torno suyo, afectos y amistades duraderas. Representaba los valores republicanos y era profundamente contrario a los insultos, descalificaciones, groserías y ‘pateos’. Prueba de su prestigio y de su preparación es que también fue nombrado Presidente de la Academia de San Fernando, Director de la Real Academia de la Lengua (RAE) y académico de la Real Academia de la Historia.

Voy a tratar de componer una semblanza de este atractivo liberal, cuya vida y obra son tan representativas de lo mejor del siglo XIX. Hay que añadir a cuánto hemos dicho que fue un excelente poeta e historiador.

Supo rodearse toda su vida de buenos amigos y profesó convicciones liberales primero, un tanto exacerbadas y radicales y, más tarde, más atemperadas y tranquilas.

Mantuvo una amistad solida y duradera con Antonio Alcalá Galiano que, probablemente, fue quien le influyó decisivamente para adherirse a las ideas progresistas.

Apoyó la sublevación de Riego en Cabezas de San Juan y cuando años más tarde, Fernando VII traicionando a cuánto se había comprometido, solicitó la intervención de los Cien mil Hijos de San Luis, se exilio a Gran Bretaña, tuvo la ocasión de conocer París… y de residir en Italia. Se sintió muy atraído por la cultura, el teatro y la historia del país alpino, que por aquel entonces era un mosaico de Estados… y allí vivió años fructíferos, tranquilos y apacibles.

Una prueba de esto, son sus obras ‘Sublevación de Nápoles capitaneada por Masanielo’, e ‘Historia del Reino de las dos Sicilias’, ambas prologadas por Enrique Ruiz de la Serna y con un apéndice de Antonio Alcalá Galiano.

Vsinoivaz e inquieto como era, detectó claros síntomas del ‘Risorgimento’, que tenía por principal objetivo lograr la unificación del país. Tuvo, asimismo, la ocasión de ponerse en contacto con las obras –especialmente las dramáticas- y el pensamiento de Vittorio Alfieri, cuyas tragedias contribuyó a divulgar en nuestro país y que tuvo presentes a la hora de componer algunas de sus obras de ambientación histórica como ‘Lanuza’ o ‘El Duque de Aquitania‘.

Quiero mencionar que durante su largo exilio de once años, se casó por poderes con Encarnación del Cueto, hermana del Marqués de Valmar. Tras varias vicisitudes, fueron a parar a Malta, donde se encontraron con una hospitalaria acogida y excelentes amigos como John Hookham Frere, que había desempeñado el cargo de Embajador del Reino Unido en España y un excelente conocedor de nuestra literatura. Tanto es así que podemos considerarlo, como un auténtico prehispanista.

Fueron días de conversaciones e intercambio de opiniones sobre literatura, historia y modos de vida de Gran Bretaña y España, que le resultaron muy fructíferos y que ampliaron su ya de por sí vasta cultura.

Otro rasgo de su carácter fue la fidelidad a la palabra dada, la coherencia y la firmeza de sus convicciones liberales. Asimismo, disfrutó de años de paz, sosiego y bienestar en Nápoles, ciudad a la que adoraba. Se encontraba muy a gusto en la antigua Neápolis y en la Corte de Fernando II, más cuando el monarca tuvo el disparatado proyecto de casar a la Infanta Carolina con el pretendiente carlista al trono de España, Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano que desempeñaba un cargo diplomático, por coherencia y fidelidad, en 1850 abandonó el Reino mostrando así su rechazo a este pretendido enlace con el representante de la derecha ultramontana carlista.

Coloquemos ahora el foco de atención en el Duque de Rivas como escritor. A lo largo de su existencia, España y Europa se vieron sometidas a fuertes sacudidas presididas por convulsiones y por el empleo de elementos coercitivos nada sutiles. Sin embargo, aristócrata liberal y hábil diplomático supo manejar sus herramientas dialécticas con mesura y acierto.

Tuvo una sólida formación neo clásica. Estudió con detenimiento y en profundidad los romances y las leyendas históricas, por cierto, reivindicó con contundencia ‘el Romance’ que atravesaba una fase de descredito y se asimilaba a la sub-literatura y a los romances de ciego.

Obras como ‘El moro expósito’ donde ‘bucea’ en la Leyenda de los siete infantes de Lara, es suficientemente representativa a este respecto del interés recurrente que sintió por estos temas. El Duque de Rivas obtuvo un gran éxito con ‘don Álvaro o la fuerza del sino’ tanto es así, que se suele comparar con el que Víctor Hugo alcanzó con ‘Hernani’ y que puede considerarse como el momento en que triunfó el drama romántico en la escena francesa.

El estreno de ‘don Álvaro’ en el teatro de El Príncipe de Madrid, (22 de marzo de 1835), tuvo como protagonista al excelente actor Julián Romea, acompañado de Concepción Rodríguez y Rita Luna. Sería interesante hablar de las reposiciones de esta obra, por ejemplo, Rafael Calvo la protagonizó durante la Restauración y, en una época posterior, el hijo de éste, Ricardo Calvo en el Teatro Cervantes, acompañado por la actriz Matilde Moreno. Es interesante señalar que se mantuvo en cartel por espacio de dos meses, es decir, constituyó todo un éxito para aquellos años.

rivas3El Duque de Rivas tuvo una formación neo clásica, pero una sensibilidad que rompía con los moldes de una visión racionalista y que ejemplificaba el valor del sentimiento, la búsqueda de imposibles, los designios del ‘fatum’ y la más que frecuente ubicación en el Medievo. Por otra parte, el sentimiento religioso no está presente e incluso se escenifican provocaciones como el suicidio de don Álvaro, arrojándose por el acantilado.

Es una curiosidad, que no me resisto a pasar por alto, que una primera versión escrita en francés fue destruida, siendo Alcalá Galiano el que lo convenció para reescribirla. Al parecer, el Duque de Rivas tardó sólo quince días en realizar esta nueva versión, que es la que ha llegado hasta nosotros.

Se respiraba un ambiente que constituía un auténtico caldo de cultivo para que la estética romántica teatral aflorara y más tarde triunfara. Como apareció reseñado en la revista ‘La abeja’, la obra tuvo el sorprendente efecto, en la España de su tiempo, de ‘acaparar’ todas las tertulias y las opiniones de los mentideros, haciendo olvidar momentáneamente, las cuestiones políticas de actualidad.

Hoy, las tragedias románticas huelen a naftalina. Eruditos como Menéndez Pelayo van excesivamente lejos en sus alabanzas, llegando a comparar el ‘don Álvaro’ con Schiller o con el mismo Shakespeare. Entre quienes lo analizan con más ecuanimidad, está Azorín que en su ‘Rivas y Larra’ lo critica, pero tras criticarlo, reconoce en él una cierta grandeza.

Creo que es útil señalar, que la frecuencia de las adversidades que padecen los protagonistas, el destino que maneja con sus hilos la vida de los seres humanos arrastrándolos, como el viento mueve las hojas secas, el pesimismo existencial y el azar expresan en cierta forma, una rebeldía contra tantos dramas que no logran sacudirse una mayor o menor ‘dependencia teológica’

Puede afirmarse que en ‘don Álvaro’ y otras tragedias románticas, el destino sustituye a Dios. El hombre se encuentra arrojado y desamparado en ‘la prisión de la existencia’ por eso, precisamente por eso, arrojarse al abismo es toda una prueba de rebeldía.

En una semblanza como ésta, son muchos los aspectos que no es posible abordar. A vuela pluma, enunciaré y dedicaré unas líneas a varios de ellos. Fue Alcalde de Madrid, lo que es una distinción inequívoca, así como Ministro de Marina y Presidente del Consejo de Estado.

Señalaré a este respecto que mientras que como político pasó prácticamente desapercibido como diplomático y embajador, desempeñó varias misiones delicadas con inteligencia y habilidad.

Hace apenas unos días, el 21 de junio, terminó oficialmente el confinamiento y aunque con las debidas precauciones, iniciamos la andadura de lo que se ha dado en llamar ‘nueva normalidad’. Las pandemias no son nuevas. Cada momento histórico padece la suya, que golpea con fuerza… siempre a los más débiles y vulnerables.

El Duque de Rivas que había nacido en Córdoba, se trasladó a Madrid con toda su familia, siendo un niño, al verse azotada Andalucía por la denominada ‘fiebre amarilla’ o ‘vomito negro’ como también se le conocía. En la primera mitad del XIX tuvo en Europa efectos devastadores. Al parecer, esta enfermedad fue transmitida por las tripulaciones de los barcos que procedían de los países del Caribe y tenía su origen en la picadura de un mosquito. Cádiz y Sevilla, como puertos que eran, fueron las primeras afectadas.

rivas 2Como hemos sabido gracias al testimonio del Doctor Aréjula, que lo vivió en primera línea, causó estragos en toda Andalucía, con el agravante de que los que ‘huían’ propagaban radialmente la enfermedad. Si se sabe enjuiciar con serenidad, no somos tan distintos a como éramos… y tropezamos una y mil veces en la misma piedra.

Sólo mencionaré que también practicó el género de la comedia con obras como ‘Tanto vales cuanto tienes’ y con otras de carácter costumbrista entre las que destaca, a mi juicio, ‘El parador de Bailén’ (1844).

Me parece interesante de igual forma su manera de entender la relación de los ‘representantes con los representados’ que considero moderna y propia de un liberalismo en el que se puede advertir la influencia británica.

Sintió una auténtica fascinación por las formas de vida, por las tradiciones, por diversos momentos de nuestro pasado y sus formas de expresión literaria; quizás de ahí provengan muchos de los argumentos de sus tragedias y de sus romances históricos.

El amor a la libertad es más que un ideal político es, también, un fuerte impulso ético. Tal vez por eso, quienes recurrían a las teorías de la conspiración, que por cierto, son todo menos nuevas, le asqueaban. Digámoslo claramente. El Duque de Rivas fue más lo que se entendió por un intelectual en el siglo XX, que un político enredado en disputas de camarillas, en atajos ventajistas para llegar al poder y un hombre de palabra y firmes convicciones que despreciaba la delación, las zancadillas, el oportunismo y la corrupción. Especialmente lo que más tarde se dio en llamar ‘el fuego amigo’

Me llama la atención que huyó permanentemente, de las ‘certezas inamovibles’. Sus lecturas de pensadores ilustrados y su conocimiento de filósofos como David Hume nos lo presentan como un hombre dúctil, pragmático y moderado con ciertos ribetes de relativismo y muy alejado de todo fanatismo y fundamentalismo.

Tampoco gustaba de recurrir a aparentes soluciones simplistas y estereotipadas que resultaban, para los menos exigentes, aceptables y consoladoras pero que él rechazaba por zafias.

Le gustaba meditar al pie de los castaños. Para él la naturaleza era una fuente de inspiración y tenía, respecto al paisaje, una visión decididamente romántica. Supo ser a un tiempo discreto, elegante y comprometido con un ansia de cosmopolitismo y fraternidad universal que se manifestaba en un liberalismo político exigente.

Otra faceta reseñable y, a la vez, poco o nada conocida es la de militar. Al ser el segundo hijo de una familia noble estaba destinado a la vida castrense. Entre el cúmulo de acontecimientos que vivió, me gustaría aludir a que participó en la Guerra de la Independencia y que el General Castaños le nombró Capitán de Caballería Ligera. Otro hecho que merecería más espacio, es que sentía simpatía por los ideales de la Revolución Francesa, es decir, de la Ilustración pero que no dudó, al igual que otros, en oponerse a las tropas bonapartistas con el mismo entusiasmo con que defendería años más tarde ideales de libertad y fraternidad y se opondría al absolutismo.

Muchos son los eruditos, críticos e historiadores que se han ocupado del Duque de Rivas. Voy a atreverme, lo que quizás constituya una temeridad, a citar sólo a uno: Salvador García Castañeda, Profesor emérito de la Universidad de Ohio, autor de una biografía que podría definirse como abierta y donde caben, insertadas en una espina dorsal, los distintos enfoques y aspectos que deben resaltarse de su existencia y, desde mi criterio, interpretarse en una clave cosmopolita y propia de un liberalismo político decimonónico.

Son muchos los ángulos y perspectivas desde los que abordar una figura tan poliédrica. Después de darle muchas vueltas, he optado por presentar los distintos enfoques desde los que puede y debe interpretarse su figura y dejar que el lector, extraiga las conclusiones que considere más pertinentes, apoyándose, si lo estimas oportuno, en una extensa bibliografía.

Finalizo dando a este ensayo un carácter circular. El ‘centro clave’ de la creación literaria, de la filosofía, de las artes, de la ciencia y de la política fue durante todo el siglo XIX, el Ateneo de Madrid. Un buen ejemplo de ello lo constituye Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano uno de sus primeros Presidentes, tras recuperarse las libertades abolidas por el sanguinario, absolutista, fanático y, sobre todo, inculto y supersticioso Fernando VII.

 

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