abril de 2024 - VIII Año

Ramón Gómez de la Serna, más allá de las greguerías (y III)

Queda mucho por indagar sobre ramón… Quizás porque es escurridizo e inclasificable

El amor a primera vista no necesita gafas
Ramón Gómez de la Serna

Es preciso reconocer que no es nada fácil cogerle “el tranquillo”. Es más brillante que profundo. Esa es una de las razones por las que desconcierta a quienes se adentran, por primera vez, en sus páginas. Es intuitivo mas contradictorio. A título de ejemplo, a un vanguardista como él no le gustaba que lo comparasen con un filósofo, porque solía decir que no amaban la poesía… y es que su literatura rebosa “aliento poético”.

Muchas de sus  frases dan la impresión que son una “danza, ágil y estilizada, de palabras” con un ritmo acompasado y, a veces, musical.

Sus relojes no marcan la hora, sino el paso del tiempo y sus efectos. Le fascinan, asimismo, las calles tortuosas de las ciudades medievales y su instinto poético sabe sacar provecho de esos momentos en que la lluvia toca el piano.

Con más frecuencia de la que se ha dicho, da un salto acrobático, pasando de la “fe” a la “angustia”. En esos instantes es más metafísico que nunca. Tal vez por eso, no tiene fecha de caducidad. Para mí es y será siempre, “la conciencia de las vanguardias”.

Quizás el mejor Ramón aparece cuando menos se le espera. Cuando parece que se ha extraviado. En momentos como esos es capaz de afirmar que “si no hubiese luna, los ríos se equivocarían de camino”.

Hay que reconocer que la suya fue una familia muy peculiar. Corpus Barga era tío suyo y debe mucho a la paciencia y fantasía de Carolina Coronado.

En ciertos escritores hay ciudades que han ejercido una atracción formidable. No es posible explayarse, mas señalaré, singularmente, la fascinación que le causó París, desde el primer encuentro, cuando su padre le regala un viaje como premio por haber acabado el bachillerato. De ahí, proceden sus primeras impresiones sobre el Sena. Otras ciudades como Lisboa, Londres y sobre todo, Nápoles, están muchas veces presentes en sus recuerdos, divagaciones y sueños.

En varias ocasiones, con mayor o menor discreción, se ha señalado su relación un tanto tortuosa y enmarañada con Carmen de Burgos, “Colombine”. Entre ellos hubo intensidad, desgarro, pasión y libertad. Carmen de Burgos, protofeminista de la generación anterior a la República, merece una atención pormenorizada. Lo que no debe hacerse es reducir a “tópicos” ni ignorar lo que para uno y para otra supuso está relación. Hay recuerdos comunes muy significativos, vinculados a Lisboa y especialmente a Nápoles.

Ramón lleva su vanguardismo al título de diversas obras. Como ejemplo ahí está El doctor inverosímil, 1914. En las dieciocho novelas que escribió es donde su originalidad creativa y fragmentaria es más ostensible. En ellas hay no poco de surrealismo, más también, de cubismo y hasta de interpretaciones psicoanalíticas.

Quizá El incongruente sea la más vanguardista de todas. En Cinelandia – a la que ya nos hemos referido- deja bastante de lado las informaciones sobre Hollywood y se dedica con evidente acierto a fantasear sobre la Meca del cine, intuyendo alguna de las vicisitudes, peligros y grandezas que posteriormente, el paso del tiempo, se encargará de confirmar.

Otra novela crítica, original y casi esperpéntica es El caballero del hongo gris, donde con ironía, distanciamiento y un regusto de desprecio, satiriza el mundo financiero donde lo que no es mera apariencia es ostentación superflua y vana superficialidad. El hombre perdido, la califica como novela de la nebulosa.

Para él la ficción, la literatura son disfraces, confortables refugios y ocasiones privilegiadas para fingiendo que habla de otra cosa, hablar de sí mismo.

Desde su exilio voluntario bonaerense, echa de menos Madrid. La nostalgia es una de las columnas más firmes sobre la que levantar sus obras. No pretendo hacer una relación exhaustiva, terminaré, por tanto, enumerando  Las tres gracias, donde desde la distancia habla de ese pasado y de las cenizas de los recuerdos que están a punto de desdibujarse en la neblina con el paso del tiempo.

Otro aspecto en el que Ramón brilla con luz propia, son sus ensayos. Reléase, por ejemplo, su visión de lo cursi, recogida en Lo cursi y otros ensayos, (editorial sudamericana). Es revelador de su creatividad el partido que sabe extraer del fenómeno de lo cursi, cuyas ramificaciones “estirando los conceptos y los términos”… llegan hasta nuestros días.

Ramón es un mago asociando imágenes, invirtiendo la relación lógica que hay en los objetos y estableciendo libres asociaciones entre palabras que, probablemente nunca antes, nadie osó vincular. Me parece curioso y aleccionador, a un tiempo, que el propio Ramón señale como antecesores suyos a Luciano de Samosata,  Quevedo y hasta George Santayana. Es mucho lo que puede aprenderse de los clásicos y de los pensadores “que van por libre”.

La magia un tanto circense de Ramón, su creatividad y su capacidad para intuir otros mundos, se pone de manifiesto cuando afirma, ni jovial, ni serio, ni triste que “al dar a la llave de la luz, se despiertan las paredes”.

Con su melancolía metafísica es capaz de concebir “mundos” donde parece que la luz, se desangra en imágenes. El mejor Ramón, el que se atreve a levitar, es el que sueña con posarse en el lejano peñasco desde el que las águilas observan el paso del tiempo.

Ramón Gómez de la Serna, es mucho más que el autor de Las Greguerías.  En este ensayo, he querido explorar otros caminos, mas tiene no poco interés, dedicar en un futuro un ensayo a la conceptualización de la Greguería, a su vinculación con las vanguardias y a explorar, aunque sea someramente, ese mundo pirotécnico de imágenes, de luces… y de indiscutibles hallazgos poéticos.

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