abril de 2024 - VIII Año

Epistolario de Santiago Ramón y Cajal

Epistolario de Santiago Ramón y Cajal
Edición de Juan Fernández Santarén. La esfera de los libros
Fundación Larramendi, 2014

Juan Fernández Santarén, recientemente fallecido, fue un profesor titular de Biología Molecular en la Universidad Autónoma de Madrid dedicado a enseñar y estudiar Bioquímica, cargo que ejerció desde 1978. Se especializó en la estructura y composición de las proteínas. Su interés por el premio Nobel arrancó en la exposición sobre el centenario de Ramón y Cajal celebrada en la Universidad Complutense (2006) de la que fue comisario. Muy interesado en el maltratado legado de Ramón y Cajal, que sigue sin exponerse, su trabajo docente e investigador se ha visto complementado por su interés en la divulgación de la obra y en la figura de don Santiago Ramón y Cajal.

Entre los estudios llevados a cabo sobre su legado se encuentra el meritorio empeño en la recopilación y selección desde 2008, de muchos datos de su obra y singularmente de su Epistolario. De todos los registros documentales aportados en más de 1.400 páginas, destacan los contenidos clasificados sobre la correspondencia del Premio Nobel, singularmente de 1922 a 1934, en que fallece el insigne científico. En este trabajo se encuentra un prólogo donde se contabilizan los esfuerzos del autor y las penalidades sufridas para componer la obra, fruto de los percances que sufrieron los materiales que constituyen el legado de don Santiago.

Juan Fernández Santarén ha conseguido recuperar algo más de 3.500 cartas, pero tal y como indica en su obra su archivo debió de contener no menos de 12.000, la mayoría desaparecidas. Incluso de las encontradas dos terceras partes las ha encontrado el autor registradas en la Biblioteca Nacional, y el resto entre los fondos del Instituto Ramón y Cajal, lugar donde están depositados los materiales que aún quedaban del legado del premio Nobel. En dicho empeño acabó dejando su vida, fruto de la prisa por completar el estudio y retirar las últimas huellas de Ramón y Cajal en su palacete de Alfonso XII. Un serio estrés complicado con la diabetes que sufría acabaron decidiendo su final.

Es triste observar el escaso interés demostrado por las autoridades de este país desde 1934, fecha de la muerte del maestro hasta la actualidad. Ni en dictadura ni en el período democrático se ha conseguido exponer su legado, tal y como actualmente se conserva, por cierto, bastante esquilmado. No ha habido un esfuerzo significativo de exponer dignamente todos sus componentes desde que en 1939 las autoridades franquistas entraron en el Instituto que dirigía el insigne científico y oscurecieron su obra y su legado.

Jose Luis Albareda, director y depositario inicial de su legado, miembro destacado del Opus Dei, fue el responsable de recibir sus materiales quedando éstos almacenados en lo que luego sería el CSIC, institución que sustituyó a las del periodo republicano. Apenas hizo que guardarlas en cajas y retirar todo a los ojos de los españoles. Mientras tanto sus discípulos y herederos del maestro, Jorge Francisco Tello y Fernando de Castro, que habían resistido en Madrid la guerra civil en el laboratorio de Atocha, eran sometidos a sendos procesos de depuración. Ambos, aunque salvaron sus vidas, perdieron sus nombramientos y responsabilidades en el proceso de represión que estableció el nuevo régimen político.

El abandono de ese patrimonio por muchos años ha venido acompañado de la reciente desaparición de la casa de don Santiago Ramón y Cajal en la calle Alfonso XII de Madrid. Su domicilio atesorado durante años ha sufrido hace muy poco tiempo la depredación inmobiliaria para convertirse en un Apartotel, quedando liquidado con ello una más de las huellas de la memoria del científico. El asunto de su liquidación acabó siguieron el curso de las desavenencias familiares para encontrar una salida al mismo, viéndose agravado por el nulo interés de las autoridades autonómicas para proteger dicho palacete sucumbiendo a la voracidad inmobiliaria de un empresario colombiano. En los últimos momentos de 2017, los restos existentes en la casa fueron a parar a la escombrera sita en la puerta. Tan solo unos pocos materiales se pudieron salvar gracias a personarse el autor de esta obra y algunos miembros del CSIC que intentando salvar “in extremis”, en poco más de unos días, todo aquello de cierto valor, no pudiendo impedir la desaparición del inmueble.

Muchos de los libros de su biblioteca aparecieron en el Rastro, donde un hábil anticuario se encontró con docenas de ejemplares. Atónito buscó el modo de adquirirlos para luego liquidarlos dentro de su catálogo de clientes y coleccionistas. En este caso, como en el caso de la casa del poeta Vicente Aleixandre, de la calle Velintonia, aún pendiente de recuperar para el público, dan una idea de las asignaturas pendientes en materia de cultura por conservar el patrimonio de nuestros mejores próceres. En cuanto a la labor de acopio, clasificación y selección de las cartas, Fernández Santarén hace un esfuerzo de delimitación de las mismas según los diferentes asuntos que movieron al científico a escribir y a intercambiar información, unas en el ámbito privado y otras en el científico. Todas constituyen no solo la prueba de las relaciones del científico con su entorno, sino un relevante vademecum histórico de incalculable valor.

En una primera parte después de los prólogos e introducciones hay un apartado dedicado a la escuela de Cajal, con el fin de que el lector conozca la enorme cantidad de discípulos e influencias que generó en su entorno. Este apartado es imprescindible para tener una noción de su trabajo. El lector necesita conocer el halo de influencia de la enorme escuela cajaliana que dejó como herencia. Fue lo mejor de su saber que se extendió más allá de nuestras fronteras y engrandeció el desarrollo de la histología, la fisiología, la neurología y neuropatología, la embriología e, incluso en la psiquiatría. En todos los saberes médicos, sus trabajos fueron ventanas sobre las que otros se asomaron para profundizar en el conocimiento. La lista es considerable, habiendo dejado una obra inmensa que todavía se cita hoy dentro de la anatomía e histología del sistema nervioso como un referente en todas las universidades del mundo. Sus tratados de histología, las técnicas de tinción del tejido nervioso, tanto de la morfología y estructura de las neuronas, como de los tipos de glía. Sus descripciones y dibujos siguen estando vigentes.

Hay que mencionar por otro lado, no solo su papel como padre de la Escuela Histológica española, sino como responsable desde la JAE en la formación científicos mediante la fórmula de pensionar sus salidas al extranjero para formarse y adquirir todo tipo de saberes en las diferentes universidades y centros de investigación del continente y de América. Su labor en la Junta de Ampliación de Estudios (1907), junto con Castillejo como secretario, fue capital para alcanzar la brillante etapa de acúmulo del saber del primer tercio del siglo XX. Dicha etapa se reconoce como la Era de Plata del saber en España. Su trabajo y dedicación detraída de su labor del laboratorio, permitió formar, no solo en el ámbito científico, a una pléyade de especialistas en muchas materias.

En otros de los apartados del texto, el autor clasifica la correspondencia por temas, agrupando en capítulos todos los destinatarios de su correo. Cartas cruzadas con científicos españoles y extranjeros, literatos y artístas, políticos y personalidades, Instituciones, periodistas y periódicos. Al final figuran algunos asuntos relacionados con los familiares junto con algunas misceláneas.

Nada es indiferente en la vida del sabio aragonés. Incluso en el caso de su muerte y de su entierro en octubre de 1934 en pleno gobierno del bienio negro republicano. Después de varios testamentos que el propio autor cambió, pidió ser enterrado fuera del cementerio católico y cerca de la tumba de Gumersindo de Azcárate, admirado político y pensador del siglo XIX. don Santiago siempre admiró su pensamiento y compromiso tanto por él, como por la Institución Libre de Enseñanza y la filosofía krausista que tanto inspiró su vida.

El entierro de don Santiago fue una demostración de masas. El público rodeó el féretro para llevarlo en andas desde su casa hasta el cementerio. Visto el tumulto, los responsables de orden público acabaron pidiendo que se pusiera el cuerpo en un furgón, siendo llevado al cementerio católico de Madrid sin más dilaciones. Fue enterrado, finalmente, al lado de su mujer, Silveria. En este lugar es donde descansan hoy sus restos.

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