enero de 2026

Federico Fellini, en su ciento seis aniversario de nacimiento

‘La dolce vita’, la obra maestra de Federico Fellini.

En la historia del cine, hemos tenido la oportunidad de presenciar muchas fiestas, porque en grandes películas han aparecido fiestas glamurosas, donde los protagonistas han dado rienda suelta a sus excesos, como en la película de James Ivory Fiesta salvaje (1975), que retrata una de aquellas bacanales del Hollywood de los años veinte, con Raquel Welch y James Coco, entre otros actores. Pero no hay que olvidar otro tipo de fiesta, la que dio título a una película de 1957 y dirigida por Henry King, basada en la novela de Ernest Hemingway, Fiesta, rodada en Pamplona por un elenco de actores de primera fila, Ava Gardner, Errol Flynn, Mel Ferrer, Tyrone Power. También hay que mencionar la fiesta en la playa de la inolvidable Picnic (1955) de Joshua Logan, con una pareja única: William Holden y la guapísima Kim Novak.

Pero si hay una película donde la fiesta es un espacio de goce para los personajes, donde la vida transcurre en continua ociosidad es, sin duda alguna, La dolce vita, la famosa película de Federico Fellini rodada, en la maravillosa Roma de los años 60. Una ciudad que cobra relevancia porque combina a la perfección su espíritu clásico y el mundo moderno.

La película consta de varios episodios, no muy relacionados entre sí, pero donde cobran relevancia los paparazzis que persiguen a las estrellas de cine. Fellini ya pone sobre la mesa un tema que cobrará luego un cariz opresivo: el de la persecución del famoso, la búsqueda y captura de la foto clandestina, aquella que pueda venderse a cualquier precio.

El actor fetiche de Fellini, Marcello Mastrioanni, se convierte aquí en el alter ego del director. El personaje que interviene como médium para relacionar las historias, un hombre despegado de todo, que pasea su apostura y su galantería por la pantalla como si fuese una estatua romana que cobrará vida. Un ser que vive su realidad como una máscara en el festival de imágenes que la película nos proporciona. Marcello (el mismo nombre tiene el personaje en la película) está en la cama con Emma cuando recibe la llamada de alguien que le hace ponerse en marcha, va a un lugar donde se encuentra con el cuerpo sin vida de un hombre, Steiner, (interpretado por Alain Cuny). También yacen los cuerpos de los niños. Al llegar la esposa del fallecido, los fotógrafos la acosan, en un espectáculo que ya nos adentra en la violación de la intimidad y que tanto sentido grotesco ha cobrado en nuestros días.

La importancia de las fiestas se hace fundamental en la película porque reflejan el mundo del ocio de esos seres decadentes que ya no representan más que el vacío existencial de una clase alta, sin esperanzas y sin futuro. La película nos remonta a la fiesta en casa de Steiner, donde vemos a Marcello y Emma, su novia, como seres que envidian la opulencia de esa vida, pero que intuyen que solo esconde el vacío existencial. La prueba está en la conversación de Steiner con Marcello donde aquél le confiesa a este último su decepción ante la vida, su hartazgo de la vida opulenta en la que vive, donde todo está previsto.

La fiesta es un claro retrato de un mundo mecanizado. Seres que han hecho de la rutina del ocio un modus vivendi. Es el momento de las escenas rápidas que enfocan a los rostros de los invitados, de la música estruendosa.

La segunda fiesta que da sentido a la película es la que celebra Sylvia (Anita Ekberg). En ella vemos el triunfo de la diosa, de la mujer que todo lo puede. Se celebra en un entorno cavernoso, poco iluminado. Marcello aparece también, como médium, el Caronte que lleva en su mirada la barca en este descenso a los infiernos de la ciudad de Roma y de sus habitantes privilegiados, distantes de la miseria de muchos barrios de la ciudad. Marcello quiere a Sylvia, se lo dice, le ofrece su entrega de amante. La considera todo, madre, amante, amiga, mientras ella ríe con el vacío en la mirada, porque solo es una estatua de sal, una figura exenta de vida, un cuerpo, hermoso, entregado al ocio para siempre. Al final de la escena, otro de los invitados, Frankie, baila con Sylvia, porque el baile exorciza los demonios del vacío y del aburrimiento en el que viven.

La tercera fiesta nos introduce en un ambiente aristocrático donde Marcello es invitado, de nuevo, por Nicole, una mujer snob e insufrible, que volverá a aparecer en su celebrada Otto e mezzo. Marcello vive esta fiesta como un descenso al mundo gótico, a los cuentos de Allan Poe. En la casa vemos retratos de mujeres de otro tiempo, todas iguales, bellas pero vacías. Maddalena (Anouk Aimee) introduce al galán en esas salas, para contemplar un mundo en decadencia, que nos recuerda (como un guiño de Fellini) las películas de Visconti.

La cuarta fiesta de la cinta nos presenta el ambiente opresivo de un mundo de ocio y desenfreno. Varios hombres conducen un coche y entran en la villa abriendo las puertas a la vez que el coche sigue marcando su velocidad en una clara analogía a la violación. Como si la presencia de aquellos tipos fuese la conciencia del vacío y de la nada en un ambiente que no debe ser profanado. Es, sin duda alguna, la fiesta más felliniana, porque expresa el esperpento de una sociedad en descomposición: hay travestis, prostitutas, actores. Es la fiesta de una divorciada que se desnuda, mientras los personajes, ya borrachos, van increpando para que siga el espectáculo.

Marcello se ríe de una joven provinciana, a la que obliga a ponerse a cuatro patas, la cabalga y la hace cacarear, en una demostración del exceso de estos personajes vacíos en su interior. La escena final de esta cuarta fiesta nos obliga a contemplar los hombres y mujeres que salen como muertos vivientes, como si nunca hubiesen existido, mientras Marcello (el barquero de esta historia esperpéntica) va arrojando plumas de un almohadón, a modo de confeti, como si lo hermoso de un enlace nupcial quedara en ese aroma a alcohol y a desprecio por la vida, a esa sensación de hallarse en un sendero fantasmagórico, muy bien rodado por Fellini, donde la presencia del nuevo día es la constatación de un mundo que se repite para siempre, que nunca va a cambiar.

Las mujeres en la película tienen una función catártica, porque, todas ellas, descubren sus máscaras. Maddalena (una mujer aristocrática y vacía) es la mujer que introduce al hombre sin rostro (Marcello) en otro tiempo. Sylvia es la mujer frívola, que se pasea como una diosa al salir de la Fontana de Trevi, en la famosa escena que todos recordamos. Emma, su novia, es la vida, la única luz que se puede ver de algo humano, porque respira y siente al lado de la efigie de su galán.

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