Derivas
Kate Zambreno
La Uña rota, 2025
316 páginas
Afirmar que Derivas es un libro de autoficción resultaría de lo más sencillo. El término se ha devaluado tanto que su alcance ha perdido toda solvencia. Sí sería más acertado o afinado, en todo caso, decir que Kate Zambreno ha escrito un libro “con autoficción”. ¿No es lo mismo?, se preguntarán ustedes. Definitivamente no. Porque en el texto de Zambreno se amalgaman diversos géneros o estilos. Es crónica, es diario, son notas en cuadernos, son fragmentos de correos con amigas. En este libro nos daremos de bruces con la multiplicidad narrativa.
Zambreno se dispersa, sí. Pero es que ese es el objetivo. Lo dice la autora: «Vi que por fin lograba leer y, con la lectura, escribir un poco, y mientras caminaba entre el fuego otoñal de los árboles de la colina que hay de camino al campus, permití que la mente divagara, escribiendo así de algún modo».
Tal dispersión es lo nutricio en el libro, una multiplicidad de caminos, de desvíos. La escritura es divagación, pérdida del horizonte. Añade la autora que «cuando me siento a escribir, empiezo a desviarme hacia otro pensamiento completamente distinto”.
La autora no engaña. Ya desde el título del libro (Drifts en el original inglés) nos da la clave para la interpretación, como una brújula desimantada, una brújula que nos perderá más que conducirnos por senderos seguros.
La polisemia de drifts es avasalladora. Significa, sí, derivas, pero también ir a la deriva, desvío, vagar, amontonar algo, derrapar con el vehículo. Entonces ¿a qué nos atenemos con Zambreno? Cuando leemos el libro, a todo. La autora vaga y divaga, se desvía hacia otros autores que ejercen la fuerza de atractores entrópicos. La autora amontona los asuntos: sus cuitas domésticas, sus problemas económicos, su dificultad para escribir. Y los vacíos. Dice la narradora: «Me queda más claro que la narración que me interesa trata más de los agujeros que de lo que está relleno”.
Por ahí cita a Camus que, a su vez cita a Marco Aurelio y afirma que «lo que impide que un libro se escriba se convierte en el propio libro”. No arriesgaremos a decir que Zambreno sufre el mal de la escritura, de los que han dejado de escribir o no pueden. Pasa rozando (¿derrapando?), eso sí, por esa curva cuando menciona a Walser y lo que de él escribió Enrique Vila-Matas en su Bartleby y compañía: «Walser quería ser un cero a la izquierda y la vanidad que amaba era una vanidad como la de Fernando Pessoa, que en cierta ocasión, al arrojar al suelo el papel de plata que envolvía una chocolatina, dijo que así, que, de aquella forma, había tirado él la vida». Y la autora, ahí, se pregunta si sufre ella misma «esa parálisis que describe, ese “síndrome de Bartleby».
La autora derrapa, se desvía y sigue. Sigue porque tiene donde agarrarse. Ese asidero —efecto que desmonta lo de la autoficción— es la multitud de autores de los que trata. Son asideros y son bifurcaciones en ese deambular. Por ahí se agarra a Rilke, a Walser, Wittgenstein, Joseph Cornell, Pessoa, Kafka a los que apela por su «fascinación por los solteros que tomaban notas». Sí, sabemos que Rilke estuvo casado, pero como si no.
«Los solteros que tomaban notas», qué ingeniosa Zambreno. Pero es que ella misma es una especie de no-soltera que no para de tomar notas. «Una de las notas que tomo esa primavera: “vaguedades”. Otra: “señales”».
Qué hace, si no, Zambreno que seguir señales y hacernos señales para que la sigamos sin rumbo. En esa construcción entrópica, de aparente (fingido) desorden, la autora —la narradora— ordena el caos, el sagrado caos y toma bifurcaciones sin razón aparente. Es que, como ha dicho Ernst Jünger «lo que el arte tiene son horizontes, no un horizonte», o María Negroni apunta que «si hay adónde ir, no hay escritura».
Lo que propone Kate Zambreno en su Derivas es más, como vamos viendo, que una simple autoficción. Es reinventar, a su modo, una narratividad manida, ordenada, ecléctica, lineal y transformarla en presente escritural. Y sí, amontona (otra acepción de drifts). Amontona autores: Virgina Woolf, Marguerite Duras, Barthes, David Markson, los dibujos de Durero. Todos ellos (ellas) son como boyas que el lector va encontrando en ese ir a la deriva. A ellos se agarra el lector y respira, toma impulso y se deja arrastrar por la corriente.
Y amontona, acopia, conexiones. Como esos paseos por Grand Central que la hacen recordar los paseos de Sebald en su libro Vértigo. O la crónica de las vicisitudes de Rilke que hacen a la autora afiliarse al poeta austriaco desde principio a fin del libro.
«Derivas es mi fantasía de escribir unas memorias sobre la nada. Deseo vaciarme de lo personal. No delatarme», dice la autora en mensaje a su amiga Anna.
En fin, ¿qué es Derivas? Quizá la mejor definición la da la autora en uno de los epígrafes, citando una nota de Twitter de su amiga Sofia Samatar: «una obra que se intuye inacabada, escasa, relatos sobre la indisposición y la enfermedad, libros que te revuelven, diarios, susurros y notas».
Así es.












