febrero de 2026

LAS CARTAS DE ELIBERIA / Isabel Oyarzábal Smith (1878-1974)

Querida Isabel:

Se notaban los diez años de diferencia que nos llevábamos; casi tuviste que ayudarme a subir al tren. A tu hermana Ana y a tu amiga Raimunda Avecilla, que nos acompañaban, no les gustaba la fachada de la estación, que era conocida como «la de Córdoba». Aquella combinación arquitectónica no les resultaba ni clásica ni moderna, pero eso sí: la cristalera que cubría los andenes era realmente útil; debajo no necesitábamos paraguas. La había inaugurado la reina Isabel II.

Cuando María Tubau consideró que ya estabas preparada para dar el salto, yo saqué cuatro billetes de primera clase con un destino: Madrid. Aquel viaje cambiaría tu vida. Llevabas abrigo rojo, zapatos de tacón alto negros, vestido a juego, sombrero malagueño de fieltro negro, copa baja y ala ancha, y el recuerdo de tu hermana Molly.

El abrigo de tu hermana Ana era verde, combinado con un vestido gris y zapatos negros muy elegantes. Me gustaban. Estuvimos un rato en la sala de espera. Me recordaba a los salones de mis amigas, las ricas de Málaga, con sus sofás y sillones orejeros tapizados en terciopelo oscuro con estructuras de madera de nogal. Los suelos eran de mármol con diseños geométricos. En las paredes, decoradas con molduras de yeso, lucían grandes espejos con marcos dorados y cuadros con paisajes de las líneas ferroviarias.

En los andenes, varias locomotoras con vagones de pasajeros con destino a distintas ciudades rugían como leones en un anfiteatro. En unas amigas como aquellas se podía gastar mucho dinero. Recuerdo que compré cuatro billetes de primera clase Málaga-Madrid. Me costaron más de doscientas pesetas, pero valió la pena.

A tus veintisiete años, mientras quedaba atrás el año 1905, ya tenías claro que lo único que te gustaba era el teatro; por eso no perdiste la ocasión para ver las representaciones que la Compañía Tubau ponía en escena en el Teatro Cervantes. María Tubau, la directora, se hospedaba en el Hotel Hernán Cortés. En tu cabeza había mucha voluntad y poco miedo. Siempre podía decir que no, pero también podía aceptarte. La prisa y la cercanía hicieron que llegases enseguida. Desapareció la timidez y eso convenció a la propietaria de la compañía. Te dio un papel en la obra Pepita Tudor; interpretarías a doña María Luisa. La obra la había escrito Joaquín Dicenta. Fue un éxito. Había mucha expectación sobre la nueva actriz; decían que se llamaba «Isabel Aranguren». Claro que, para una joven de la alta sociedad malagueña, el oficio de actriz no era apropiado, por eso actuabas con un seudónimo. Se acostumbraron a verte.

A lo largo del trayecto, sabía que, entre tu amiga y tu hermana, me iban a poner al corriente de todos los avatares de tu vida. El viaje era una aventura, y la vida era un viaje. Estaba deseando que el tren se pusiera en marcha, pero creo que el jefe de estación aún tenía mucho trabajo antes de tocar el silbato y levantar el banderín. Nos acomodamos en los vagones de primera clase. Me dejé caer en aquel asiento forrado en tela, muy cómodo. Las ventanas eran grandes. Si el viento iba hacia atrás, había que cerrar los ojos: te entraba la carbonilla.

Tus padres, doña Ana Smith Guthrie y don Juan Oyarzábal Bucelli, nos hacían señas desde abajo con un pañuelo. El silbato del jefe de estación emitió un agudo silbido y el tren se puso en marcha. Imaginamos el número 31 de la calle Peligro de Málaga aquel miércoles, 12 de junio de 1878. Una tarde soleada. A partir de las ocho y media todo fue fiesta. Estabas entre nosotros.

El tren iba despacio. Llevábamos más de hora y media cuando su pitido anunció la llegada a la estación de Álora. Decían que era una parada técnica. Unos cristales manchados por la carbonilla nos dejaban ver, a lo lejos, un mar de colores: naranjos, limoneros y olivos bañados por el río Guadalhorce. La ciudad, sobre el cerro de las Torres, y como estandarte el castillo árabe y la silueta mágica de la iglesia de la Encarnación. El sol se reflejaba sobre los muros de piedra blanca mientras los viajeros descendían entre el aroma a azahar y carbón. Los carros de caballos aguardaban impacientes frente a la arquitectura sobria y elegante de la terminal cuando el tren reanudó su marcha.

De camino a Bobadilla tendríamos que atravesar los desfiladeros de los Gaitanes a través de puentes y túneles que daban miedo. Era un terreno escabroso como lo fue, según me contabais, aquel año de 1894 en el que tú empezaste a estudiar en el colegio de la Asunción de las monjas agustinas de Málaga. Era el primero que fundaban las religiosas de esta orden en tu ciudad. Al mencionar el número diez de la calle Botica, donde estaba tu primer colegio —un edificio sobrio, aunque con grandes ventanales—, noto cómo te emocionas. Tengo la sensación de que vas a decir algo sobre alguna monja que recuerdas, pero el pitido del tren te interrumpe y callas. Ha disminuido la velocidad y piensas tal vez en esa etapa, entre tus siete y catorce años. Ya quedaba lejos. Habías aprendido costura y bordado.

Estábamos llegando a Bobadilla; aquella estación era un nudo principal. Allí se unían los coches de Granada, Sevilla y Málaga. El tren solía detenerse entre treinta y cincuenta minutos para el transbordo de correos y pasajeros. En la cantina de techos altos, grandes relojes de pared marcaban el ritmo de las conexiones; un constante trasiego de viajeros de todas las clases sociales, maletas y el olor a vapor de las locomotoras que se mezclaba con el del aceite. Allí estuvimos casi una hora. Entre los picatostes, que por cierto estaban muy buenos, tu hermana recordó aquel primer viaje a Escocia, aquella sensación de libertad tras el internado, el idioma inglés y las primeras mujeres con costumbres diferentes.

Entonces yo te pregunté por la revista. El entusiasmo se escapaba por todos los poros de tu piel. Fue La Dama la revista que tú creaste y cuyo primer número salió en diciembre de aquel 1907. A tu hermana Ana le gustaba el subtítulo, «Mundo, Música, Modas»; se lo había puesto ella. Hacía ya un rato que el tren rodaba hacia la tercera estación. Entrábamos en Córdoba a través de Puente Genil. Ya tenía luz eléctrica según nos dijeron; fue una pena, pero era de día y no pudimos verlo.

Allí recordaste a tu hermana María Asunción, Molly, que profesó como monja en el convento de la Asunción de Málaga donde habíais estudiado, y su despedida el día 26 de julio de 1898. Se había ido con la superiora hacia el convento de Auteuil, de París. Yo sé que os habría gustado tener más contacto con ella. El tren rodaba a toda velocidad destino Córdoba, donde nos dijeron que había que cambiar de máquina. Aquella era una ciudad muy importante, como lo era tu boda. Los preparativos fueron largos, como la parada en la ciudad de la Mezquita.

El tren recuperó velocidad, pero nos quedaban aún Baeza-Empalme, Alcázar de San Juan y Aranjuez antes de llegar a Madrid. Dejamos atrás Baeza y Alcázar de San Juan cuando llegó el revisor pidiendo los billetes. Te lo quedaste mirando casi de una forma descarada. Al marcharse supimos por qué. «¿Recuerdas a Eduardo Zambelli?», le dijiste a Ana que era idéntico a él. Dirigía la orquesta en aquel concierto del 10 de septiembre en el Liceo de Málaga.

Mientras tarareabas la música, me acordé de la revista, de su cambio de nombre: pasó de llamarse La Dama a denominarse La Dama Ilustrada. Pero ¿por qué? Allí, frente a frente, tenía a las tres promotoras del cambio; ellas, mejor que nadie, me podrían explicar las razones; cada una tendría las suyas. Pensaban, y mientras duró ese silencio, yo me iba perdiendo a través del marco de la ventanilla en una llanura geométrica. Era la época de la siega; los campos de trigo parecían un mar de oro viejo que ondulaba con el viento. Las cepas se aferraban al suelo rojizo, alineadas con una precisión militar, alternando con el verde de los olivos centenarios.

Tres mujeres, pensaba yo, dentro de una mujer: Isabel Oyarzábal, mi amiga, a la que tenía delante; Isabel Aranguren, la actriz soñadora, y Beatriz Galindo, la evocada escritora renacentista. ¿No era genial esta mujer y sus seudónimos? Con el traqueteo del tren se bajó una de las ventanillas; no estaban muy seguras y una brizna de carbón me entró en un ojo. El pensamiento y la vista volvieron a mis amigas que, sin prestar atención al paisaje, parecían discutir sobre el cambio de la cabecera de la revista.

Madrid, la capital de la cultura, nos recibió con borrasca entre liberales y conservadores, charcos de agua sucia, relinchar de caballos y un organillero. Habíamos caminado unos veinte minutos cuando nos hiciste parar a todas. Pegado en una pared, un cartel anunciaba la representación por la Compañía Tubau de La mala sombra, en el Teatro Apolo, de los hermanos Álvarez Quintero. La interpretaban Pilar Vidal, Emilio Carreras, Eliseo San Juan, María Pino, Emilio y José Mesejo, con música del maestro José Serrano. «Tenemos que ir a verla», me comentaste, sujetándome de un brazo.

Por delante de nosotras, mientras caminábamos hacia la calle Caballero de Gracia, se atravesaban coches de caballos, bicicletas y algún tranvía. El hambre, la tarde y el frío parecían confabularse. En el número 17 se alzaba el Hotel Roma. La puerta del comedor en el que esperaban María Tubau y su hijo Ceferino Palencia se abrió como el telón en un escenario. Era la magia. ¿O tal vez el azar el que tejió su primer hilo de seda cuando cruzaste el umbral buscando a la directora? Cuando llegaba al hotel María Tubau, el maître, que ya la conocía, hacía sonar la obertura de Norma, de Bellini. Con una elegancia natural, había dejado su abrigo y su sombrero en uno de los percheros de la entrada del salón.

Tu encuentro con María fue breve. Tus ojos ya tenían otro horizonte. Te ofreció un papel en la obra que ya habías representado en Málaga: Pepita Tudor; tenías el trabajo hecho, pero esto era Madrid y su público más exigente. Ceferino Palencia Tubau, el hijo de la actriz, aguardaba cautivo de un silencio elocuente. Me fijé en que tus ojos le recorrían de arriba abajo de forma sutil y disimulada, envuelta por la música. De rostro ovalado, piel pálida, mirada profunda y expresiva enmarcada por cejas bien definidas, cabello oscuro, denso y peinado hacia atrás. Era interesante.

No teníamos ni idea de que llegaría a ser gobernador civil de Almería, Guadalajara y Teruel, aunque yo intuía que iba a ser un buen pintor, como su padre, y un gran dramaturgo, herencia de su madre. Las palabras sobraron cuando vuestras almas se reconocieron. Fue un roce de destinos, un verso escrito en el aire antes de que el tiempo sellara vuestra historia.

Siguieron muchos encuentros furtivos tras los escenarios y paseos en torno al Lyceum, en los que Ceferino aportaba la forma y el color, y tú la lírica en la palabra, mientras pasaban las estaciones y llegó la primavera. Aprovecharé esta complicidad que nos une para seguir tu historia, aunque sea entre bambalinas y rotativos, pero entre tanto permíteme que me despida con un sincero abrazo y mis mejores deseos.

Tu siempre fiel, Eliberia, la francesa.

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