febrero de 2026

‘Carne y alma. Imágenes de la corporalidad’, de Jochy Herrera

Carne y alma. Imágenes de la corporalidad
Jochy Herrera
Huerga & Fierro Editores, 2025
Colección Rama Dorada
288 págs.

Jochy Herrera es una figura singular en el panorama de las letras hispanas contemporáneas. Cardiólogo de profesión y ensayista por vocación, ha logrado amalgamar la precisión del diagnóstico con la sensibilidad de la exégesis cultural. Nacido en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, y con una destacada trayectoria médica en los Estados Unidos, Herrera ha dedicado gran parte de su labor intelectual a la medicina narrativa y al estudio de la corporalidad. Autor de obras como Extrasístoles (y otros accidentes) (2009) —donde aborda el «corazón metáfora»; La flama magna (2014); Estrictamente corpóreo (2018), Pentimentos. Apuntes sobre arte y literatura (2021) y Fiat Lux. Sobre los universos del color (Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana, 2024). La pluma de Jochy Herrera se caracteriza por una erudición que no intimida, sino que invita a la reflexión, estableciendo puentes entre la ciencia, la filosofía y las bellas artes.

La aparición de la edición de Huerga & Fierro (2025) de Carne y alma. Imágenes de la corporalidad es, ante todo, una declaración de principios. La obra viene blindada por el prólogo de Francisco González Crussí, cuya voz es referente mundial en la literatura médica. Crussí define el libro como un trayecto que no concede tregua ni pausa, enfrentando al lector con las paradojas e incógnitas consustanciales al cuerpo.

Según González Crussí, la escritura de Herrera avanza como un «bajel de rumbo serpentino»; un estilo que, lejos de ser disperso, constituye el mayor encanto de la obra al atracar en puertos tan diversos como la medicina, la pintura y la filosofía. Crussí valida la mirada de Herrera como la de un médico que se niega a ver el organismo como un simple agregado de piezas biológicas, elevando el texto al acervo de la «verdadera cultura humanizante» que informa y deleita por igual.

El título mismo, Carne y alma, advierte sobre el conflicto milenario que el autor pretende conciliar. Herrera, habituado a la evidencia tangible de la carne —la sístole, la presión arterial, la fibra muscular—, reconoce que su vocación le impide ignorar lo que subyace: que detrás de cada latido hay una biografía.

La obra explora el punto de ruptura donde lo biológico y lo espiritual han dejado de hablar el mismo idioma. Herrera utiliza los capítulos dedicados a los órganos no como lecciones de fisiología, sino como meditaciones existenciales. Bajo su mirada, el corazón deja de ser una bomba para recobrar su estatus de símbolo, y el cerebro abandona su definición como mera red neuronal para revelarse como el escenario donde se proyecta la conciencia.

Uno de los pilares de la propuesta de Herrera es su relación con la imagen. En una era de «transparencia tecnológica» donde la resonancia magnética permite ver el interior con una nitidez sin precedentes, el autor denuncia que hemos perdido la capacidad de «mirar» la corporalidad.

Es aquí donde el diálogo con el arte se vuelve indispensable. Herrera recurre a figuras icónicas —desde la arquitectura ósea de Vesalio hasta las visiones alucinadas y simbólicas del Bosco— para recordarnos que el arte ha sido, históricamente, la única disciplina capaz de contener nuestra fragilidad. Al observar la anatomía a través de los ojos de Herrera, comprendemos que el cuerpo es el lienzo primigenio de toda cultura; un mapa donde la salud y la enfermedad son trazos de una misma obra.

La piel atraviesa estos ensayos como una frontera comunicante. Herrera la analiza como el lugar donde se encuentran el «yo» y el mundo; no es solo una barrera protectora, sino el órgano del tacto y, por extensión, de la empatía.

Ligado a esta frontera aparece el fenómeno del dolor. Para el clínico convencional, el dolor es un síntoma a suprimir; para Herrera, es un lenguaje silencioso. El libro reflexiona sobre cómo el sufrimiento físico tiene el poder de anular la identidad del sujeto, reduciéndolo a su pura biología. La propuesta del autor es clara: la medicina debe esforzarse por tratar no solo la herida física, sino el profundo silencio que el dolor impone en quien lo padece.

La relevancia de Carne y alma en el contexto actual es innegable. En un mundo digitalizado y a menudo «descorporeizado», Jochy Herrera nos devuelve la conciencia de nuestra propia materia. Gracias a esta cuidada edición, el lector tiene en sus manos un texto que se siente orgánico, una pieza que fluye con el ritmo de la vida misma.

La gran lección de Herrera es que la corporalidad no es una condena a la finitud, sino la condición necesaria para la belleza. Al cerrar estas páginas, queda la certeza de que el autor ha realizado una «autopsia espiritual», demostrando que, incluso en la disección más profunda y técnica, existe un residuo sagrado que siempre escapará al filo del bisturí: la esencia inasible del alma humana.

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