febrero de 2026

‘Autobiografía de un corazón’, de Miguel Ángel Herrero Olivares

Autobiografía de un corazón
Miguel Ángel Herrero Olivares
Ed. Talón de Aquiles, 2024

De vez en cuando nos topamos con un libro, en este caso un poemario, que nos devuelve a cierta realidad. La poesía está también para eso: para restituir lo que ya creíamos pasado, cuando no olvidado. ¿Qué argumentar del corazón, esa víscera nombrada durante siglos, diseccionada desde hace siglos, aclamada durante siglos? En Miguel Ángel Herrero Olivares se produce una peculiar colisión, derivada de su doble forma de ver ese músculo encargado de oxigenarnos: por un lado, es un autor, un poeta; por otro, es un poeta que, además, es médico de cabecera. De esa doble condición surgen las dos escenas básicas de un corazón que se precie: el médico hablará de las dos aurículas y de los dos ventrículos, y de sus disfunciones fisiológicas; y, por otro lado, esa explicación basada en la evidencia se transforma para que se pueda conocer esa rara e inexplicable condición cardiaca: a la que atribuimos su poder para cambiar a las personas y para que en ello recale el amor. Vaya, el amor. ¿Quién dedujo por vez primera que el amor se sentía en el latido? Quizá todos. Los sentimientos son taquicardias. Ante la presencia de la amada, nuestro corazón aumenta su ritmo (aunque mucho después nos explicaron que la culpa la tiene la adrenalina).

En Autobiografía de un corazón, Miguel Ángel Herrero Olivares nos introduce en lo profundo de la entraña: de cómo lo humano impregna a la víscera. De cómo el sistema parasimpático tiene poco qué decir ante la rotundidad de los hechos humanos. De cómo ese músculo es el testigo de los quehaceres de nuestra vida.

El poemario comprende dos libros, Mil razones para amarte, y Nuestro amor es un río. Estos títulos dicen mucho de lo que nos vamos a encontrar; la pasión frente a la adversidad: «No ha empezado tu ausencia y ya me invade todo», la sinrazón de seguir hacia adelante: «Tengo un corazón y un demonio racional hablándome de ti en cada oído» o la capacidad de entender que la esperanza queda siempre, como injusta medida ante el desastre: «Y la suerte estuvo de mi parte y la puerta de entrada a tu palacio estaba entreabierta». Entiendo que el autor ha llegado, como otros muchos, como yo mismo, a la conclusión última del que clama al cielo: se implora, se pide, se ruega, pero el corazón en sí mismo no es suficiente. Todo corazón esta albergado en un cuerpo, y en ese cuerpo es donde está el problema. Y añado: en la mente de quien vive de ese corazón. ¿Cuántos corazones no se habrán abierto leyendo poesía?, me permito ser pesimista. De todo aquello ya se trató por parte de Becquer y de Cernuda. Ambos entran dentro de las lecturas de Miguel Ángel Herrero, estoy seguro.

Efectivamente, todo lo vamos olvidando hasta que un brusco latido nos devuelve a la realidad: «Cuán frágil puede ser un corazón que puede ser robado…». Explique usted a un paciente que su arritmia tuvo un origen sentimental.

«Harto de ponerme en el lugar de todo el mundo cuando nadie jamás se puso en el nuestro».

El autor se proclama servidor de la gente y estudioso del las artes. Acaso hay una manera de entender lo que le pasa a un paciente: echando mano de la Ciencia y del Arte.

El corazón ha sido protagonista, desde los clásicos, de virtudes y alabanzas. Sus atribuciones han sido infinitas: los pintores, los poetas, los novelistas, todos han chocado en su pared (en su pericardio) para contestar a muchas preguntas que han atenazado sus vidas. Como protagonista, esa enrojecida bomba nos ha hecho creer que era poseedora de propiedades mágicas: bondad, resistencia, amargura, felicidad. Llegó la ciencia y nos habló de una válvula tricúspide y de arterias pulmonares; pero el corazón seguía ahí, dando luz a nuestra serenidad, o dando pavor a nuestros fracasos.

Autobiografía de un corazón es un poemario completo, que no se detiene en la autocomplacencia. El feliz que lo lea encontrará su pasado, aquel momento de aflicción incomprensible (por el que todos hemos pasado), y el infeliz encontrará en uno o en muchos versos esa situación compartida: aquella del desamor y sus consecuencias. Es entonces cuando el autor recala en la imagen y en la descripción. Cruda realidad, se diría.

Un periplo bien conocido y que ha de ser moderado: del cardiólogo al psiquiatra, si el amor se torna en locura irracional (aquel amante que daba vueltas constantes alrededor de la casa de la amada, aquel que se marcha a la guerra para huir de una negativa).

El tiempo pasa volando cuando estás con la persona que deseas, pero pasa muy despacio cuando te abandonan y tienes que subsistir en la soledad (recordando a Einstein) e incluso nos parece que determinados amores perviven como vidas en espacios y tiempos rivales (como nos dibujó Bioy Casares).

Digo yo que meterse en este mundo del amor es para valientes. De niños vimos en las librerías un ejemplar que se titulaba Primer amor, primer dolor. Con posterioridad pensábamos que el titulo se multiplicaba: segundo amor, segundo dolor; tercer amor, tercer dolor.

«Mi amor es tormentoso, convulso, irritante, inquieto, exasperante».

Autobiografía de un corazón es un poemario que sobresale como vicisitud confesada, con una composición dura pero muy adecuada al propósito: el corazón ha de aguantar lo que el organismo completo sufre.

«Mi deseo te abraza cada noche anulando tu ausencia».

Como un mago, el corazón sabe si alguien desaparece, y el porqué.

Miguel Ángel Herrero acierta en observar todo un mundo dentro de una víscera fundamental.

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