septiembre 2020 - IV Año

ARTE

Ramón Muriedas, escultor (y II)

Por Ricardo Martínez-Conde*.- | Septiembre 2017

detalleinmigranteLo que hemos hecho hasta ahora es, en realidad, ver. O intentar ver. Y es aquí donde radica la dificultad que lleva implícita la obra de Muriedas. Reparemos en que su obra es una obra teórica más que práctica; o, tal vez mejor, una obra con un gran contenido teórico. Y aquí reside el problema, por cuanto este contenido hace muy difícil un análisis concreto, algo que en otros escultores, como por ejemplo los constructivistas, sería más abordable.

La labor, en el caso que nos ocupa, consistiría, entonces, no solamente en ver, sino en ver interiormente.

Ello, como en todo análisis teórico de lo humano, llevaría a un camino infinito: el mundo emocional, la idea de la esperanza, el concepto de tiempo, la voluntad anhelante de plasmar algo virgen… Así, pienso yo, ha quedado recogida la impresión de su obra en la mayoría de los críticos. Todos ellos, siendo en general más observadores de lo espiritual que de lo material, no hacen sino ampliar el campo del punto de vista humano sugerido por las figuras (lo realista, lo romántico, la ensoñación, el patetismo, la soledad, la intimidad, lo irónico), punto de vista que, en el juicio de cada uno de los críticos, se complementa hasta obtener una opinión no de las esculturas de Muriedas, sino del mundo interior, evocador, de las figuras de Muriedas.

He aquí, pues, lo que sería la vía oculta, inteligente, de su proceso creador, que llega a adquirir importancia hasta el punto de que el contenido interno sobrepasa, en la provocación que su obra ejerce sobre el observador, al contenido material, externo.

Se podrían hacer, no obstante, algunas apreciaciones técnicas que situarían el conjunto de su obra en orden a la siguiente clasificación:

1.- Retratos de niños
2.- Figuras aisladas, solitarias
3.- El grupo, generalmente de carácter familiar
4.- Figuras en sofá

A su vez, habría que considerar los trabajos en relieve, donde, junto a los temas comunes a su obra exenta, aparece con un tratamiento más especifico el estudio de la anatomía: rostros, manos, desnudos, todo ello sobre el plano de una atmosfera huidiza, sin retocar, que nos recuerda de nuevo a Giacometti. Más, en su caso, jugando al futuro, tal vez cabría esperar el ver aparecer un día a las figuras de Muriedas -siempre íntimamente solas, reflexivas- en una ilusión de viaje camino de un mundo más puro, más limpio, más abierto. Tal vez.

gerardodiegoGerardo DiegoEl autor y la crítica

Ya hemos aludido anteriormente a ese código de observación propiciado por los críticos, donde había una inclinación expresa en ver-entender las figuras de Muriedas más por su contenido espiritual que por su significación material. A pesar de la concepción general de encuadrar su obra dentro del realismo. Este realismo, a su vez, tendría dos extremos: el mágico-poético (Pablo Serrano) y el trágico (Arturo del Villar).

Ahora bien, en medio, como es obvio, queda un campo amplio, y así, mientras uno habla de retratos ideales ‘equidistantes entre la nueva figuración y el nuevo realismo… Creador de unos personajes parados en la historia y dominados por la angustia del tiempo pasado. De unos retratos ideales, de unas formas ensoñadas, no exentas de cierto matiz surreales y rigurosamente personales en su configuración plástica’, otro destaca la ‘curiosa mezcla de ingenuismo base y riqueza expresiva’.

Lucio Cabutti completa estas impresiones cuando escribe: ‘Su participación en el realismo está atemperada por una impronta impresionista que trata la figura humana manteniendo especialmente en la vestimenta la frescura de una materia apenas esbozada … de una fluidez plástica invadida de luz, en tanto el asunto realista culmina a través de una expresividad triste y patética. No resulta -concluye- un inventario de una humanidad doliente y desconsolada … sino una siempre decantada inmersión en la condición sin cualidad (Musil) de la existencia cotidiana’.

José Hierro, por su parte, nos acerca más a la vida interior de estas esculturas. Es así que habla de ‘un converso del hiperrealismo que se siente atraído por el magicismo. El magicista -aclara- busca provocar nuestra inquietud poniéndonos ante lo enigmático’.

madreinmigranteEs curioso comprobar, después de haber tenido acceso a la gran mayoría de los trabajos y críticas relativos a su obra, cómo estos coinciden más y se generalizan en la manifestación de una opinión, si cabe, más ética que estética. Es decir, ha sido mayor la atención –tal se ha señalado aquí- puesta en la capacidad humana (sugeridora, ensoñadora, inquiridora) de su obra, que en las cualidades materiales, estéticas, de la obra en sí.

Ahora bien, ello, si bien puede considerarse una cierta laguna en el análisis científico de la producción de un artista –se propicia la teórico en detrimento de la material-, no puede considerarse, en mi opinión, un defecto, por cuanto la línea o el volumen, pongamos por caso, si bien pueden ser consideradas por sí mismas aisladamente, cuando su función es servir de base al modelado de la figura humana su función estética ha de estar, necesariamente, al servicio del significado (o significados) de lo que la propia figura sugiere; aquello en lo que incita a pensar, en este caso la figura del hombre.

Conviene no olvidemos, por otra parte, aunque resulte innecesario el señalarlo, que toda obra de arte no porta, en el fondo, sino un contenido, una inteligencia (de ‘inter legere’, leer dentro) humanos, como resultado que es de un trabajo hecho por el hombre y dirigido a éste.

MuriedastresPues bien, bajo esta consideración, la opinión, en general, más que contradecirse, se complementa, alcanzando al final una riqueza de matices que ensanchan la obra del artista, un escultor esencialmente ‘humanista’ que ha llegado a decir: ‘lo único que mantengo por encima de todo y quiero defender es que la relación humana ha de volver. Todo esto (la incomunicación) me hace meditar, y el resultado procuro volcarlo en mis personajes. Deseo que en cada una de mis piezas se note ese algo que intenta ir más lejos de la pura expresión plástica; trato de reflejar tanto el futuro como el pretérito en el que se desenvuelve la persona, poder llegar a su intimidad. Mis esculturas, detrás de los respectivos materiales físicos que configuran sus cuerpos, guardan celosamente todo un mundo particular de recuerdos, vivencias, añoranzas…’.

Cabría preguntar: ¿esta reiterada alusión al hombre carece de una base teórica exterior que amplíe la preocupación intrínseca del autor? Ciertamente no, y el apoyo más próximo lo encontramos en la literatura, una literatura cuyo contenido está cercano al gusto romántico y que el mismo artista, consciente de las dudas que puede plantear la aplicación de este término a su obra, sale al paso diciendo que su obra es romántica ‘en el sentido de que intento meter el arte en la vida’, cuyas cabezas visibles serían Whitman, en primer lugar, por la hondura de su reflexión; Chejov, por el arte inequívoco de su realismo cotidiano cuya importancia radica en el alma de sus protagonistas; Saint -Pierre, creador de dos personajes especialmente queridos (y representados) por el autor como son Pablo y Virginia; y, en fin, Emily Bronté, Rilke… El propio Musil, ya aludido.

MonumentoIgunaLeonardo Torres QuevedoOtra, y no menos importante, sería la influencia recibida desde el terreno técnico, ya sea de predecesores o contemporáneos suyos. En este sentido (y luego de subrayar la educación autodidacta de este joven escultor que pasó, prácticamente, de las figuras elaboradas en la arena de la playa al estudio de Víctor Orizaola, su entrañable y único maestro en la iniciación de la técnica escultórica) unos críticos coinciden en señalar un claro precedente en Donatello mientras que otros encuentran en su escultura puntos de complementariedad con el ‘desbordante y vital expresionismo rodiniano’.

El propio artista, sin embargo, señala en primer término a Henry Moore (‘de quien admiré la solidez de formas de su escultura’) y a Giacometti (‘cuya obra me ayudó mucho en lo que respecta a las texturas’); a Chillida, al pintor Pollock, a los constructivistas, de quienes admira ‘el juego armónico de sus volúmenes…’.

La especulación podría ser múltiple a la hora de encontrar precedentes próximos a su obra; ahora bien, en mi opinión, hay un artista en quien la linea, el gesto contenido, el movimiento, el ‘tono’ esbelto están muy próximos a la linea cuidada y expresiva de Muriedas. Ese artista es Brancusi, y, como ejemplo, piénsese en su ‘Femme se regardant dans un miroir’:

Con todo, en el fondo, la estética de estos artistas podríamos decir que no ha hecho sino ‘complementar’ –con sus aportaciones, con su concepción del arte- una unidad cuyo resultado es hoy constatable en la equilibrada evocación trascendente e intemporal atribuible a los ‘personajes escultóricos’ creados por el artista Ramón Muriedas.

ricardo cir

 
 
*Ricardo Martínez-Conde es escritor, web del autor http://www.ricardomartinez-conde.es/

 

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