Oliver Reed nació en Londres, Inglaterra, el 13 de febrero del 38, hubiera cumplido ochenta y ocho años, fue un actor maravilloso de una gran escuela, que recuerdo hoy, al hablar de la película Mujeres enamoradas, la adaptación al cine de la novela de D. H. Lawrence.
La novela
El novelista D. H. Lawrence refleja en sus novelas posiciones encontradas, siguiendo una temática en la que el irracionalismo de la sociedad encuentra su opuesto en figuras tan irónicas y sabias como Rupert Birkin en Mujeres enamoradas, por poner un ejemplo.
El escritor británico entiende el contacto de la Naturaleza como una ruptura latente con el mundo burgués porque el deseo no debe esconderse, forma parte de nuestra condición humana, muy lejos del recato al que somete Thomas Mann a sus personajes, envueltos en un mundo teórico que les impide encontrar una válvula de escape a sus obsesiones intelectuales.
Birkin, uno de los protagonistas más interesantes de Mujeres enamoradas, conoce el desencanto de la vida pero goza con la Naturaleza; incapaz de amar a la mujer, vive con plenitud la sensualidad de la tierra, germinadora y fértil, que le invita a hacer el amor, en el paroxismo de la bella literatura, provocadora también, de Lawrence:
Yacer y revolcarse entre los pegajosos y frescos jacintos jóvenes, yacer boca abajo y cubierta la espalda con puñados de hierba fresca y fina, suave como el aliento, suave y más delicada y más hermosa que el contacto con cualquier mujer, y luego pincharse un muslo contra vivas y oscuras puntas de las ramas de los pinos, y después sentir el latigazo de las ramas de los avellanos sobre los hombros, el latigazo picante, y luego oprimir el plateado tronco del abedul contra el pecho, con su suavidad, su dureza, sus vitales nudos y surcos (p. 137).
El deseo de amar a la tierra, de fundirse con ella, es una obsesión en la novelística de Lawrence, porque él siente que la Naturaleza, su sabor, su olor, se impregnan en su piel.
Incluso, Lawrence no oculta el contacto de dos cuerpos, los de Gerald y él, en una lucha que simboliza el paganismo, la ausencia de sacralización del mundo, el placer porque sí, exento de la culpa que ha generado el catolicismo, pero el deseo de Úrsula por Birkin es una necesidad que se cimenta en la búsqueda de la intelectualidad como consecución superior al placer, como verdadera invitación al amor con mayúsculas, lejos del animal que llevamos dentro:
Úrsula le contemplaba igual que si lo hiciera furtivamente, sin darse realmente cuenta de lo que veía. Aquel hombre estaba dotado de gran atractivo físico, había en él una fuerza oculta, que se manifestaba a través de su delgadez y su palidez, como otra voz que comunicara otro conocimiento de él (p. 52).
La idea de la sensualidad está presente en la novela, tanto es así que los diálogos se nutren de la sabia de Rupert y de la lujuria de Úrsula, esperando, a través de las palabras, una invitación de su hombre al sexo, pero Rupert siempre esquiva el placer a través de la intelectualidad, con la fina ironía de un hombre desapegado del mundo. Úrsula se pregunta: “¿No crees que todos nosotros somos ya suficientemente sensuales, sin necesidad de adquirir más sensualidad?”. A lo que Birkin responde: “No, no lo somos. Vivimos excesivamente poseídos de nosotros mismos” (p. 53).
Su adaptación al cine
Fue precisamente Alan Bates quien interpretó a Rupert Birkin y Oliver Reed, quien interpretó a Gerald.
La película la dirigió Ken Russell, en 1969, con Jannie Linden y Glenda Jackson, como Úrsula Y Gudrun. Trasladar a imágenes la novela de Lawrence fue difícil, pero Russell supo crear una atmósfera, el ambiente de la alta clase británica, las conversaciones banales, la ociosidad de los personajes.
Y, por encima de todo, dio vida y llama a dos actores prodigiosos, Alan Bates, en su mejor momento, y Oliver Reed, que, en unas secuencias muy importantes establecen una lucha entre ellos. Desnudos se enfrentan y sabemos que representan la belleza griega. El acto de lucha entre los dos es un acto de amor.
Por todo ello, creo que es un buen homenaje a un actor, Oliver Reed, que no solo fue sobrino de Carol Reed, sino que interpretó papeles de hombre apuesto en el cine, también hay que recordar su estupendo papel en El viento y el león de John Milius y en Gladiator, cuando, en un descanso de la película, en Malta, se apostó con otros hombres beber cerveza y whisky a discreción. Murió de un infarto. Reed, que era un consumado bebedor, no resistió la apuesta. Como los héroes griegos, en su papel de Gerald, que también muere en la novela y la película, Reed sucumbió a los excesos. Un gran actor de una gran escuela, la de cine británico.











