Vaya por delante mi más absoluto respeto al ejercicio del derecho de voto en libertad y, por tanto, a que cada uno vote lo que quiera, faltaría más. Y también vaya por delante que este artículo no va dirigido a quien no esté muy cansado y saturado de los políticos que tenemos actualmente. No es un artículo para quienes, por tener todo el derecho del mundo a ello, son fieles a una ideología o partido que la representa. Es un artículo para quienes no confían en los partidos al uso y desean ejercer un voto crítico.
Nunca he sido militante, afiliado ni siquiera simpatizante de partido político alguno, me he limitado a ser un mero ciudadano interesado por todo lo que ocurre a mi alrededor y, durante un instante, el día de las elecciones, cuando estas se han celebrado, también he sido votante.
Me gusta creer que pienso sin cortapisas lo que quiero y me niego a justificar ni explicar mi pensamiento, y me siento absolutamente libre para ser yo únicamente el que en su totalidad establezca lo que no quiero.
No he abrazado nunca ideología alguna porque todas me parecen muy imperfectas y además, creo que ninguna está libre de un punto de estupidez; obviamente, tengo mi propio y particular ideario que si lo expongo en su totalidad confundo a cualquiera, porque nadie sabría si realmente escoro a un lado o al otro. Sí puedo afirmar que soy demócrata y, por tanto, estoy convencido de que se debe respetar el pensar, sea este el que sea, de los demás; para mí, el objeto de lo reprobable y lo inadmisible deben ser las acciones, las conductas y los comportamientos, nunca el pensamiento con el que, por supuesto, se puede estar legítimamente en total desacuerdo e incluso negarse uno a ni siquiera oírlo.
Pese a haber venido siendo partícipe como ejerciente del sufragio activo, jamás lo he sido ni lo seré del pasivo; no me considero desde hace mucho tiempo representado por ninguno de los políticos que ocupan un escaño en el Congreso de los Diputados o en el Senado. El espectáculo que allí se ofrece me parece en muchos casos lamentable y bochornoso. Para mi desgracia, llevo ya demasiadas elecciones tapándome la nariz a la hora de ejercer mi derecho al voto, buscando para introducir en el sobre la papeleta del partido que menos desagrada a mi pituitaria, dado que, con las listas cerradas y la disciplina interna, realmente es lo que entiendo que elijo, un partido y no unos candidatos de mi gusto.
Interpreto como un completo engaño que me cambien las reglas del juego arbitrariamente, cuando les place, y tal es el sentimiento que tengo, dado que a mi parecer es costumbre generalizada no respetar los compromisos asumidos en los programas electorales, cambiar de opinión a capricho, abusar del RD Ley sin existencia de una extraordinaria y urgente necesidad, y lo peor son las penosas y patéticas explicaciones para hacerlo que ofrecen y con las que me quieren hacer comulgar.
No obstante, quiero seguir votando.
Por eso descarto la abstención y el voto nulo, la primera porque me niego a no ejercer de manera activa mi derecho y el segundo porque no me parece serio ni útil. Últimamente estaba contemplando la posibilidad de votar en blanco, pues el reparto de escaños se realiza en el Congreso de los Diputados utilizando la fórmula D’Hondt, atendiendo exclusivamente a los votos válidamente emitidos, que sí incluye a los votos en blanco.
Pero tampoco me convence del todo votar en blanco, aunque ahora al parecer, por lo que él mismo ha dicho, sea esta la opción escogida por algún expresidente, y no me convence porque la norma establece que en cada circunscripción quedarán excluidas las candidaturas que no hayan obtenido al menos el 3% de los votos válidos emitidos. Y, por tanto, los votos en blanco, al ser contabilizados, provocan que una candidatura necesite más votos para conseguir un escaño, lo que provoca que las formaciones que superan el límite del 3% se vean perjudicadas en circunscripciones pequeñas. Dicho de otro modo, no me convence el nulo efecto que en la realidad de los políticos tiene el voto en blanco.
Además, votando en blanco sigue estando cubierta la totalidad de los escaños y, desde la más absoluta hartura, con el riesgo que ello conlleva por mi parte de la posible pérdida de finura, creo que no se merecen la inmensa mayoría de ellos seguir en política, y que deben, aunque dudo de su capacidad, volver, si es que alguna vez lo hicieron, a ganarse la vida produciendo; basta ya de pertenecer, utilizando la expresión acuñada por Fabián C. Barrio, a la privilegiada “clase extractiva”, que es la que vive del esfuerzo y sacrificio de los demás.
Y si he expuesto todo esto es porque creo haber encontrado una posibilidad que resuelve mi decepción y mi desencanto, y es votar a un partido que se llama “Escaños en Blanco”, un partido que vacía escaños; como ellos mismos dicen, “Escaños en Blanco” da representación a las voces críticas en forma de escaños vacíos. Y un escaño vacío no vota, pero sí puede influir el cálculo de votos en una votación o el cálculo del cuórum.
Como ellos mismos dicen, vaciar escaños conlleva un inmediato ahorro, para empezar el sueldo del diputado, pues este no toma en ningún momento posesión del escaño; por supuesto, tampoco tiene ningún ingreso ni ninguna prebenda ese diputado. Este partido, por coherencia y de conformidad con sus normas internas, renuncia a cualquier subvención pública. Este partido, al no tomar posesión del escaño el diputado, no gasta un solo euro en asesores.
Obviamente, al quedar el escaño vacío, “Escaños en blanco” no puede decantarse por ninguna medida en concreto, no participará en ninguna votación en el Congreso y deberán ser el resto de los partidos los que deberán consensuar la aprobación de cualquier medida. Como ya he dicho y repito, un escaño vacío no vota, pero sí puede influir el cálculo de votos en una votación o el cálculo del cuórum. No es un partido al uso; es una herramienta para que el ciudadano deje patente, de manera más intensa que la abstención, el voto nulo o el voto en blanco, su desacuerdo con la clase política actual, donde abundan en exceso los elementos nauseabundos.
Yo, salvo que cambie mucho el panorama político, sobre lo que no tengo ninguna esperanza, seguramente al efecto de que quede expresa, clara y evidente constancia de mi disconformidad en el Congreso de los Diputados en las próximas elecciones, cambiaré mi voto en blanco por un voto al partido “Escaños en Blanco”. Me apetece ver en la televisión el Congreso con escaños vacíos que no se deben en exclusiva a la ausencia de sus señorías. Me apetece decir a los actuales políticos: prefiero como representante la nada, el vacío, el aire a ti. Se imaginan el Congreso cualquier día de sesiones, como si fuera un domingo de agosto.












