marzo de 2026

Los trovadores del nuevo milenio, también escriben «Quítate, que yo me pongo»

‘Trovador y libros’. Ilustración proporcionada por la autora

Nuestros trovadores de hoy son los poetas y cantautores de siempre, trovadores, sí, auténticos maestros en conjugar letra y emociones, o sencillamente letra y música «de su puño y letra», o en retomar composiciones poéticas creadas por otros como si de juglares se tratase.

Cuenta la leyenda que los trovadores fueron músicos y poetas cortesanos. La mayoría emparentados con la nobleza. Componían e interpretaban sus creaciones. A veces recurrían a los juglares —artistas ambulantes— delegando en ellos el acompañamiento instrumental de sus canciones, o bien les entregaban sus obras para que las divulgasen por el mundo. Recorrían pueblos y ciudades, y actuaban en plazas públicas o en festines de reyes y nobles, entre los siglos XII y XV.

El juglar, pícaro y algo descarado, se convirtió en el máximo representante de la literatura de transmisión oral de carácter popular. Hábil en declamación; memorizaba textos e interpretaba la escena dramatizada, llegado el caso.

Al igual que ellos, nuestros cantautores del XX —reconocidos y consagrados trovadores — enriquecieron y enriquecen todavía su verso. Son poetas, afirmo.  Paco Ibáñez, Raimon, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute, Pablo Milanés, Javier Krahe…—por citar algunos—. No faltan otros de  fuera de nuestras fronteras como John Lennon, Violeta Parra o Silvio Rodríguez, y por supuesto ¡Bob Dylan!…

Los hubo y los hay atrevidos —como aquellos recatados trovadores y resabiados juglares del Medievo—. Unos y otros cantaron y cantan a la vida, al amor y al desamor; a la desesperanza, y a la melancolía… algunos también al odio, o la reivindicación, o se atreven con expresiones de marcada proclama social, con la mirada y la voz puestas en colectivos desfavorecidos o marginados.

Hoy en pleno siglo XXI yo diría que afloran «nuevos acordes» en las voces de osados creadores e intérpretes de letras y músicas, que son trovadores y juglares al mismo tiempo. Tales como Zahara, Pablo Alborán o Rozalén.

Pero es que algunos no solo cantan, también editan y publican sus composiciones en libros. Compiten con escritores tradicionales, dando lugar a una gran proliferación de cancioneros escritos. Tenemos casos como el de Florence Welch, vocalista de Florence + The Machine; a Leonard Cohen, famoso poeta y novelista antes que cantante. Publicó varias colecciones de poesía y sus letras de canciones en libros como 100 Lyrics and a Poem; Andrés Suárez, cantautor español que publicó Más allá de mis canciones; Vanesa Martín, la cantautora española cuyos libros recopilan su creatividad lírica; y hasta Joaquín Sabina, tan conocido por sus letras poéticas, ha editado libros recopilatorios de sus canciones y sonetos, como Ciento volando de catorce.

No faltaran suspicacias en el sector tradicional de la edición donde cada vez, más músicos y escritores de oficio rivalizan. Músicos al amparo de sellos editoriales de prestigio cuya tarea de divulgación les viene dada gracias a la popularidad del cantante.

Y yo me pregunto ¿Donde quedará la tan merecida valía del narrador de siempre —con su verso o su prosa — si la Marca Personal de estos trovadores —cultivada en otro ámbito— enmascara el talento de los escritores de oficio? A saber…

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Archivo Entreletras

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