marzo de 2026

‘El Íntimo Cuchillo (Antología Poética)’, de Pedro López Lara

El Íntimo Cuchillo (Antología Poética)
Pedro López Lara
Editorial Reino de Cordelia, 2026
248 pp.

“El último grito” del último mohicano

Después de publicar recientemente su poesía reunida bajo el título de Arcén, Pedro López Lara promete cerrar su intenso ritmo de publicaciones —dieciséis poemarios en cuatro años— con la antología poética El íntimo cuchillo, en el sello editorial Reino de Cordelia. Esta nueva propuesta del poeta madrileño viene inevitablemente a dialogar, pues, con la antología previa que contó con prólogo y selección del también poeta José Cereijo, y que con el título de Por Arrabales Últimos vio la luz el año pasado —tan solo hace nueve meses— en la editorial sevillana Renacimiento. Como era de esperar, cuando salió esta publicación estaba llamada a completarse con renovados recuentos y selecciones del propio poeta. No es de extrañar, pues, que ahora López Lara salga al paso con una invitación personal en su nuevo libro. ¿Es este “íntimo cuchillo” una respuesta diferida y meditada —premeditada— a aquellos “arrabales últimos”, como en la composición borgiana de la que se han escapado ambos? Mucho, por tanto, le tiene que importar al autor dejar su impronta —su incisión— en este su íntimo libro —el último—, que significa su despedida del mundo editorial, como dejaron bien claro las palabras pronunciadas por el gran poeta Alejandro Céspedes en su brillante presentación en una capital gélida —ante un cálido público entregado— en un ya histórico día de febrero. Así se da por clausurado/entronizado lo que bien podemos llamar el “Fenómeno López Lara” —el último grito de la escena poética—, un huracán que ha traído en estas últimas temporadas un renovado aire fresco al irrespirable aprisco de la última lírica actual. De modo y manera que, si Por Arrabales Últimos era una antología necesaria, El Íntimo Cuchillo es una antología absolutamente imprescindible: el antólogo y el antologado confundidos en un aquelarre fantasmal inextricable.

Lo primero que salta a la vista, cotejando las dos publicaciones, es la inclusión en El Íntimo Cuchillo de composiciones del poemario Guiñol (2024), libro al que Cereijo no consideró para su selección, quizá por su tono aparentemente extemporáneo en la vasta producción lopezlariana. Nuestro poeta sin embargo no ha querido prescindir de su vertiente más vitriólica —para este broche de oro irrevocable— que tanto debe al humor negro que vertebra el referido Guiñol, un libro presidido por el sarcasmo más escéptico y descarnado. Quizá no sea ajeno a ello el hecho de que López Lara, a pesar de su impenitente aislacionismo, ha dado muestras en su obra de un afán marcadamente “representacional” como delatan no pocos títulos de sus sucesivas y apabullantes entregas. A saber: Museo, Muestrario, Filacterias, Iconos y este Guiñol en liza. Personalidad escurridiza donde las haya, Pedro López Lara esconde un orquestado drama em gente —por traer en nuestro auxilio a un socorrido deus ex machina que atiende al nombre de Fernando Pessoa y que alberga otros tantos— bajo el embozo del bululú de ferias y verbenas.

Por otra parte, si el poeta —un fingidor, como ya sabemos— siempre ha apostado por la extrema concisión a la hora de bautizar a sus innumerables vástagos literarios (todos ellos bajo la advocación de un solo vocablo que propende a lo hipocorístico), en sus antologías —por lo que se ve— se inclina no obstante por recurrir a un sintagma formado por varias palabras en un irónico ejercicio de “logorrea” contenida. Pero más interesante que esto —cuestión de modas estéticas y, por ende, opinable— es el hecho de que tanto “por arrabales últimos” como “el íntimo cuchillo” son dos expresiones extraídas del glosario particular de otro gran vate, el sin par Jorge Luis Borges, como ya hemos apuntado. Me refiero, sin duda, a sendos versos del célebre ‘Poema conjetural’ del poeta argentino.

Así pues, antes de entrar en el libro que nos ocupa, será pertinente preguntarse qué le despierta tanto interés al autor de Escombros de dicho poema y qué le debe su poética a la del Homero de El sur. Quizá baste decir que López Lara se siente imbuido —tanto como don Jorge Luis (Georgie, para los amigos)— del supuesto espíritu caballeresco del doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, cuando antes de morir en el referido poema que protagoniza se lamenta de tal guisa: “[…] / Yo que anhelé ser otro, ser un hombre / de sentencias, de libros, de dictámenes / a cielo abierto yaceré entre ciénagas; / […]”. La vida es un texto que solo se entiende cuando se escribe la última palabra, barrunta Lara como Borges pensó antes: el poema no es solo la crónica de una muerte anunciada, sino el descubrimiento de una identidad. El íntimo cuchillo a punto de seccionar en la yugular la última palabra. La última palabra de un hombre que así da fe de sí. Si el golpe mortal manda al traste la vida del interfecto, al mismo tiempo le otorga la inmortalidad en la medida en que se convierte en una epifanía proverbial, la suya propia. La paradoja no puede ser más brillante: el reconocimiento en el autorreconocimiento. Y López Lara que ama tanto la palabra como la odia —por indomable a su positivista horma de filólogo— no podía pasarla por alto: Callo (para siempre), luego existo. Ni el mismo Descartes llegó tan lejos.

Sin entrar en un análisis pormenorizado, es posible reconocer en la lírica lopezlariana una semejante preocupación por tópicos poéticos como la identidad, el tiempo y la muerte —y cómo no, la vocación por los mitos (modernos, como defendiera Pere Gimferrer, en el caso del Lara cinéfilo)— que la que manifiesta en su obra el hacedor de laberintos y espejos (tanto como en el citado ‘Poema conjetural’). La poética de Lara tiene una profunda sintonía intelectual y estética con la del rioplatense: el autor de El íntimo cuchillo actúa como un heredero de las obsesiones metafísicas y la impecable precisión verbal —quirúrgica— de la que hace gala el maestro de El aleph. Ambos cultivan el intelectualismo y la llamada poesía sapiencial para huir del sentimentalismo fácil: poesía cerebral y analítica, lo que algunos críticos han denominado “conceptismo estilístico”. Los dos creadores son plenamente conscientes de que el lenguaje —el lenguaje como artificio— es un “instrumento insuficiente” pero sagrado. Lara comparte esa búsqueda borgesiana del “nítido renglón definitivo”. Pero aclaremos que la influencia del argentino en el español es conceptual, no estilística; estructural, no imitativa; intelectual, no ornamental. Pedro López Lara recoge del maestro la desconfianza hacia el Yo, la concepción problemática del tiempo, la memoria como ficción, la poesía como ejercicio de lucidez. Pero se separa de él en un punto decisivo: allí donde Borges contempla, López Lara se expone; donde Borges ironiza, López Lara se hiere. Por otro lado, se ha destacado la propensión que este último tiene por el recurso del fulmen in clausula en sus poemas —donde sus versos finales se erigen en lapidarios para rememorarlos/cerrarlos—, como en ocasiones Borges remite al procedimiento del in cauda venenum de los epigramas latinos, al modo de Marcial. El último verso como íntimo cuchillo, pues, para seguir abundando en la metáfora del desenlace taxativo como tajo exacto y sacrificial: “Verso cabal: el que es reminiscente”.

Desde luego el tema —Borges/Lara— daría para mucho y sin duda se sale del presente trabajo: solo traeré aquí algunos ejemplos de la antología que nos ocupa para zanjar la cuestión. En el poema ‘Antepasado’, López Lara remite directamente a la fijación de Borges con el tigre como símbolo de la fuerza primordial y la memoria del origen: “Conservamos memoria del tigre que fuimos / nostalgia de la fiera que, en satisfactoria jungla, / despedazaba cuerpos. / Memoria de una jungla / en que sangraba con fruición la vida”. La preocupación por el tema del doble y de la identidad también late en estos versos.

Asimismo, el tiempo que tanto preocupaba a Borges —“El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego” (del ensayo Nueva refutación del tiempo)— le hace decir a López Lara en su poema ‘Heridas’: “El tiempo que en curarlas tarda el tiempo / calibra la destreza del arquero, cronometra / el desgaste u orgullo de la piel”. Tiempo y memoria en lo que se ha dado en llamar la “lírica del acabamiento”.

Tras esta introducción —a la maniera de Plutarco— que nos parecía más que oportuna, ya podemos pasar a hablar de El Íntimo Cuchillo, una ambiciosa antología poética que reúne y reorganiza la vasta producción lírica de Pedro López Lara. Lejos de ser una mera recopilación retrospectiva, el volumen se presenta como una obra de fuerte coherencia interna, en la que los poemas entran en un juego de espejos para reflejarse a través de núcleos temáticos reiterados, una voz lírica estable y una concepción rigurosa de la poesía como espacio de conocimiento, llaga y testimonio. El libro se constituye así en una suerte de opus magnum que permite “leer” la trayectoria del autor como un sistema poético unitario, marcado por la reflexión sobre el tiempo, la memoria, la muerte, el fracaso vital y la función ética del lenguaje.

El poeta Pedro López Lara

Si ya nos hemos referido al origen borgeano del título del volumen no podemos obviar algo que también ofrece la clave interpretativa central del libro: la poesía como instrumento cortante, no espectacular ni épico, sino cercano, interior, silencioso; una herramienta de incisión que no busca la lesión externa, sino el desvelamiento interior, como la célebre cuchilla de afeitar que esgrime Luis Buñuel en Un chien andalou y que secciona la no menos célebre córnea del ojo del subconsciente. Recordemos que uno de los poemarios de López Lara apelaba al título precisamente de Incisiones (Renacimiento, 2024). Esta poética del corte atraviesa de parte a parte la antología que nos ocupa, tanto en el plano temático como en el formal, configurando una escritura de precisión, contención y gravedad reflexiva. La poesía no aparece aquí como un ejercicio de boato decorativo ni como consuelo, sino como utensilio de cisura, bisturí de separación y de revelación dolorosa. El cuchillo es “íntimo” porque actúa hacia dentro, sobre la conciencia y la memoria, y porque su eficacia no es fastuosa, sino silenciosa y persistente. El arma sirve de metáfora poética (hendidura, verdad y daño) y a la vez de escalpelo de taxidermista para extirpar lo prístino, lo esencial con exactitud de cirujano: una sublimación freudiana de libro.

Ese filo percutante tendrá réplica en la imagen del fuego —recurrente en toda la obra— que no remite aquí a la inspiración, sino al trabajo posterior, a la responsabilidad del poeta ante lo que queda tras la devastación. La poesía no salva del incendio: se ocupa de sus despojos —las cenizas—: es el documento de lo consumido, un inventario de ausencias. Esta concepción se formula explícitamente en poemas de carácter metapoético, donde escribir se asocia al daño y a la combustión. En el poema ‘Producto acabado’, el poeta advierte: No basta con que las palabras ardan. / Hay que cuidar después lo que dejaron, esmerarse / en los rescoldos, ir acariciando cada resto.

La antología se articula en múltiples secciones, que atienden al título de los poemarios publicados por el autor —Dársena, Muestrario, Destiempo, Museo, Iconos, Singladura, Incisiones, Escolios, Trapecio, Meandros, Escombros, Cancionero, Expiación, Guiñol y Epílogo—, que no obedecen a una simple cronología, sino a una lógica conceptual y simbólica. Cada bloque propone un campo de reflexión específico, aunque permeable a los demás, de modo que el libro se comporta como una constelación de motivos recurrentes antes que como una secuencia lineal. Esa ósmosis nos permite constatar que los títulos que conforman la producción lopezlariana no fueron elegidos por el poeta al azar: la reflexión que surge de este conjunto es que la vida es una “construcción de ruinas con propósito”. Los campos semánticos a los que pertenecen estos vocablos son muy concretos y aparentemente antagónicos: si por un lado tenemos aquellos que se inclinan por lo lateral (o excéntrico) como  Dársena, Destiempo, Escolios, Trapecio, Meandros, Escombros o Arcén (fuera de foco, en su vocación), por otro hay una necesidad de exponerse a la almoneda pública en otros como Muestrario, Museo, Iconos, Cancionero Guiñol. En esa dialéctica entre lo periférico y lo medular —no exenta de tensión—, entre la decidida apuesta por la discreción (o lo privado) y la necesidad decidida de la exposición (pública) reside a mi juicio la latente fuerza expresiva de la poética de Pedro López Lara: la vida se le antoja una singladura de meandros imprevistos que parte de la calma de la dársena para encallar, inevitablemente, en el destiempo. Entre las incisiones del dolor y el equilibrio precario del trapecio, recolecta escombros que luego ordena en un museo de iconos personales (en una suerte de “museo imaginario malrauxiano”); un muestrario de escolios y algaradas de guiñol donde la expiación se vuelve cancionero y el silencio, finalmente, dicta un epílogo que cae como el bisel inexorable de un destral: un telón eficaz que semeja la navaja de una guillotina que se burla de sí misma con su sonrisa sardónica de cuchillo.

La supuesta contradicción de los dos conjuntos de títulos tal vez no sea más que la máxima nietzscheana —“Nulla ethica sine aesthetica”, que luego popularizó en España el poeta José María Valverde, cambiando el orden de los sustantivos— llevada a sus últimas consecuencias. Naturalmente, el adjetivo “últimas” no puede ser inocente.

La fragmentación deliberada de El íntimo cuchillo —de ahí también la justificación del membrete— responde a una concepción no narrativa del tiempo poético: el Yo lírico no avanza hacia una resolución, sino que regresa obsesivamente a los mismos núcleos —la pérdida, el desgaste, la culpa, la memoria, la imposibilidad de redención— desde perspectivas ligeramente desplazadas. El efecto resultante es el de una conciencia que se examina a sí misma mediante variaciones, paráfrasis y reescrituras implícitas.

Uno de los ejes temáticos más persistentes de la antología es la reflexión sobre el tiempo, concebido no como mera sucesión física, sino como experiencia personal corrosiva. La dualidad de Ser y Tiempo, se manifiesta en su imbricación heideggeriana donde la estructura misma del primero está en relación directa con el segundo: somos lo que todavía no somos y somos lo que ya no somos.

Asimismo, el poeta distingue reiteradamente entre el tiempo externo y el “tempo íntimo” (la durée de Bergson). En esta concepción, la vida no se agota por acumulación de años, sino por intensidad de experiencia, por exposición reiterada a la pérdida, al amor, a la violencia o a la lucidez. En el poema ‘Datación de la muerte’ leemos: El desgaste no pende del tiempo cronológico, / sino del otro, el íntimo, / el que fluye y corroe por dentro.

La memoria, como el tiempo, ocupa un lugar central en El íntimo cuchillo, pero lejos de funcionar como archivo estable o como refugio nostálgico, aparece como territorio fracturado, suplantado, poco fiable. El Yo poético se enfrenta constantemente a la sospecha de que recordar es ya falsear, pues la memoria es un topos ambiguo: no es asilo ni garantía de identidad, sino un espacio nebuloso, sujeto a distorsiones, olvidos y simulacros. Numerosos poemas cuestionan la fiabilidad del recuerdo y denuncian la ilusión de continuidad biográfica. El suelo ontológico se desvanece bajo nuestros pies ante la incertidumbre de lo recordado.

En ‘Amnesia’ esta desconfianza se formula de manera radical; sus versos registran la grieta identitaria que impide toda melancolía complaciente y sitúa a la memoria en un escrutinio trágico: Superviviente de sí mismo, nada / podrá ya devolverle los recuerdos / que el muerto se llevó consigo. // Y es su memoria suplantada simulacro / de esa vida ignorada, de una vida que tuvo / estatura de hombre, el pulso fiero / de la fiebre o el mar corriendo por sus venas. / recordar no es consolarse, sino reabrir la herida.

Esta idea se formula con contundencia en ‘Finalidad de la vida’: La hemos usado mal, / con resultados poco presentables, / pero, si estaba ahí, nunca fue por motivos estéticos, / sino para ser empleada, / bien o mal, como fuera, no importa.

La vida no se justifica por su belleza ni por su coherencia narrativa, sino por haber sido usada, incluso mal usada. En esta ética del agotamiento se inscribe también el poema ‘Exhausto’, donde se afirma: Descansa en paz aquello / que fue una vez poseído por la vida.

El reposo no llega tras el éxito ni la plenitud, sino tras el consumo total. Vivir es dejarse gastar. La escisión versal refuerza la idea de fragmentación del recuerdo. El pasado no se conoce: se acepta por consenso, como una narración tranquilizadora. De ahí que muchos poemas del libro adopten un tono de revisión crítica, de ajuste de cuentas con los relatos heredados —propios y ajenos—. La memoria confirma la bilocación entre el que fue y el que recuerda. En ‘Aquellos tiempos’, el pasado aparece como una construcción compartida y frágil: Tendemos a creer / comprensible el pasado / porque alguien nos ha dicho / que estuvimos en él.

En este sentido, el libro se inscribe en una tradición moderna de pensamiento elegíaco, próxima a autores como los poetas Ángel González, Gil de Biedma o incluso el filósofo Cioran en su vertiente aforística, pero sin caer nunca en el cinismo ni en la ironía distanciadora.

La muerte constituye otro núcleo fundamental de la antología, tratada no como acontecimiento excepcional, sino como horizonte constante que articula la experiencia vital, como presencia sistémica, siempre anticipada y reflexionada. López Lara rehúye tanto la trascendencia religiosa como el nihilismo absoluto: la muerte no redime ni otorga sentido, pero tampoco es mero vacío. Es, más bien, la instancia que obliga a medir el peso real de lo vivido. El poeta insiste en que nadie vive su propia muerte: la muerte es siempre un problema narrativo para los otros. Resulta especialmente significativa la insistencia en la idea de que la finitud es siempre tarea de los demás, un relato que se exige a los supervivientes: La vida que para él era infinita, / porque nadie jamás se sabe muerto, / nadie se ve morir, nadie muere en sí mismo (‘Post mortem’). Desde esta perspectiva, la muerte aparece como un constructo que se afirma en su narratividad: lo que sobrevive no es la vida, sino su relato, administrado por quienes permanecen. Esta conciencia de la muerte enlaza con la constante preocupación del libro por la reescritura del pasado y por la violencia que implica toda interpretación retrospectiva.  Asoma en algunas ocasiones el sentir epicúreo del Aleixandre de ‘Poemas de la Consumación’ (“Vivir es ver morir, y comprender que lo que muere es lo que más amamos”).

La extinción física no anula la vida del que muere, sino la relación que los otros mantienen con su recuerdo, que por ello se convierten en testigos. De ahí la importancia que supone la constatación de haber estado allí, pero no como dechado moral, como se pone de relieve en ‘El testimonio’: Por eso ahora solo quiere prestar testimonio —testimonio: no ejemplo o aviso—.

Asimismo, la obra desarrolla una ética del agotamiento, a la que ya nos hemos referido antes: Necesitábamos la vida / para hacer con ella esto. / La hemos usado mal, / con resultados poco presentables, / pero, si estaba ahí, nunca fue por motivos estéticos, / sino para ser empleada, / bien o mal, como fuera, no importa. / Lo primordial era dejarla usada, desgastada, / inservible y exhausta (‘Finalidad de la vida’).

No hay ideal de plenitud ni promesa de salvación; solo la exigencia de haber vivido con intensidad suficiente como para justificar el desgaste. En esta ética se percibe una inversión crítica del vitalismo: no se celebra la vida por su promesa, sino por su consumación.

El tratamiento del amor en El íntimo cuchillo se aleja deliberadamente de cualquier idealización. El amor aparece como espacio de exposición radical, de vulnerabilidad extrema, pero también como lugar de fracaso y es inseparable de la pérdida. Los poemas amorosos no celebran la unión, sino la huella que deja su disolución: la conciencia de lo irrecuperable, la presunción de que incluso los vínculos más intensos estaban ya atravesados por su futura ruina. No hay celebración del vínculo intacto, sino examen de su deterioro.  Volvemos a traer aquí el filme Un chien andalou para evocar ese fotograma final, en el que los amantes semienterrados en la arena —como réplicas de El Ángelus de Millet— muestran el estado de descomposición de dos carnuzos putrefactos en su excelsa anastasis de la dualidad Eros/Tánatos, que da carta de naturaleza a su idilio interminable.

El poeta se detiene en aquello que no ocurrió, en lo que faltó, en la impureza que no llegó a existir, como en el extenso y significativo poema ‘La dueña’, donde se formula una revisión crítica del amor idealizado: Echo ahora de menos / la dosis justa de inmundicia / que no hubo nunca entre nosotros. En este caso, la disposición escindida acentúa la pausa reflexiva entre carencia, deseo y juicio retrospectivo. La pureza aparece aquí como una forma de falsificación: lo verdaderamente vivido exige mancha, desgaste, conflicto. El amor solo se vuelve inteligible cuando ha sido erosionado por el tiempo y la conciencia: ciertas experiencias solo adquieren un sentido recapitulador, cuando ya han sido destruidas. El amor, como la vida misma, solo se vuelve descifrable cuando ha terminado, y esa legibilidad es siempre dolorosa. En este punto, la obra se sitúa en la citada tradición elegíaca que concibe el afecto como mutilación constitutiva, no como promesa de plenitud.

Alejandro Céspedes y Pedro López Lara durante la presentación de ‘El Íntimo Cuchillo’ en Madrid. Fotografía de Eugenio Rivera

Uno de los rasgos más notables del libro es su constante  reflexión sobre la propia escritura: es decir, estamos ante un libro metapoético: una meditación sobre la poesía, su origen, su función y sus límites. Lejos de concebir el poema como expresión espontánea o como refugio estético, López Lara lo entiende como un producto exigente, resultado de una labor de depuración y responsabilidad ética: la poesía es vista como gesto último y no redentor. La poesía solo adquiere densidad cuando se alimenta de lo ya perdido, de lo que no puede cambiarse. Por eso, en ‘Amago’ se define el lugar exacto de emergencia del poema: La poesía surge en el conato de mirar atrás, / en el umbral donde se yergue / petrificado lo que es cuando iba a ser.

Otro de los planteamientos más consistentes de esta antología es la negativa a atribuir a la poesía una función salvífica. El poema no redime, no corrige el pasado ni ofrece consuelo duradero. Su función es otra: nombrar con exactitud lo irreparable. No se alimenta del futuro ni de la esperanza, sino de lo ya herido, de lo perdido, de lo que aún arde en la memoria. De ahí la insistencia en imágenes de fuego, incisión y cicatriz: escribir es trabajar con rescoldos, con escombros, con materiales peligrosos. Por ello en ‘La poesía’ lanza una invectiva directa al célebre poema de Celaya donde la idea se formula de manera explícita: Si estuviera cargada de futuro, / sería insustancial, superflua.

El poema se sitúa en ese umbral: ni pura memoria ni pura invención, sino tensión entre lo ocurrido y lo que no llegó a ser. Esta concepción se traduce formalmente en una escritura sobria, de verso libre mayoritariamente breve, con un léxico preciso y una sintaxis clara, aunque no exenta de densidad conceptual. Algunos versos aspiran al rango del aforismo. La claridad no implica facilidad: los poemas exigen un lector atento, dispuesto a demorarse en los matices y en las resonancias intertextuales. La visión lírica de la existencia que nos propone el poeta es aquella en la que el lenguaje no solo describe lo que somos, sino que intenta rescatarnos del olvido ante la permanente y desencantada mirada de aquel.

La antología despliega una vasta red de referencias culturales que abarcan el cine, la pintura, la literatura y la mitología: intertextualidad y tradición cultural. Los apartados ‘Museo’ e ‘Iconos’ funcionan como espacios de diálogo con obras y figuras canónicas —Homero, Shakespeare, la tragedia griega, el cine clásico, la pintura barroca— reinterpretadas desde una sensibilidad contemporánea.

Estas referencias no operan como adorno erudito (para el poeta el ornamento y el delito van de la mano como para el arquitecto de la modernidad Adolf Loos), sino como espejos en los que el sujeto poético se reconoce y se interroga. Los mitos y las obras del pasado aparecen despojados de aura heroica y leídos desde su dimensión trágica, como relatos de pérdida, fracaso y lucidez extrema. Ese coloquio —una suerte de teatro lopezlariano— con la tradición refuerza así la tesis central del libro: la experiencia humana es reiterativa —sus dilemas fundamentales permanecen inalterables— mientras que los personajes de este drama personal son circunstanciales en su perenne tablado de marionetas.

El Íntimo Cuchillo es una obra de notable ambición intelectual y formal, que se inscribe con solidez en la poesía española contemporánea de orientación reflexiva y ética. Su mayor logro reside en la coherencia de su universo poético y en la honestidad radical de su mirada: no hay concesiones al efectismo ni a la complacencia emocional, sino una voluntad sostenida de decir la verdad —o, al menos, de no mentir— sobre la experiencia humana.

El libro exige un lector dispuesto a aceptar que la poesía no consuela, sino que acompaña en el reconocimiento de lo irreparable. En ese gesto —grave, honesto, sostenido— reside su fuerza y su singularidad dentro de la poesía española contemporánea. Sin embargo, esa exigencia forma parte de su propuesta estética: El Íntimo Cuchillo no pretende, pues, ofrecer respuestas sino afinar las preguntas. En un panorama poético a menudo dominado por la inmediatez y la confesión superficial, la obra de López Lara reivindica la quietud, la introspección reflexiva y la responsabilidad del lenguaje.

En definitiva, nos encontramos ante una antología que no solo reúne una trayectoria poética, sino que la interpreta y la somete a juicio, convirtiéndose en un ejercicio de autoconciencia literaria poco frecuente. El Íntimo Cuchillo confirma a Pedro López Lara como una voz madura, implacable y profundamente coherente, cuya poesía entiende la escritura como un acto de incisión lúcida en el tejido de la vida. Si la promesa del autor se cumple —y no hay por qué dudarlo— nos encontramos ante el fin de una estirpe que, como bien sabía el bueno de Borges, siempre es el fin de un mundo entero. Un universo en donde el corte limpio del filo de un cuchillo certifica su extinción bajo la desapasionada operación de la rúbrica del notario en el que se erige el poeta. Sintámonos, pues, afortunados por haber habitado en él.

Hemos sido también espectadores —y podemos levantar acta por tanto— de que la producción poética de López Lara acaba de forma tajante como el mejor de sus poemas: bajo el inopinado hachazo del fulmen in clausula, que ya garantiza a sus versos la legitimidad de la culminación absoluta. Nos consta que el poeta, gran aficionado al tango, en su admiración por ‘La última curda’ —otra postrimería en la magistral interpretación de Roberto Goyeneche “el Polaco”— suscribe que “la vida es una herida absurda” y que el “íntimo cuchillo” de Jorge Luis Borges —compatriota a fin de cuentas del anterior— tiene mucho que ver en ello puesto que en él refulge su absoluta y patente realización, como ya ha quedado dicho.

Estamos, pues, ante el “último grito” del último mohicano a pesar del estupor expectante y cacareante de los seculares mentideros de la tribu. “Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo”, cantó Neruda…

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Archivo Entreletras

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