
Nació un 14 de marzo de 1933, cumple noventa y tres años y es uno de los últimos actores británicos que queda de los grandes del cine de los sesenta. Le recuerdo a través de dos películas, El mago y El hombre que puedo reinar.
LA ADAPTACIÓN DE LA NOVELA EL MAGO, CON MICHAEL CAINE Y ANTHONY QUINN
La edición que Anagrama ha publicado de El mago de John Fowles es todo un lujo, novela escrita en 1965, después de otro libro importante del escritor, El coleccionista (1963), que fue llevado al cine con Terence Stamp y Samantha Eggar. Nos hallamos ante una obra maestra indiscutible, ya que todo cabe en El mago, la historia de un joven que abandona Inglaterra para irse a una isla griega, donde conoce a Conchis, un extraño personaje con poderes paranormales. Para Fowles, un magnífico escritor, El mago siempre será “Una novela de adolescencia escrita por un adolescente tardío”.
Nicholas Urfe abandona a su enamorada Alison y se va a una isla griega a dar clases de inglés. El colegio de clase alta le aburre y empieza a conocer los terrenos que le rodean, escritos maravillosamente por el escritor británico, de la estirpe de los grandes escritores ingleses como D. H. Lawrence, donde la poesía está siempre presente en la narración, la profundidad psicológica, la introspección de los personajes, el enorme detallismo de la Naturaleza que describe. Todos estos rasgos de estilo ya no se encuentran en la actualidad, lo que hace banales a la mayoría de las novelas que se publican, que se caen de las manos en las primeras páginas.
Pero todo eso no ocurre con Fowles, como tampoco ocurría con el magnífico cuarteto de Lawrence Durrel, tienen estos escritores la capacidad de hacernos entrar en la prosa para maravillarnos, para seducirnos, para que no abandonemos la lectura, porque las imágenes son poderosas y los personajes apasionantes.
Maurice Conchis es el mago, quien pudo o no pudo ser, nunca lo sabremos dado el grado de incertidumbre que rodea toda la historia entre la realidad y la ficción, como un juego de espejos, colaborador nazi y que vive recluido en un templo-palacio.
Fowles describe como si pintara un cuadro:
“La ausencia del viento que generalmente acompañaba al sol hizo que el sábado siguiente hiciera un calor agobiante. Habían empezado a cantar las cigarras en un estruendoso y confuso coro que no llegaba nunca a seguir un solo patrón rítimico…”.
Llegará a decir que “las cigarras cambiaban por completo el carácter de los pinares”, además, y en estas palabras me recuerda mucho a Lawrence dice: “El sol avanzó, cayó sobre mí, y me erotizó”. Pocos escritores logran ahondar tanto en la relación hombre-naturaleza. Lawrence lo hizo en Mujeres enamoradas, cuando Birkin se tumba en la tierra para sentir el orgasmo con la Naturaleza. Esta simbiosis logra que sintamos un placer inmenso, como si todo lo que nos rodeara cobrara belleza.
Todo en Fowles cobra protagonismo, pero los personajes que describe son magníficamente retratados, el retrato que hace de Conchis es magistral:
“Estaba casi completamente calvo, moreno como el cuero viejo, bajo y enjuto, de una edad imposible de determinar: quizás sesenta años, o setenta; llevaba una camisa azul marino, pantalones hasta las rodillas y unas zapatillas deportivas manchadas de sal”.
Llega a decir que su mirada era penetrante como la de los simios, lo que convierte la narración en un imán que nos va llevando al interior de la novela. No podemos apartarnos de los personajes, ya que nos atraen o nos repelen, pero nos importan, algo que no me ocurre en la mayoría de las novelas actuales. Fowles logra que sigamos las peripecias de Nicholas, su estancia en la casa del Mago, las hermanas que conoce, el deseo por ellas, hasta llegar al paroxismo final, que no cuento para no desvelar todo lo que esta inmensa novela cuenta.
El erotismo está presente, lo demuestra la Naturaleza, como también nos recordaba Durrel, al penetrar a través de Justine, Melissa, Pursewarden, Clea, Pombal y otros personajes en El cuarteto de Alejandría.
El personaje de Julie, cómo describe con la capacidad del amanuense que descifra un difícil texto el paisaje del cuerpo:
“Empecé a arremeter de nuevo. Dobló los brazos debajo de la cabeza, como si estuviera indefensa, doblemente desnuda, completamente a mi merced; una dejación adorable de todos sus miembros, excepto los riñones. La cama crujía débil y rítmicamente”.
En ese acto amoroso que describe con tanta nitidez Fowles, llega a decir: “Me corrí, antes de hora, pero de modo irresistible”.
La virtud de la novela es la capacidad para describir con esmero y talento el acto amoroso, sin pornografía alguna, sino con un aluvión de erotismo que nos hace imaginar la escena, como si estuviéramos presentes en la misma, como si fuéramos los protagonistas de una película.
Y la novela se llevó al cine, con Michael Caine, la bella Candice Bergen y el gran Anthony Quinn, como el Mago, pero no representaba la hondura del libro, sus múltiples perspectivas, porque en esta historia hay adoración a la Naturaleza, efectos paranormales, psicologismo, filosofía, etc, todo cabe en una novela mosaico de una época, donde se critica las convenciones burguesas y nos adentra en lo misterioso y lo onírico.
Pocas novelas he leído como esta, una verdadera obra maestra, donde he vivido profundamente los personajes, los he sentido y me he convertido en Nicholas, en Conchis, en las mujeres que aparecen y que son enigmas que va desvelando el tapiz de la historia.
Una verdadera joya que recomiendo, para volver a leer de verdad, hacia dentro, hacia el fondo de la vida, con un estilo brillante, que nos ofrece fogonazos de genialidad, algo de lo que carece, salvo excepciones, nuestra época.
EL HOMBRE QUE PUDO REINAR
Sean Connery siempre tenía porte elegante, sus diálogos nos hacían escuchar con atención, porque sus personajes parecían conocer el secreto de la vida, la verdad de la existencia. En Los inmortales o en Los intocables de Eliott Ness, pero también en películas tan hondas como La ofensa, dirigida por Sidney Lumet, con un genial Richard Harris al lado. Pero no hay que olvidar a su compañero de reparto, Michael Caine, que interpretó a Alfie en cine, La noche deseada y Zulú, entre otras muchas.
Si Connery era un tipo cercano pero también distinguido que se diferenciaba de otros actores ingleses (Connery era escocés) por su mirada seductora, que no se parecía a la de Olivier o a otros grandes como Bogarde, James Mason o David Niven. Michael Caine resulta irónico y deslumbrante, con ese rostro pensativo, que parece que no le importa nada, pero siempre consigue en todos sus papeles crear una atmósfera perturbadora (estuvo excelente en Vestida para matar, de Brian de Palma)
Recuerdo a Connery con admiración esa mirada irónica al mundo, donde el personaje de un hombre que parecía saberlo todo nos deslumbraba con su magnetismo. Si tuviera que elegir entre sus muchos papeles, creo que ese loco maravilloso de la película del mismo título de Irving Kershner, junto a Joanne Woodward, representa el tipo peculiar, el escritor algo alocado y neurótico que fascinaba a las mujeres.
Y de Michael Caine, que estuvo genial con Connery en esta película inolvidable, creo que uno de sus mejores papeles fue en La huella, con el magnífico Laurence Olivier, pocos actores hubieran conseguido una interpretación tan inconmensurable como Caine en esta gran película.
Pudieron reinar, como en la película de Huston, pero al final, todos somos de barro y su grandeza se terminó porque la muerte no entiende de grandes actores ni de tipos inmensos que despiertan admiración y atracción. Ahora, Sean ya descansa en las Bahamas, donde se fue a dormir y no despertó, un infarto se llevó a una leyenda, una más de las que se han ido en este largo y tortuoso camino de la vida. En la película de Huston hacían un tándem inolvidable, con la compañía de otro grande, Christopher Plummer.
Nos queda Michael Caine, un actor prodigioso que no necesitó más que su mirada y su talante irónico para deslumbrarnos.











