noviembre 2020 - IV Año

LETRAS

Feminismos: la mujer sobre la letra

Este artículo es una breve semblanza de un libro mayor: La mujer sobre la letra, que verá la luz en unos meses

feminismo2La figura de ‘ángel del hogar’ ha constado en la sociedad española de manera fulgurante desde el siglo XIX y hasta los últimos tiempos en los que todavía ‘pesa’ en el ambiente ciertos conceptos de los que todavía hoy tenemos que combatir, una sociedad cuyo poder se jerarquizaba represivamente hacia la actuación de la mujer. La Perfecta casada se basaba en el ideario de la domesticidad y el culto a la maternidad como máximo horizonte de realización de la mujer. Eso no es así, claro. Escritores y autoras alzaron su voz en contra de esa manipulación, por ello recojo algunos testimonios (hay muchísimos más) donde a la sazón intelectuales que cultivaban las letras se pronuncian de una o de otra manera. Es decir que los hombres decidían la función de la mujer en todos los aspectos de su vida y ante esta actitud las mujeres escriben y también algunos hombres en contra de esta ubicación maldita en la sociedad para ‘el sexo débil’. Un ejemplo de ello podemos leerlo en un artículo de Pompeyo Ferrer publicado en La Vanguardia del 26 de febrero de 1889. En esa fecha Galdós por ejemplo escribía Realidad una obra de reflexión muy moderna sobre el adulterio femenino a la sazón, en contra de la tradición calderoniana. Para muchas personas la identidad, hablamos de identidad social y/o personal de la mujer se subyugaba a su capacidad de reproducción, siendo considerada como inferior al hombre: ‘En sí misma, la mujer no es, como el hombre, un ser completo; es sólo el instrumento de reproducción, la destinada a perpetuar la especie; mientras que el hombre es el encargado de hacerla progresar, le generador de la inteligencia, a la vez creador y demiurgo del mundo social’. La mujer puede hacer a día de hoy lo que quiera, eso dicen, pero dedicarse a ser una intelectual en España sigue siendo un gran impedimento. La cosa viene de lejos.

A partir de ese momento del final decimonónico se van sucediendo escritos, estrenos de teatro, artículos, conferencias, charlas con la idea de ‘cambiar la mentalidad’ que de la mujer se tenía por aquellos años y aún hoy, especialmente cuando hablamos de las mujeres escritoras, filósofas, poetas o dramaturgas. Algunos reflexionan, otros intentan esgrimir (de esgrima) su pensamiento en representaciones de teatro o en algún que otro discurso. El 15 de septiembre de 1901, Costa, invitado por su amigo Miguel de Unamuno, abre los Juegos Florales de Salamanca con uno de sus discursos políticos más importantes, que luego se publicaría con el título de ‘Crisis política de España’. En Salamanca, desmarcándose de los discursos habituales en este tipo de encuentros culturales, que juzga ñoños, Costa aborda los problemas de España en ese momento. La parte programática de su discurso se encuentra en el apartado ‘Tres lecciones de Salamanca para España’. En ella, afirma que el problema fundamental de España se encierra en la fórmula ‘Nivelarnos con Europa, en lo físico lo mismo que en lo espiritual; que el español se eleve de la condición de avasallado a la dignidad de hombre, que alcance su plenitud de la libertad, así política como moral, o dicho de otro modo: que deje de padecer hambre, hambre de pan, hambre de instrucción, hambre de justicia, estos tres coeficientes necesarios de la libertad.’ Costa resume su pensamiento en cuatro virtudes necesarias para la acción pública en ese momento: Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza. Y claro es que a menudo se comparaba a la mujer española con las de otros países, porque el desarrollo de las otras mujeres era más despabilado pero menos ‘hogareño’. Es decir que la mujer española –a grandes rasgos- debía dedicarse de lleno a las tareas del hogar porque si no, la situación sería caótica.

Pero la confrontación social, la posible revolución no llegaba, tampoco hoy por mucho que nuestros intelectuales tiraran de su pluma como objeto de combate. De 1901 es Electra, un texto galdosiano revolucionario que acabó con el gobierno de Canalejas. Y se sucedieron otros estrenos como Juan José de Joaquín Dicenta, aunque en este último texto no fueran mujeres las protagonistas. Galdós continuó estrenando hasta el final de su muerte, obras que se centraron en la vida, costumbres y esencia de la mujer como ser, individuo social. En 1892 escribe Pardo Bazán: ‘Es la llamada cuestión de la mujer acaso la más seria entre las que hoy se agitan. No porque haya de costar arroyos de sangre, como parece que va a costar la social (con lo cual es íntimamente enlazada) sino, al contrario, porque, teniendo soluciones mucho más prácticas y de más fácil planteamiento, aunque hoy aparezca latente, vendrá por suave fuerza de la razón imponerse a los legisladores y estadistas de mañana y parecerá tan clara y sencilla (no obstante sus trascendentales consecuencias) como ahora. Si esa vieja tesis del destino de la mujer, identificado con el de la gallina sumisa y ponedera, prevaleciese, tendríamos que repetir las diatribas de ciertos pseudofilósofos que ponen a las monjas de ropa de pascua, porque, ¡oh traición, oh deserción cobarde!, faltaron a su deber no aumentando la prole de Adán con untar de mamoncillos…’

PardoDoña Emilia ataca al discurso pronunciado por el Marqués del Busto en la Real Academia de Medicina, cansada de que la mujer –ahora parafraseo a Germaine de Stäel- pasee su singular existencia, como los parias de India, entre todas las clases a las que no puede pertenecer, considerando que ha de existir por sí sola como objeto de curiosidad, tal vez de envidia. En ello profundiza la escritora gallega en que: ‘dependiente de los azares del matrimonio, si la mujer tiene esposo tendrá honra, virtud y pan. Mas si se queda para vestir imágenes, o no encuentra en el compañero el sostén que buscaba…entonces la estrechez, el hambre o el infame oficio que también, ¡también’, es un relativismo, porque depende del capricho viril’. Es esta la otra cara de la hipocresía varonil en la que nos encontramos, también hoy. Pero este tema lo dejaremos para otro día, hoy nos dedicamos a la opinión (sólo minúsculas opiniones) de algunas mujeres escritoras en lucha permanente contra los que ostentaban el poder de la escritura.

Doña Emilia afirma que el discurso del marqués es lamentable, arcaico y que únicamente pretende denigrar a la mujer, cuando ésta además quiere ser médica. La escritora desmonta completamente el alegato del marqués arguyendo en contra de que la mujer estudie y más concretamente de que la mujer estudie medicina. Con esas disertaciones sucedidas casi a diario en periódicos o salones, como un acicate para formar morales y éticas a diestro y siniestro, sobrevivían muchas iniciativas que también caían en manos masculinas, transformando en hipertextos cualquier cosa que de positivo y de fuerza emergente surgiera. Y lo peor o lo mejor que en este sindiós tenemos que aguantar es que los hombres, el poder, sabía perfectamente la crítica, la anulación que se golpeaba contra aquellas que querían defender cualquier cosa en pos de la mujer, como ya se leerá años después (y que incluyo en este artículo). Traigo con ello este texto de 1903 escrito en el ABC, J. Balmes y Foradada y titulado Charla Feminista

La emancipación femenina se inicia. El bello sexo sacude el yugo que los hombres le habíamos impuesto y busca su dignificación en el ejercicio de las profesiones varoniles. Las damas inglesas estudian ciencias y las artes, asisten a las Universidades, y poco a poco van recabando su intervención en la vida política. Las neozelandesas, nuestras antípodas, a cuyos pies, como es natural me pongo, ejercen el derecho de sufragio en las mismas condiciones que los hombres. De día en día crece en el número de médicas, ingenieras y literatas. Las ladys norteamericanas cultivan todos los deportes y oficios varoniles como cualquier mister, y fundan poderosas asociaciones encargadas de mantener sin menoscabo los derechos femeninos contra cualquier atentado. En Francia, en Alemania, en todas partes se alza la voz de la mujer reclamando sus indiscutibles prerrogativas. En España, en cambio, la reacción es tibia, tranquila, la emancipación es lenta…mejor aún, pesante, según el tecnicismo musical. Aquí, fuera de los oficios de institutrices, matronas y otros análogos que no nos hemos atrevido a reservarnos los varones (ago había que dejar a las señoras) hemos monopolizado todas las profesiones, a todos los cargos, nos hemos erigido en tiranuelos del sexo llamado débil, que a veces resulta fuertecito…muy fuertecito…A la mujer no le hemos concedido otro medio de resolver el problema del vivir que el matrimonio…y gracias.

Y es que en aquella realidad, en aquel contexto de la sociedad española no había manera de salir adelante. Incluso para las mujeres burguesas (recuerdo personajes galdosianos como Jacinta, Isidora, Augusta) Juanita la Larga, pepita Giménez, Ana Ozores, tenían su afrenta personal con la fertilidad porque si no tenían hijos, aunque tuvieran una vida cómoda, no tenían nada que hacer en la sociedad a la que pertenecían.

Los españoles, a pesar del caballeresco culto que a la mujer rendimos, tan cacareado por las historias, hemos sido implacables con el bello sexo. Le hemos negado y le negamos una educación amplia y moderna, le hemos secuestrado hermosos derechos, como si la naturaleza no hubiera dotado a la mujer de corazón, de cerebro, de alma.

feminismo4Reconocemos en la mujer aptitud para gobernar un pueblo, y la incapacitamos para gobernarse a si misma. La declaramos responsable de sus actos, y fiscalizamos su iniciativa. Es libre y la hemos esclavizado; de ella recibimos los gérmenes de nuestra cultura, y le negamos una educación completa. Pero los tiempos varían; el feminismo se impone. Nuestro deber es elevar el nivel intelectual de las mujeres, pertrecharlas de medios de vida, hacer nuestra compañera de la que fue nuestra esclava.

No eran muchas las mujeres que tenían la oportunidad de medirse con los hombres en cuanto a calidad de los trabajos, en cuanto a reconocimiento de la profesión, por ejemplo de ser escritora, dedicarse a las letras de alguna manera. Emilia Pardo Bazán fue crítica con sus colegas, con los estrenos, con las publicaciones. Había que escucharla en el Ateneo, autoeditó la revista Nuevo teatro crítico, con sus propios fondos y esfuerzos. Por ejemplo, cuando Galdós publicó Tristana, salió al quite del propio personaje, explicando las luces y las sombras del planteamiento que había realizado don Benito. Esta es parte de su comentario:

Hay algo de sagrado en esa crisis del alma de Tristana, que sacudiendo su irreflexión y pasividad muñequil, sin ideas propias, sustentada por las proyecciones del pensar ajeno, florece de improviso como planta vivaz y se llena de ideas, en apretados capullos primero, en espléndidos ramilletes después; que se siente inquieta, ambiciosa de algo muy distante, muy alto, y que a medida que se cambia en sangre y medula de mujer a estopa de la muñeca, va cobrando aborrecimiento y repugnancia a la miserable vida que lleva en poder de don Lope Garrido.

Sola, retirada, sin confidentes, sin desahogo ninguno, Tristana confía sus aspiraciones nuevas ¿a quién? A la criada Satura, con su sentido práctico de dueña marrullera, advierte, a Tristana de los riesgos que corre. ‘¿Sabe la señorita como llaman a las que sacan los pies del plato? Pues las llaman, por buen nombre, libres…Si ha de haber un poco de reputación, es preciso que haya dos pocos de esclavitud. Si tuviéramos oficios y carreras las mujeres, como los tienen esos bergantes de hombres, anda con Dios. Pero fíjese, sólo tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro… vamos, ser cómica, que es buen modo de vivir, o…Y contesta tristemente la señorita: ‘Ya sé, ya sé que es difícil eso de ser libre…y honrada. ¿Y de qué vive una mujer no poseyendo rentas? Si nos hicieran médicas, abogadas, siquiera boticarias o escribanas, ya que no ministras y senadoras, vamos, podríamos…Pero, cosiendo, cosiendo…Calcula las puntadas que hay que dar para mantener una casa…¡Ay, pues si yo sirviera para monja, ya estaba pidiendo plaza en cualquier convento! Pero no valgo, no, para encerronas de toda la vida. Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de por qué y para qué nos han traído a esta tierra en que estamos. Yo quiero vivir y ser libre…’

No hay más remedio que aceptar que desde principios de siglo había una colosal necesidad de cambiar la sociedad española. Un cambio desde los y las intelectuales que se planteaban con claridad la situación social, la cuestión social de unos y de otras entre los poderes sociales. Blasco Ibáñez, Pardo Bazán, Galdós, solamente por mencionar quizás las plumas que mayor poder ejercían en la sociedad hispana. Ellos eran los más privilegiados, sin duda. Ahora la Ley Orgánica 3/2007 del 22 de marzo para la Igualdad Efectiva entre mujeres y hombres establece en el Título II, Capítulo II, la acción de la educación en materia de igualdad entre mujeres y hombres en los distintos estadios del ámbito educacional, especialmente en el artículo 24 f se requiere «El establecimiento de medidas educativas destinadas al reconocimiento y enseñanza del papel de las mujeres en la Historia». Menos mal, y eso es lo que hacemos en las aulas. Hablamos de educación y hablamos de instrucción, creo que son cosas distintas. El camino parece largo y angosto ¿verdad? en lo que a fondo cultural de escritura y pensamiento se refiere. Parece que hay que estar reivindicando lo que en realidad es porque sí y debería ser incuestionable, la calidad de ésta, el nivel de aquél. Ciertamente.

feminismoPor ejemplo cuando Cuando Sofía Casanova estrenó su texto La Madeja apoyada por Pérez Galdós cuando éste estuvo de director del teatro Español, la recepción de la crítica no fue demasiado optimista. Era una obra de texto e ideología liberal. Sofía Casanova era una gran mujer, cosmopolita, corresponsal de guerra, única en nuestro país. El mismo año se estrenó Celia en los infiernos, y ambas obras tienen algunos elementos en común, sin embargo la crítica no fue igual con Galdós que con Casanova. Por ejemplo, En El Liberal, Manuel Bueno, escribió

Ausente largo tiempo de su patria, Sofía Casanova ha cedido a la ilusión de creer que nuestras mujeres valen más que las de otros países. ¿Ilusión he dicho? Tal vez realidad. La mujer española, limitada de cultura, rutinaria y misoneísta, vale más tal vez en el terreno sentimental que sus similares de otros pueblos. He observado que cuanto más culta la mujer da menos al hombre. Los libros la emancipan, no ya intelectualmente, redención excusable, sino en lo sexual. Las muchas ideas obscurecen en ella el sentimiento del deber. Muchos maridos achacan sus infortunios conyugales a la excesiva curiosidad mental de sus mujeres. Ellos las hubieran preferido más toscas y sencillas, pero más fieles. Este modo de discurrir no acredita una regla. Por de contado. Yo sé de mujeres inteligentísimas y cultas, férreamente asidas a la disciplina del deber, que se dejarían matar, como la Lucrecia romana, antes de abdicar ciertas primordiales virtudes, decoro de su sexo. En el extranjero, la mentalidad femenina es, por lo general, superior a la de nuestras mujeres; pero el sentido del hogar está también más relajado. No caigamos, sin embargo, en ciertas supersticiones, ni se envanezca demasiado nuestro orgullo de patriotas. En otros países –vivo y reciente está el ejemplo de Inglaterra-, cuando la mujer desciende a la arena política va movida, por estímulos humanos y por un ideal de justicia. Aquí la mujer no es más que un cómplice pasivo del egoísmo clerical. ¿No lo ha observado Sofía Casanova? Por supuesto, que eso ocurre a causa de la falta de personalidad del hombre. Si éste limitase las iniciativas de su compañera, no se daría periódicamente en España el vergonzoso espectáculo de ver a las señoras estorbando la acción del Poder público en materia tan delicada como la enseñanza.

Este texto, a todas luces desafortunado representa una de las flores que los escritores lanzaban contra aquella mujer que quería escribir, que se dedicaba a las letras y/o que era una intelectual. Si algún mal se cometía con la idea de ser libre o de tener derecho a una educación o de poder tener los mismos derechos que un hombre, el mayor escollo para la mujer ha sido competir en materia de literatura y de filosofía. Como digo esto es debate mayor de un texto que verá la luz ‘si algunos hombres quieren’, que en materia de enemistad literaria las mujeres a día de hoy tenemos las de perder.

Con ello vuelve Manuel Bueno, vuelve años después en 1934 con su artículo titulado La mujer en el periodismo, a reconocer lo que él mismo vivió y que tanto él mismo como otros tantos plumas, plumillas y plumetes hicieron invisible volviendo el rostro a otro lado, escondiendo la cabeza debajo del ala, ya que hablamos de plumas.

Hubo un tiempo, que la gente de mi generación ha conocido en que era un tópico ingenioso el zaherir las pretensiones literarias de la mujer. La misma doña Emilia pardo Bazán con todo su magnífico bagaje, no pudo sustraerse del todo, a los efectos de la mordacidad masculina. ¡Qué de ironías de mal gusto, impresas en los periódicos, hubo de soportar la ilustre dama! Ni los críticos más conspicuos se abtuvieron de mortificar alguna vez con menudas injusticias de esas que suelen ser a menudo el disfraz de la envidia. ¡Y pensar que ya para entonces había dado la inteligencia femenina en otros países, la medida de su gloriosa fecundidad (…)

feminismo5¿Por qué le interesa a Bueno hablar de las mujeres de allende las fronteras y no hicieron nada por las que aquí había? Es evidente que la educación de las mujeres (descarto ya de lleno educación literaria) se debe situar dentro del conjunto de las transformaciones que se van produciendo en la familia a lo largo de todo el período que aquí estamos estudiando, siglo XIX hasta la República. Después no hace falta hablar más de lo que está sucediendo y en ese sentido el poder burgués, los intereses también del Estado, tiene a muy en consideración desde el punto de vista de la explotación social y trabajador gratuito, que el trabajo doméstico de éstas era una pieza clave en el desarrollo de la sociedad capitalista, ¿alguien puede dudarlo? Claro que no, por eso todos los esfuerzos se dirigían a este fin, a que la mujer asuma a contracorriente su sumisión a las tareas domésticas.

Pero en general la causa más probable de la intervención de la mujer en la vida literaria ha sido, por lo menos fuera de España, el desmedido apego del hombre a las cuestiones de orden práctico que le conducían a dar de lado las necesidades del espíritu. En esas circunstancias ¿Quién sino la mujer debía suplir una omisión tan trascendental? La religión misma, sino velase por su integridad el celo femenino ¿no habría degenerado ya en una rutina vacía de substancia sentimental? Es posible que alguien considere estas reflexiones un tanto exageradas y que atribuya el valor de un homenaje tributado al sexo más interesante, lo que no es en mi pluma sino estricta justicia. ¡Qué le hemos de hacer! Yo no pienso rectificar mis puntos de vista. La mujer es pese a sus deliciosos defectos, lo único que vale la pena de vivir.

Los que se dieron cuenta de que habían esclavizado a la mujer, tampoco luchaban firmemente por liberarla. El que más o el que menos se servía de ellas, el propio Galdós fue siempre atendido en todas sus necesidades por mujeres, sus hermanas, las que le procuraban una vida feliz y eterna para que pudiera escribir. La educación para sus hermanas, por ejemplo, no fue la misma que para él, claro. Y en ese afán de ‘tener que agradar’ se desplegaban los talentos de las mujeres de España, hasta hoy en que de alguna o de otra manera tenemos que seguir agradando por que sí. De otro lado, tanto éstos o aquellos me parecen siempre de actitud paternalista, de una actitud que en realidad se traduce a no querer reconocer el hecho de que en materia de letras o de filosofía, una mujer puede llegar a ser incluso mejor. Seguimos contando con los dedos de la mano. No me refiero con ello a competir, me refiero a la anagnórisis, a la verdad y a saber reconocerlo, a procurar la misma cota de calidad que se confiere a demasiados hombres, simplemente porque lo son. No me negará el lector avezado que a la escritora ( a las pocas que hay) se le somete su trabajo a exámenes contundentes, mucho más que a sus homólogos. Y eso ocupar un lugar de poder, hasta que llegue ese día grande, no haya actitudes de resabio hacia la que comienza a escribir, cuando muchas de ellas tienen más material escrito y tienen en su cabeza mayor instrucción que muchos hombres que hablan pero no hacen. Igualdad en cuestión de talento es difícil, tema de controversia es sin duda, apuesto más allá y que el lector reflexione porque aquí, sigue sin pasar nada.

 

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