enero 2021 - V Año

ENSAYO

John Rawls: un nuevo paradigma contractualista basado en la justicia redistributiva

...la memoria es un rumor apenas
que roza con sus alas inocentes
la paz inmensa en el silencio justo
Eliseo Diego.

rawlsUn mundo tan globalizado e interdependiente como el nuestro, está mostrando su faz más inhumana. Se va pareciendo cada vez más a una pesadilla kafkiana. Cada día emergen camuflajes nuevos para ocultar el progresivo avance de totalitarismos que parecían erradicados. Frente a tantos proyectos basados en mostrar la supuesta eficacia del empleo de la fuerza unido a la insensibilidad, frente a tantos mandarines que imponen sus caprichos con total desprecio por el sufrimiento de millones de personas y por el futuro del planeta todo parece abocar a un callejón sin salida. Cuando Europa no es más que un juguete roto y el desastre se avecina… hay que escuchar las voces que nos invitan a reaccionar.

El panorama es sombrío. Hace tiempo, que no se escucha a nadie hablar de justicia. La solidaridad y la cooperación se baten en retirada. Casi nadie hace nada por poner coto a tantos prejuicios… En unos momentos como estos, hace falta reivindicar el pensamiento crítico, la política como herramienta frente a tanto cansancio y depresión. Atrevernos a recordar que la filosofía ayuda a plantearse los problemas fundamentales del hombre, aunque nos ahogue la miseria moral y que suele ser también, una invitación a la acción.

Parece que hemos olvidado a dónde conducen la fractura social y el aumento de las desigualdades, ni lo que los nacionalismos han traído consigo en un pasado reciente. Ya es hora de que hagamos oídos sordos a quienes prometen inconsistente y malévolamente soluciones fáciles a problemas difíciles.

Cuando las distopías amenazan con arrasarlo todo, frente a tantos teoremas catastrofistas, hay que decir basta y disponerse a sortear emboscadas, pertrechados con una filosofía moral firme y humanista.

rwls2En medio de tanto pesimismo que conduce a un cruce de caminos paralizante, es preciso buscar referentes que nos hablen de nuevas formas de convivencia y de un nuevo paradigma contractualista que ponga en valor a la democracia constitucionalista, que crea en la justicia social, en la redistribución de la riqueza y en la solidez de los principios que propugnan una integración efectiva de los diferentes.

Tenía un poco olvidado a John Rawls. De un tiempo a esta parte todo invita a repensarlo. Se trata de uno de los filósofos más influyentes en el ámbito ético y en el de la Filosofía Política, de la segunda mitad del siglo XX y muy especialmente de las décadas de los setenta y ochenta.

Quizás, el eje fundamental de su reflexión sea el de la Justicia y sus implicaciones. Su obra más conocida y estudiada y de paso la que más impacto causó ‘Teoría de la Justicia’ 1971, supuso un auténtico aldabonazo, tanto en Estados Unidos como en Europa. Su impacto en España fue notable. Una pensadora tan autorizada como Victoria Camps, reivindicó su pensamiento en varias obras, sobre todo en ‘La imaginación ética’. No es el único caso, también, reconocieron sus aportaciones éticas y políticas los profesores, Fernando Vallespín y Miguel Ángel Rodilla, entre otros.

El pensamiento Rawlsiano fue en su día un soplo de aire fresco. Pese a la influencia del utilitarismo en Estados Unidos se muestra rígidamente en contra. Defiende un liberalismo político, inequívocamente progresista. Dándose la aparente paradoja de que mientras el liberalismo económico era defendido por fuerzas y sectores, cada vez más reaccionarias, el liberalismo político, en cambio, frecuentemente, gira hacia la izquierda. Desde luego, ese es su caso.

La justicia es uno de los pilares del pensamiento republicano clásico. Hoy, no está de moda hablar de justicia pero los romanos del periodo de la República y antes los griegos la elevaron a un rango de primera categoría. Esquilo, por ejemplo, señala con su habitual maestría que ‘la justicia se inclina hacia aquellos que sufren y les proporciona comprensión’. Por su parte, Sófocles afirma que ‘la lengua justa tiene gran poder’, pero quizás sea el filósofo hedonista Epicuro quien acierta a darle una mayor consistencia al señalar que ‘lo justo según la naturaleza es un acuerdo de lo conveniente para no hacerse daño unos a otros ni sufrirlo’. El olvido y el desprecio de las humanidades han ido convirtiendo en papel mojado estas y otras reflexiones sobre la justicia.

John Rawls es un pensador multidisciplinar y transdisciplinar. Tal vez por eso, ha encontrado tanto eco entre sociólogos, politólogos, juristas y otros científicos sociales. De hecho, sus obras supusieron una reactivación de la filosofía política y sirvieron para colocar a la filosofía moral en un espacio de centralidad. Por si fuera poco, puso en circulación una serie de términos y conceptos como equilibrio reflexivo, justicia como equidad o velo de ignorancia, para poner de manifiesto las dificultades de una elección desprejuiciada y operativa.

Erewls3l nuevo Contrato Social que propugna, es un ideal de ciudadanía y es capaz de establecer un nuevo modelo consensuado que ha de basarse en los principios de justicia equitativa y redistributiva.

Llegados a este punto, aunque de forma sucinta, se hace necesario ahondar un poco en las raíces de sus postulados.

El filósofo político que se apoya en principios éticos fue capaz, desde Princeton y Harvard de poner ‘patas arriba’ lo que parecían principios inamovibles de una sociedad más conservadora de lo que ella misma se creía. Lo primero que cuestiona es el alcance del término justicia y su necesaria reformulación. Para él, la justicia es inseparable de la aspiración a la igualdad; ahí es donde entra en juego la justicia distributiva para reforzar el concepto de equidad.

Otra idea, muy representativa, de su teoría es su defensa de la Ilustración. Su pensamiento tiene sus raíces en ella y se proyecta hasta el presente con la pretensión de enjuiciar críticamente las organizaciones sociales actuales y sus instituciones. Confronta sus planteamientos con valentía y polemiza con los pensadores posmodernos más agresivos. Sobre todo, en lo concerniente a la validez de un paradigma universalista ilustrado. Rawls se sitúa nítidamente en lo que podríamos llamar la corriente neo-ilustrada, acepta sus valores universalistas pero los reformula y los adecúa al presente.

Para él, la justicia ha de ser equitativa y un instrumento para combatir las desigualdades sociales y económicas. Se muestra decididamente partidario de que para la realización de una justicia equitativa hay que dar más a quien menos tiene y ensayar soluciones que favorezcan a todos, especialmente, a quienes parten de una posición más desfavorable. El mecanismo corrector es una redistribución que mejore la situación de los más débiles.

Cuando se lee con detenimiento a Rawls no es difícil rastrear el influjo de Hume ni hallar unas bases kantianas sólidas e indiscutibles que, eso sí, deben ser actualizadas y aplicadas a los modelos vigentes. Contra lo que han expuesto algunos de sus críticos, Rawls apuesta decididamente por un concepto social y práctico de la justicia y se aparta de las concepciones meramente metafísicas y epistemológicas.

john-rawlsPodría afirmarse, que su pretensión no es otra que sentar las bases de una democracia constitucional moderna, desde un rechazo explícito, tanto de toda forma de totalitarismo como de su tergiversación y falseamiento por parte de quienes desvirtúan su significado más genuino hasta hacerla irreconocible. Para él uno de los retos cruciales de los sistemas democráticos actuales es consensuar y construir un modelo que nos permita vivir juntos sin provenir de la misma cultura y sin compartir, necesariamente, un único código moral.

Me parece interesante hacer mención de las críticas que John Rawls ha recibido desde la izquierda y la derecha. El prestigioso pensador marxista canadiense Gerald Cohen considera, por ejemplo, que el liberalismo es incompatible con instituciones igualitarias que practiquen una justicia redistributiva ya que la desigualdad es intrínseca al sistema capitalista. La historia ha venido demostrando que no es ni mucho menos infundada esta posición. Por su parte, Robert Nozick a quien puede definirse como perteneciente a un liberalismo conservador o mejor aún, un ácrata de derechas, considera que cuando las desigualdades económicas se derivan de un intercambio voluntario no tienen por qué ser injustas. En esa misma línea, homologa los impuestos al trabajo forzoso y afirma que un sistema que quite más a los que más tienen y lo reparta entre los más desfavorecidos, tiene una base injusta. El liberalismo conservador nos obsequia, frecuentemente con esta clase de lindezas.

Nuestras reflexiones tocan a su fin. De las anteriores páginas se desprende que ahora más que nunca hay que leer, repensar y debatir en torno a las propuestas de John Rawls. Por supuesto, se puede coincidir o no con sus principios y derivaciones, pero para entender la filosofía política de la segunda mitad del veinte y para seguir haciendo cávalas sobre por qué y para qué necesitamos la justicia y cómo organizamos las bases de convivencia sobre principios de equidad, es imprescindible reconocer su legado y repensar tanto sus soluciones como el método para alcanzarlas.
John Rawls de alguna manera sigue entre nosotros. Su amplia sonrisa irónica y generosa nos invita a pensar nuestro presente, a construir una sociedad más justa… y, sobre todo, a salir del letargo que nos inmoviliza.

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