marzo de 2026

‘Hacia el azul del cielo’, de Fernando Fiestas

Hacia el azul del cielo 
Fernando Fiestas
Prólogo de Miguel Ángel Curiel
Portada e ilustraciones interiores de Fernando Fiestas 
Huerga & Fierro Editores, 2026
80 pp.

Mi querido señor / ¿habéis concluido ya el autorretrato?, pregunta y se pregunta Fernando Fiestas, bajando con estos dos provocadores versos el telón de “Hacia el azul del cielo”, que hoy celebramos, en un alarde de talento pues resume con esta interrogación el propósito último de este libro último de nuestro último poeta, más seguro que nunca en su decir lírico, a la estela de sus anteriores entregas en Huerga y Fierro, “En el temblor común” (2019), y “Lecciones de fábulas” (2023), voz personal, mundo propio, inquisidora mirada de artista completo que nos brinda en este viaje “hacia el azul del cielo” sus reflexiones vitales, los hallazgos que bien resumen los versos que cierran su definitivo poema ‘En un balcón redondo’, sobre el que luego volveré: Y muy lejos de mí / como si me buscara sin descanso / un niño como yo / con sus dos rebanadas de pan pobre.

Melillense de pro, doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, poeta de condición y vocación con cinco libros de versos publicados, Fernando Fiestas llega a esta sexta entrega en plenitud, sereno de pluma y de pincel, con un libro organizado en cuatro capítulos de sugerente título: Así las voces, porque hay voces que siempre resuenan y en soledad nos acompañan; La huellas que dejamos, porque si según Søren Kierkegaard: “La vida solo puede ser entendida hacia atrás, pero debe ser vivida hacia adelante” el trámite de vivir sin daño se asume mejor asumiendo las huellas propias y ajenas como parte esencial del escenario que nos lleva del dormitorio a la parada de autobús, pasando por tanatorios, avenidas y salones; Entre el papel desnudo y las palabras, tercer capítulo con siete poemas que honran los ecos de Rimbaud, Mallarmé, Rilke y el gran Vallejo maestros muy queridos por Fernando; y Los monjes de las islas, cuarto capítulo, donde el poeta —¿con dolor, con resignación, con inquietud?— reconoce que “no importa que la vida quede en una promesa / a la que renunciamos por ser fieles al miedo”, dos versos de hondo decir que nos siguen acompañando a libro cerrado, camino ya de su anaquel. Libro que, además, incorpora ilustraciones a color con firma de nuestro poeta pintor y viceversa, dispuestas en círculos, y donde encontramos el remate de la cúpula de la Casa Roja, muy representativo edificio art-decó de la ciudad de Melilla, homenaje del autor a su abuelo.

El poeta de las dos rebanadas de pan pobre no da tregua al lector en este libro que profundiza en las certezas y contradicciones que acompañan nuestro paso por este asunto urgente y transitorio que llamamos vida, la que pensábamos disfrutar a sorbos

lentos y nos devora sin contemplaciones. Un libro balance, confesional, espejo para vernos reflejados pues todos lucimos cicatrices parecidas. Aviso a navegantes: los treinta poemas que nos esperan no hablan del azul del cielo; hablan, con descarnada lucidez y crudeza, del viaje que emprendemos para intentar alcanzarlo, viaje hacia el azul, expedición en soledad de uno hacia un cielo acogedor que siempre queda lejos.

Me debo a mi justicia, afirma Fernando Fiestas en el esclarecedor poema ‘Cielo impío’, pues de cielo hablamos y ese es el destino. Un lector atento descubre en estos versos las veladuras, claroscuros y degradados del retrato al óleo que nos ofrece el autor, verso por pincel en boca cuando nos dice: debo al pozo del agua / la causa de ser hombre / sin poder orientarme / por su infinita grieta // Hace mucho que no me reconozco.

Toca decir ahora que este libro no está escrito alla prima, dícese cuando pintas un cuadro a la primera y terminas la obra en una sola sesión mientras la pintura sigue húmeda, aplicando pintura nueva directamente sobre capas que todavía están frescas; este libro, cada poema, ha tenido su tiempo de cochura pues no es nuestro autor dado a la precipitación innecesaria ni al reconocimiento vicevérsico entre colegas desalentados; Fernando escribe fiel a la regla de oro de “graso sobre magro”, que si en pintura consiste en aplicar capas con más aceite sobre capas con menos aceite evitando así que el cuadro se agriete al secar, en poesía se corresponde con el principio de “tras el arrebato, cautela”, pues si el poeta escribe arrebatado cuando inspiración y circunstancias mandan, y ahí el gozo, y ahí el regalo de reconocerte por un instante poeta, escribir del tirón, como al dictado de otro y ese otro eres tú, si así el poema recién llegado al cuaderno de los fracasos pero este no, este es, creo, me parece, diría yo que este es un buen poema, entonces, en soledad, hay que dar paso a la cautela, dejarlo reposar, alejarse como nos alejamos de las amantes despechadas y los colegas trepas, porque escribimos para conocernos y reconocernos, y somos lo que escribimos, pero somos también, y antes, lo que publicamos para que nos reconozcan. Y así, bien tallado por su autor, reconocemos a Fernando y nos reconocemos cuando en ‘Cielo impío’ nos dice: Tanto de circular tiene el silencio / cuando nos encontramos a nosotros mismos, / esta palabra “nunca” que resuena / tan honda como un largo cielo limpio. / Como el grito negado tras los montes, / testigos de la Fe, / con la voz íngrima / que llama al heredero por su nombre.

Somos lo que publicamos. Y don Fernando viene de su libro “En el temblor común”, un libro de horas publicado en 2019 para, según nos ilustra en su prólogo Manuel Cortijo, “izar una exploración indagatoria del sentimiento espiritual, trenzado muy al margen de cualquier convenio o imposición material”. Y superada brillantemente esa exploración, nuestro poeta viene también de “Lecciones de fábulas”, 2023, “una obra esperanzadora para el espíritu y para la mente, que nos pone delante de los ojos la belleza y la grandeza de un mundo que con demasiada frecuencia se nos muestra triste”, al decir de su prologuista Ana Montojo. Fuerte abrazo, ahora y aquí a tan buenos y queridos amigos. Estamos, pues, ante un poeta de pausado decir que hilvana sus poemas al dictado de un proyecto que nos irá desvelando, inspiración y tiempo mediante, su personal manera de recibir cuanto la vida ofrece.

Fernando Fiestas

Quisiera ahora volver al poema ‘En un balcón redondo’ —página 44— donde recibe Fernando en el primer verso una vista con ventanas. Hay ciudades que merecen un viaje, como hay negocios que merecen una quiebra, y parejas un abogado; y hay poemas que merecen perdurar, más allá del libro que los alberga, poemas testimonio y testamento, a cada lector los suyos. Es el caso, a mi parecer, de este balcón redondo, bien acompañado por algunos otros, que no desvelo pues para gustos los fonemas. Un balcón, nos dice el poeta para mi triste edad, poema balance y peripecia, donde su autor afirma: soy tiempo que se rompe lentamente / pero mi alma perdura. El poeta afirma recibir una vista con ventanas, pronto no la tendré. / Nadie preguntará por mis pisadas / ni por mis hijos.

¿Resignación? ¿Fatalismo? Aceptación más bien de lo inevitable en el callado concierto del destino, como bien anticipa en estos versos rotundos que nos ofrece en el poema ‘Compás de espera’: Hay un yo niño frente al yo hombre / que sigue preguntando por las horas perdidas. // Aparece y desaparece. // Consume el chocolate que olvido / en la nevera.

Dice Miguel Ángel Curiel en su excelente prólogo sobre este libro paleta, libro pincel y claroscuro de quien por vivido cuenta lo justo y lo hace bien, que la poética y la poesía de Fiestas son “la alucinación de quien es capaz de ver por detrás y por delante”. Y bien lo demuestra, a título de ejemplo, en el poema ‘En el congreso de Babel’ —página 26—, alojado en el primer capítulo “Así las voces”, cuando dice: Debatieron preguntas los peritos / sobre cuando un poema se da alcance / a sí mismo de incógnito. // … // Hicieron un glosario de lo efímero / con sugerencias / acaso nombres como nubes rojas / en la memoria // ¿Y si decir simera y no jengibre / anzumia por muchacha / o gauro por derroche? //… // Nadie supo decir dónde alzaron la torre.

Lean este libro. Encontrarán a un poeta que cuando tiene que decir derroche no dice gauro, y cuando una joven se acerca al compás de un endecasílabo es bienvenida con el nombre de muchacha, nunca anzumia. Fernando Fiestas escribe desde su hondón y su verdad, para que todos nos sintamos concernidos, dándonos con su poesía un asidero porque, y aquí termino con estos versos suyos: La vida cotidiana es un teatro / en el que los actores acostumbran / a olvidarse de sí mismos / en su papel de figurantes.

(Este texto fue leído por su autor como presentación al poemario “Hacia el azul del cielo” de Fernando Fiestas el 12 de marzo en el Espacio Huerga y Fierro de Madrid. En ella intervino también el poeta y cantautor Alberto Ávila Morales con su música).

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