agosto 2021 - V Año

‘En la línea que dibuja el instante’ de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

En la línea que dibuja el instante
Isabel Fernández Bernaldo de Quirós
Ediciones Vitruvio, 2021

La atención de Quirós es delicada y amorosa a la vez. Consciente de que la mejor arma contra el olvido es la memoria, custodia sus recuerdos transformándolos en poesía, para invitarnos a un encuentro personal con la naturaleza y con todos los momentos luminosos que jalonan nuestras vidas. En su último poemario, En la línea que dibuja el instante, encontraremos poemas referidos a las pequeñas cosas del día a día, a la humilde vida en la que ella descubre la verdadera grandeza, a las fases y estaciones del amor, a la naturaleza, de la que recibe la serenidad y quietud que tanto necesita, pero también a una cotidianeidad a la par dolorosa y hermosa, hecha de resurrecciones y muertes, de luces y sombras, de afectos y pérdidas, y también de esa voluntad de retar a la voracidad del tiempo y a la muerte a través de la memoria, la poesía y el amor. La memoria como identidad y refugio, la naturaleza como fuente originaria, y el amor como actividad esencial del hombre.

El libro se estructura en dos partes que no rompen su unidad estilística ni su latido temático. En la primera, la poeta vuelve sus ojos a la naturaleza y a la vida cotidiana, dibujando retazos poéticos llenos de gratitud y nostalgia, y también, a menudo, de profundo dolor.

La poeta realiza descripciones detalladas desde una mirada que busca eternizar los instantes de plenitud que el tiempo nos regala y nos quita. La personificación de las cosas inanimadas es una constante, las dignifica, las convierte en elementos vivos. Parecen latir compartiendo las emociones del sentir humano.

Isabel descubre en la naturaleza una espiritualidad y un lenguaje secreto  incomparable en su belleza. Sus poemas en muchos momentos reflejan esa devoción. Deslumbrada por su belleza, por su resurrección cíclica, símbolo de la esperanza, por su quietud, en esos momentos privilegiados, de mística unión, que la colman de paz, la poeta siente la naturaleza como una suerte de don. Esos  instantes de íntima comunión con el mundo solo suceden cuando amamos o cuando nos fundimos con ella, con esa naturaleza a la que vuelve una y otra vez, tanto más en tiempos de desolación colectiva, como queda patente en los poemas de la segunda parte del libro, que hablan de la trágica pandemia vivida. La emoción que provoca su contemplación acalla el pensamiento y nuestra inquietud existencial:

“ (…) Belleza armónica en la quietud
que el silencio del sol respeta.
Momento sublime
en la delicada partitura
de esta mañana de invierno (…)”.

Escuchemos ese lenguaje, nos dice, el lenguaje del viento, de la luz, del bosque, de la niebla, de la luna, del petirrojo, del martín pescador vigilante de la ribera.…. El hombre debe callar para encontrarse a sí mismo. Una y otra vez la poeta regresa a la naturaleza no solo en este poemario, sino a lo largo de toda su obra. Es esa fuente originaria donde se gestan prístinas emociones plasmadas en poemas cuyo latido nos hace recordar la poesía de Wordsworth, igualmente maravillada ante el misterio y la belleza de la naturaleza:

“En la senda,
el silencio alumbra.
La vida duerme cubierta de escarcha (…)”.   

También para la poeta es en ella, en la naturaleza y como naturaleza,  donde la humanidad del hombre alcanza su ser y su felicidad. Su asombro ante la belleza natural no la abandona, y su palabra, en consonancia con el sentimiento de que el misterio y la belleza anidan en las pequeñas cosas de la vida, es accesible y sencilla.  Innumerables son en la naturaleza y en la vida los motivos de admiración, la poeta les regala toda su atención consciente de que su belleza es frágil y la muerte nunca duerme:

“(…)Espera, no te vayas
sin contemplar la dulzura del crepúsculo.
Es la última oración del cielo
antes de que la vida
se haga invisible para tus ojos”.

Junto a la naturaleza, son el amor y la memoria las fuerzas que nos redimen de la voracidad del tiempo, de ese dios insaciable que,  evocando el comentario de Cicerón al mito de Saturno, “devora a sus hijos… porque consume todo lo que pasa”. En En la línea que dibuja el instante, el amor se expresa en la naturaleza como fuerza primigenia, en las relaciones humanas como desvelo, atención y cuidado, en el amor conyugal como estela y proyecto de vida compartida, y en el tiempo, siempre, como memoria y gratitud.

El lenguaje es sencillo, emocional, desnudo de artificios, tornándose  en algunos poemas confesional y nostálgico. Su poesía es cercana,  intimista, se desgrana, como hemos visto, en torno al paso del tiempo, y a la naturaleza, al amor y a la necesidad de la memoria como caminos humanos de realización y redención. La poeta dialoga con el pasado, retorna a los paisajes marchitos del ayer, los reconstruye, los recrea desde un presente herido de tiempo, de una vejez doliente y agradecida a la vez.

 “ (…) ¿Dónde las palabras?
Las busco con el ansia de un depredador
que husmea entre los juncos crecidos en la turbiedad (…)”
 

La cotidianeidad perdida y la cotidianeidad presente cobran entonces toda su relevancia como espacios de identidad y de vida, y con ella, el amor y  el desamor que también se dicen de muchas maneras distintas. En su poema “Derrumbe” lo que sobrevive es sentido como  “voz de la vida que no retorna”. La poeta se aplica a su paciente y amorosa escucha, a su perseverante recreación, las cenizas del tiempo como templos de vida que anhelaría salvaguardar en sus versos:

“ (…)Tras una puerta asustada,
unos escalones
dirigen sus pasos sin saber a dónde.
Me conmueve lo que sobrevive.
Me conmueve
porque es voz de la vida que no retorna”.

Preservar la memoria se convierte así en una tarea que la poeta toma en sus manos, y su sentir se transforma en palabra que hace de los recuerdos surcos de vida. En ellos, aún latiendo los padres, y la tía perdida en su oceánico olvido emergiendo de las brumas del tiempo como esa niña a la que han vuelto a dejar sola en la noche.

La soledad, el miedo, el dolor y la muerte son aspectos consustanciales a la vida humana y están también muy presentes en este libro, sobre todo en la segunda parte, entretejida en gran medida en torno a la pandemia que hemos vivido. Esta, que ha desvelado la fragilidad humana, la propia, la del otro, la de todo nuestro mundo, gravitando alrededor de las personas que queremos, debería haber despertado conciencias en lugar de aletargarlas o encerrarlas en sí mismas. De ahí que la poeta se lamente ante el insoportable ruido de la insolidaridad reinante. Cuanto más el dolor se recrudece, más han de venir el amor, la memoria y la poesía en su ayuda. Eso es algo que la poeta sabe bien, y por eso sus versos se hacen cargo no solo de la desolación reinante durante esta trágica y global pandemia, sino  también de la necesidad de no rendirse, de tender la mano al otro construyendo “nidos de esperanza”. Esa necesidad de dar se encarna incluso en las cosas aparentemente más insignificantes:

“ (…) repartir,
como espuma de merengue,
un dulce júbilo
a todos aquellos corazones
que ni siquiera cuentan en su haber
con un humilde cuadernillo”.

Estamos, pues, ante un poemario sobre las cosas que verdaderamente importan, sobre las cosas que no pueden dejar de importarnos so pena de dejar de ser hombres.

De la mano de la palabra, de la memoria, de la naturaleza y del amor, la luz que reta al dominio de la noche.