octubre 2022 - VI Año

LETRAS

La estatua y la piedra, de Saramago

2022 – Centenario del nacimiento de José Saramago

Imagen: rtve

Han sido ya muchos y muy variados los temas de la obra de José Saramago tratados, con la profundidad que merecen, por los colaboradores de la revista Entreletras. A lo largo de estos meses, con motivo del centenario del autor portugués, muchos más serán objeto de la atención de esta publicación. Quiere uno ahora contribuir a ese esfuerzo colectivo recordando no una de las muchas novelas de Saramago, ni tampoco alguno de sus hermosos poemas, ni tan siquiera una de sus acertadas obras teatrales, ni tampoco cualquiera de sus numerosos artículos de prensa.

Traigo a colación una de sus conferencias, en concreto la titulada La estatua y la piedra, dictada en la Universidad de Turín en 1997 y posteriormente publicada en forma de libro en 2010, en la hermosa colección Crisolín, por Mariano Aguilar, con el título El autor se explica, que en un principio fue precisamente el subtítulo de la propia conferencia. La edición incluye, además, el discurso de Estocolmo, pronunciado con ocasión de la ceremonia de entrega del premio Nobel de Literatura, así como el brindis con motivo de la cena de gala ofrecida por los Reyes de Suecia, en el que Saramago reivindica, en el cincuentenario de su adopción, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El libro se completa, muy acertadamente, con un detallado epílogo escrito por Fernando Gómez Aguilera.

Saramago dictó esta conferencia para clausurar un importante coloquio académico titulado Diálogo sulla cultura portoghese: Letteratura-musica-storia, y que habiendo sido, afortunadamente, objeto de una grabación, nos ha permitido recuperarla para la posteridad. Se trata de una intervención relativamente extensa, de unos 25 folios, en los que el autor pasa revista a ese problema fundamental para la creación literaria que son las limitaciones inherentes a la ficción, por muy magistral que sea, para reproducir el mundo que nos rodea.

A lo largo de esas páginas, José Saramago recuerda los argumentos y personajes de algunas de sus obras, no de todas, sino únicamente de 12 novelas y de una colección de cuentos breves, para exponer las líneas maestras del proceso creativo y de sus íntimas relaciones con las vivencias del autor.

La conferencia comienza con una declaración sorprendente. Asegura Saramago que cada vez le interesa menos hablar de literatura. No es ésta una afirmación gratuita, destinada a sorprender a un auditorio cuando inicia su intervención. Muy al contrario, como el autor expondrá a lo largo de la conferencia, esa falta de interés por hablar de literatura es, de alguna manera, uno de los ejes centrales necesarios de la propia creación literaria. Es más, llega también a afirmar que en realidad, quizás no sea posible hablar de literatura, como tampoco lo sea poder hablar de pintura, o de música, ya que las palabras que necesitaríamos para tratar de esas materias, de alguna manera, se silencian ante la contemplación del cuadro, como callan ante el disfrute de la pieza musical o mientras se lee la obra literaria. Completa este razonamiento subrayando lo que sí es imprescindible, lo inefable, aquello que ni puede ser explicado, ni expresarse a sí mismo, resumido por Fernando Pessoa en un verso: “lo que en mí siente, está pensado”. Saramago, por su parte, reinterpreta al gran poeta con otra afirmación: “lo que en mí piensa, está sintiendo”.

Antes que nada, el autor debe refutar una afirmación recurrente sobre su obra. Una aseveración, como se verá, un tanto gratuita, surgida en lejanos días y que le acompaña a lo largo de los años. Para una parte importante de la crítica, Saramago sería, en primer lugar, un novelista histórico, de tal manera que convierte el retorno al pasado en el eje central de su proceso narrativo. Sin embargo, lo primero que pone de relieve el autor, recurriendo a una hermosa imagen, es que la Humanidad, desde su punto de vista, sería como el mar, como las olas cuando se acercan a la playa. Los seres humanos no seríamos sino la espuma que transporta la ola, mientras que el mar sería el tiempo.

Saramago, como no podría ser de otra manera, está preocupado con el pasado. Así, el autor desarrolla una labor detectivesca, que busca averiguar qué ha ocurrido con esa Humanidad empujada por el tiempo, como la espuma por las olas del mar. Saramago quiere descubrir qué fue de esa ola que, en un momento muy concreto, rompió en la orilla, abandonando tras el reflujo quién sabe si una partitura, un cuadro, un libro o, tal vez, una revolución. Y es así que, de esta manera, el autor afirma que “prefiere hablar de la vida antes que de la literatura”.

Para Saramago, la literatura es la vida, pero no la vida en abstracto, sino aquella que es y que está en un momento concreto. Es más, añade que “siempre nos quedará por delante la ambición de transformar la literatura en vida”, y saca a colación el ejemplo de otros escritores, como Alexandre Herculano, quien muy al contrario de Saramago, quien carece de esa sólida formación académica, primero fue historiador y sólo muy posteriormente, escritor.

Surge entonces un interrogante que, una vez resuelto, permitiría descubrir cómo Saramago, partiendo de unas circunstancias que no presagiaban ni mucho menos ese destino, se transforma en el que será futuro escritor. Para responder a esa pregunta es preciso recordar una etapa fundamental de la vida de José Saramago, que es la que se inicia en 1975, tras unos meses como director del periódico lisboeta Diário de Notícias.

El autor se encontrará, casi de repente, sin una actividad profesional definida, dedicándose sobre todo a la traducción de obras literarias extranjeras al portugués, como algunas de las de Erick-Maria Remarque, traducidas a partir del francés. Culminaría asimismo la que luego sería su primera novela más conocida, “Manual de pintura y caligrafía”, publicada algo más tarde, ya en 1977.

Se trata de una novela de actualidad, no de una novela histórica, en la que la acción se desarrolla en las semanas anteriores a la Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974 y que, entre otros muchos cambios, provocaría el fin de la dictadura y del imperio colonial portugués. Precisamente, relacionado con el fin de las colonias, Saramago cuenta que alguien en Luanda, guiado tan sólo por el título de la novela, y al creer que sería una obra útil en las escuelas, pidió doscientos ejemplares. Al parecer, los libros acabaron abandonados en un almacén de Angola que, al cabo de muchos años de guerra civil, terminarían convertidos en ese fértil humus que hace tan lujuriante a la vegetación tropical.

La segunda obra que Saramago menciona en su intervención no es una novela, sino un libro de cuentos breves, titulado “Casi un objeto”. Reúne seis relatos independientes de temática variada y, en ocasiones, surrealista, como el que relata los esfuerzos de la carcoma que consume la silla en la que está sentado el doctor Oliveira Salazar para acabar, al mismo tiempo, de una manera metafórica, con la dictadura portuguesa. Afirma el propio Saramago que, al escribir estos relatos, sin embargo, “nunca me pasó por la cabeza hacer apuestas sobre el futuro”.

Cabecera de Journal de Letras, junio 2013

La siguiente obra a la que Saramago alude durante su intervención es de nuevo una novela, titulada “Levantado del suelo”, cuya acción se desarrolla en el Alentejo, y narra las peripecias de una familia campesina desde finales del siglo XIX hasta la Revolución de los Claveles. Una vez más, el autor insiste en que no se trata de una novela histórica sino de una narración en la que se pone de manifiesto el carácter sociológico e ideológico de una de las regiones más rurales de Portugal, caracterizada por la concentración de la propiedad en manos de terratenientes que, en no pocas ocasiones, viven lejos de sus latifundios.

A continuación, José Saramago recuerda la génesis de otra de sus novelas más conocidas, “Memorial del convento”, donde narra la construcción del monasterio de Mafra en el siglo XVIII, bajo el reinado de Juan V. Cuenta el autor que un día, estando junto con otras personas en esta localidad cercana a Lisboa, al contemplar el majestuoso edificio, pronunció en voz alta la siguiente frase: “me gustaría meter esto en una novela”. De esa manera, quedó sellado un ineludible compromiso, tanto con el propio escritor como con las personas que le escuchaban. Surgió una obligación de escribir, ya que ese auditorio le recordaría una y otra vez su proyecto y le preguntaría cómo iba avanzando la futura novela, publicada por fin en 1982. Sin embargo, tanto la idea como el mismo texto son anteriores, incluso a otra de las obras de mayor repercusión de Saramago, “El año de la muerte de Ricardo Reis”, que a su vez apareció en 1984. La acción de esta última narración discurre a lo largo de 1936. Son los últimos días de Ricardo Reis, el poeta heterónimo de Fernando Pessoa cuyos versos siguen invitando a que nos superemos:

Para ser grande sê inteiro,
Põe quanto és no mínimo que fazes.

Cabe interrogarse ahora sobre si estas dos obras pueden considerarse, conforme con las ideas expuestas por Saramago, como novelas históricas. Para responder a esta cuestión, lo primero que el lector debe preguntarse es cuándo algo empieza a ser Historia. Señala el autor que el núcleo del problema se delimita al trazar “la raya que separa la noción de un Presente sin dimensión, de la de un Pasado que las tiene todas”. Analiza además los rasgos de la novela histórica tal y como la entendieron Alexandre Herculano o Walter Scott, que toma “una fotografía del pasado, descrita con el lenguaje de hoy, sin ninguna otra interferencia del presente”. La narración, para estos escritores, se “ve desde la perspectiva del tiempo en que el autor se encuentra, con todo lo que el autor es y tiene”. Se trata, en definitiva, de “ver el tiempo de ayer con los ojos de hoy”.

Por otra parte, refiriéndose a “La balsa de piedra”, publicada en 1986, y que algunos críticos habían pretendido ver como una defensa del aislamiento ibérico frente al  resto del mundo y, sobre todo, de Europa, Saramago, para refutar ese enfoque, recuerda una acertadísima frase de Ernest Lluch, asesinado  en el año 2000 por la banda terrorista ETA. Afirmaba Lluch que “no nos equivoquemos. Saramago no quiere que la Península Ibérica se separe de Europa; lo que pretende es llevar Europa hacia el Sur”, para crear las condiciones que permitan “la formación de un área cultural nueva, la cuenca cultural del Atlántico Sur”. De esta manera, para Saramago esta narración es justo lo contrario de la novela histórica: “es, de nuevo, la utopía”.

En 1989, se publicó “Historia del cerco de Lisboa”, donde, sobre todo, se cuestiona la verdad histórica, mediante la narración de cómo un corrector de pruebas altera el significado y el alcance de la Historia establecida introduciendo una pequeña modificación del texto, de tal manera que en lugar de la versión oficial, según la cual los cruzados ayudaron a la toma de Lisboa, se leerá que éstos no ayudaron a expulsar a los musulmanes de la ciudad. La trama, por tanto, no consiste sino en negar una verdad que se ha pretendido rigurosamente histórica, para establecer otra nueva, basada en lo que el propio autor decide.

De hecho, Saramago nos recuerda que Eça de Queiróz, quizás el mejor novelista europeo del siglo XIX, decía a su amigo Oliveira Martins que “la Historia es probablemente una gran fantasía”.

A continuación, José Saramago recuerda cómo surgió la idea de escribir “El evangelio según Jesucristo”. Fue un día al pasar caminando frente al famoso quiosco de Curro, en la Campana de Sevilla, donde desde siempre se vende la prensa y las revistas del más diverso origen. Afirma nuestro autor que, sin detenerse ni prestar demasiada atención leyó un titular que decía exactamente eso: el evangelio según Jesucristo. Al cabo de unos minutos, reflexionando sobre esas palabras, se dio cuenta del alcance de las mismas y regresó al quiosco, donde verificó que ninguna publicación decía nada sobre Cristo.

No era importante. Lo que realmente interesaba es que había comenzado el proceso creativo y al mismo tiempo, además, una etapa se concluía. Nos dice Saramago que “con este libro se acabó la estatua”. Ahora bien, ¿qué es la estatua? “La estatua es la superficie de la piedra”, de tal manera que, a partir de esa narración, el autor decide abandonar la superficie para adentrarse en el interior de la piedra, en un proceso que se inicia con “Ensayo sobre la ceguera”. Esta novela busca penetrar en lo más profundo de nosotros mismos y dar respuesta a uno de los mayores interrogantes de siempre: “si es así como somos, que cada uno se pregunte por qué”.

De esta manera, las siguientes obras que cita en su intervención constituyen etapas de esa nueva andanza literaria, de ese “empeño en describir la piedra”, en lugar de la estatua. Así, “Todos los nombres”, “La caverna” y “El hombre duplicado”, justificarán, cada una desde una perspectiva diferente, la afirmación con la que Saramago iniciaba su conferencia; “si cada vez me interesa menos hablar de literatura, no fue para instalarme en una contemplación silenciosa de las cosas y los seres, sino porque considero que la literatura es sólo una parte de la vida, del tiempo, de la historia, de la cultura, de la sociedad.”

Saramago concluye su intervención recordando otra de sus obras, “El libro de las tentaciones”, donde narra sus memorias cuando era niño. En una entrevista sobre este libro, Saramago afirmaba: “un adulto escribe memorias de adulto, acaso para decir: «Miren qué importante soy». He hecho memorias de niño, y me he sentido niño haciéndolas; quería que los lectores supieran de dónde salió el hombre que soy. Así que me centré en unos años, de los 4 a los 15. Es un libro de memorias de cuando era pequeño; se iba a llamar El libro de las tentaciones, pero me pareció pretencioso, así que le puse este título, que es idéntico a su propósito: “Las pequeñas memorias”. Me quedé siempre muy atado al niño que fui, y ahora me ha sorprendido la cantidad de recuerdos que tenía de aquella época. El libro me ha hecho sufrir un poco. Al final también hubo alivio”.

En esta obra, Saramago nos recomienda que nos dejemos guiar por el niño que fuimos, que avancemos por la vida tomados de la mano, asombrándonos por todo lo que a ese niño asombra y, al mismo tiempo, rechazando las cosas que el niño rechazaría.

También sorprenden las confesiones del autor sobre esos primeros años de vida, cuando desvela, por ejemplo el recuerdo de su hermano mayor, fallecido a los cuatro años y cuya muerte, por motivos misteriosos, no figura en el registro civil. Ese hermano, qué duda cabe, es el germen de uno de los grandes temas de Saramago: la noción del otro, pero no el otro como amenaza, sino como tema literario tratado con ironía y humor, aunque nuestro autor también nos recuerde que, “a veces es la misma risa la que despierta la inquietud”.

Se trata, en definitiva, de alcanzar lo más hondo de la piedra. Para ilustrar ese esfuerzo, Saramago nos narra uno de los últimos episodios de la vida de su abuelo Jerónimo, también mencionado al inicio del discurso de Estocolmo, quien antes de partir hacia un hospital en Lisboa, salió al huerto y fue despidiéndose de todos y cada uno de los árboles. Los abrazaba con lágrimas en los ojos. Saramago nos dice: “mi abuelo no separaba la vida, de la vida; parecía habitar en la superficie de las cosas, pero al final demostró que su mundo estaba dentro de ellas”. Estas palabras de Saramago “están impidiendo que mueran definitivamente. Comprender esto es avanzar en el camino que va al interior de la piedra, donde mi abuelo siempre estuvo sin que yo lo supiese.”

Con la complicidad de todos y cada uno de sus lectores, quizás algún día también todos sus lectores lleguemos al final del camino que se adentra desde la superficie de la estatua hasta lo más profundo de la piedra.

Textos de referencia:
El autor se explica, José Saramago, colección Crisol, serie especial, 2010
A estátua e a pedra: falar de literatura, Carlos Reis, Jornal de Letras, 2013
A superfície e o interior da obra, Artur Ribeiro Gonçalves, Arthur d’Algarbe, 2015

Ignacio Vázquez Moliní

Ldo. en Derecho, escritor y Doctor en Filología Hispánica

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