La jaula de oro. Apotegmas
Carlos d’Ors
Cuadernos del Laberinto (Anaquel de Poesía), 2024
Prólogo: Juan Carlos Mestre
Ilustración de cubierta: Eugenio d’Ors
124 pp.
Una estirpe indomable
Ya sé que la originalidad está sobrevalorada, pero no me queda más remedio que recurrir a ella si quiero que se recuerde algo de lo que voy a decir acerca de La jaula de oro de Carlos d’Ors. No en vano, el lúcido prólogo de Juan Carlos Mestre al libro invalida cualquier otro comentario que se intente añadir al respecto.
Espero, pues, que el lector sea indulgente con el que esto escribe. Seré breve como conculcan los cánones, especialmente en una ocasión como esta (por razones obvias).
Cierto que el autor del libro que hoy nos ocupa viene de una tradición familiar que encabeza el patriarca del Noucentisme catalán, el eximio Eugenio d’Ors, que ha hecho de la brevedad virtud. Así pasamos del aforismo de Xenius al apotegma del nieto. Lo que supone no solo un paralelismo sino también una disidencia heterodoxa dentro del mismo. Recordemos que hay que tener bemoles para despachar el Museo del Prado en tres horas y sacar a la visita todo su jugo. O que, en plena posguerra —poniendo en marcha una Academia Breve de Crítica de Arte (y subrayo el adjetivo)—, se intente revitalizar la maltrecha vanguardia plástica que brilló con tanta intensidad durante la Segunda República. Lo que tampoco es moco de pavo. Desde luego, el abuelo no se andaba con chiquitas cuando se trataba de estirar el laconismo hasta lo imprevisible. No dejaba de ser la versión masculina y hercúlea de la Ben Plantada, a la que tanto admiró: la Lidia de Cadaqués del proteico y prometeico Salvador Dalí, al decir del pintor. Por fuerza, ese decidido órdago a lo selvático del gran Xenius debía dejar una huella indeleble en sus sucesores y entre ellos, naturalmente, en la obra de Carlos d’Ors. Dicho lo cual, admitamos que este tampoco se anda por las ramas cuando a las lapidarias glosas del maestro les replica con suculentos apotegmas como los que hay en La jaula de oro, que ahora presentamos.
Desde luego, Carlos recoge el testigo de su antecesor, pero le otorga una nueva dimensión pictórica y emocional. Mientras el primero buscaba la convicción intelectual, Carlos busca la emoción estética. Es significativo que ambos creadores también cultiven el dibujo, lo que vendría a ser un ejercicio que podríamos llamar de “graforismo”, en un neologismo de creación propia que me parece certero por la inmediatez del trazo y el denso contenido conceptual que caracteriza a dichos “bocetos apresurados”.
Si Eugenio daba a sus aforismos un carácter arquitectónico y racional, Carlos por el contrario dota a sus apotegmas de una atmósfera mística. Si Eugenio pretendía establecer una ley o tradición, Carlos aspira a capturar una armonía interna. Nos encontramos, pues, entre dos polos que se complementan en un diálogo especular: el “Ángel” (o inteligencia) de Eugenio, frente al “Espíritu arcangélico” (revelación) de Carlos. Porque a mi modo de ver no estamos tan solo ante el supuesto reflejo por razones genealógicas —heráldicas, podríamos decir— sino a una forma compartida de entender la realidad a través de la síntesis.
De modo y manera que Carlos ha continuado la tradición familiar —“lo que no es tradición es plagio”, como dijera el propio filósofo— y bajo la protectora sombra de ese venerable árbol genealógico ha crecido alimentándose de los fértiles frutos de su estirpe que colgaban de él. Pero, como bien sabemos, todo tótem lleva su tabú en el reverso: los factores ambientales tienen más peso que los genéticos y siempre las afinidades electivas se elevan en una erizada arboleda que nos cerca, queramos o no queramos, como el legendario bosque de Birnam del Macbeth de Shakespeare, para abrazarnos con sus inmisericordes ramas amigas.
Así que tras este necesario preámbulo voy a cumplir con lo prometido y daré rienda suelta a mi anunciada originalidad con una pirueta teorética que puede verse como extemporánea, si bien la idea tiene su enjundia como trataré de demostrar a continuación. Para ello me apoyaré en mi creencia sobre el valor mágico y taumatúrgico del lenguaje, al tiempo que invocaré la risa, a la que ya Xenius consideró el segundo mandamiento en su franciscano ‘Decálogo de la Sencillez’.
Si el linaje de los d’Ors está conformado por brillantes miembros dedicados a la cultura, al arte y la literatura, y la angelología ha vertebrado su imaginario colectivo, la ciudad norteamericana de Los Ángeles —fundada en 1781 por colonos españoles bajo el rubro de “El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río de Porciúncula”— parió una familia que muy bien pudiéramos llamar los otros “Doors”, dinastía menos presentable que la referida, pero igual de influyente. La banda de rock que capitaneaba el intrépido Jim Morrison —como es más que sabido— se inspiró para bautizarse en un verso del poeta William Blake (“Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”), que también daba título al libro de Aldous Huxley, The Doors of Perception (hablando de autotítulos, Xenius había añadido a su apellido original Ors la “d” con apóstrofo como rendido homenaje a su admirado Gabriel d’Annunzio).
Así que, aprovechando la acrobacia verbal que nos brinda la paronimia del nombre del grupo musical y de la saga familiar de intelectuales y poetas, me voy a permitir una boutade que no lo es tanto si nos detenemos en la recurrencia del aforismo en las letras de las canciones del Rey Lagarto. Decía Lessing que “la palabra casualidad es una blasfemia: nada bajo el Sol sucede por casualidad”.
El paralelismo entre los Doors de ‘L. A. Woman’ y Carlos d’Ors es sorprendente. Al igual que Carlos busca “limpiar de la muerte” sus palabras, Morrison utilizaba la frase corta de amplio espectro para sacudir la conciencia y abrir las “puertas de la percepción”.
Dejando de lado que Jim Morrison se sentía encarcelado en una jaula de oro —Carlos escribe en su libro: “Vivimos atrapados en una jaula”— y que, para más inri, la segunda recopilación de éxitos del grupo californiano se titulaba ‘Extrañas escenas dentro de la Mina de Oro’, el tono de los apotegmas del libro de Carlos presenta la misma temática existencial del poeta americano.
Vayamos a los versos del donostiarra que me pusieron en la pista de todo esto. El apotegma lleva por título ‘Poeta’ y dice así: “Llaman a la puerta. / ¿Eres peligroso? / Sí que lo soy, / pero abre la puerta: / soy el Poeta…”.
Cito ahora textualmente parte de la letra de la célebre canción ‘The End’, donde Morrison ruge:
“Y llegó a una puerta y miró adentro / ¿Padre? Si hijo. / Quiero matarte / Madre, yo quiero…”

El aire de familia entre ambos textos es innegable: la misma terminología —con el énfasis en la puerta, como símbolo—, la atmósfera siniestra del Teatro de la Crueldad de Artaud… Todo viene a dinamitar la presunción de que la familia biológica es la única que está detrás de nuestros hallazgos. La némesis ancestral de Edipo, me temo, llama a la puerta una vez más Decididamente, el bosque de Birnam nos ha ganado la batalla como a Macbeth.
Hay más ejemplos. En el libro de Carlos d’Ors el apotegma de título ‘Contento’ habla de la identidad:
“Cuando te miras en el espejo del agua / y te ves contento, / no eres tú el que te ves, / es un Ángel el que te mira”. Morrison tenía una obsesión similar con la identidad real frente a la proyectada, cuando cantaba: “Cambiamos nuestra realidad por un rol. / Cambiamos nuestro sentido por un acto… / La libertad más importante es ser quien realmente eres”.
Mientras Carlos ve en el azogue una elevación espiritual (el Ángel), Morrison ve la tragedia de perder esa esencia por una máscara social. Ambos coinciden en que el “yo” que vemos no es siempre el “yo” verdadero.
Morrison definía la poesía no como un mensaje, sino como una herramienta de apertura:
“Escucha, la verdadera poesía no dice nada; solo marca las posibilidades. Abre todas las puertas (the doors). Puedes atravesar cualquiera que te convenga”.
En La jaula de oro, Carlos reflexiona sobre la persistencia de lo vivido: “El olvido es mortal; / el recuerdo, inmortal. / El vivir está hecho de olvidos; / el morir, de recuerdos”. Morrison, en su faceta más existencialista, vinculaba la inmortalidad al aprovechamiento del instante presente: “Ninguna recompensa eterna nos perdonará ahora por malgastar el amanecer”.
Hay una ética compartida sobre la trascendencia. Para Carlos, la vida se valida en lo que queda (el recuerdo); para Jim, se valida en no “malgastar” la luz del momento. Es la lucha contra la fugacidad y la apatía.
En suma, mientras Carlos d’Ors nos invita a mirar al Ángel en el espejo de agua, Jim Morrison nos empuja a atravesar el espejo para “romper hacia el otro lado”. Al final, ambos buscan lo mismo: que la brevedad de una frase sea el martillo que rompa los barrotes de nuestra propia “jaula de oro”.
Para que el lector no se ponga demasiado severo con lo ya dicho, quiero salir al paso para tranquilizarle reconociendo que acaba de asistir a “un [inocente] experimento con gaseosa”. Espero que a nadie se le vayan a subir las burbujas a la cabeza…
Después de esta extravagante exposición solo me queda hacerle una pregunta a Carlos: ¿Te gustan los Doors?
(Este texto fue leído por su autor durante la presentación de La jaula de oro de Carlos d’Ors, celebrada el 16 de marzo en la Sala de Cristal de la Biblioteca Pública Municipal Mario Vargas Llosa de Madrid. Previamente, la poeta Rosa Rodríguez Núñez de la asociación ASEAPO hizo un prolijo análisis del libro, secundando la amplia introducción que el poeta había pronunciado sobre el mismo).
P. S.- Uno de los hermanos de Carlos d’Ors, al finalizar el acto, confirmó que —cuando ellos eran adolescentes— recibieron como regalo el LP Waiting for the Sun de los Doors y que les impresionó a todos vivamente: no dejaba de ser el refrendo de que el afortunado azar de los nombres homófonos cobraba algo de sentido para tranquilidad de su atribulado descubridor.











