marzo de 2026

‘De ambular’, de Jorge Rodríguez Hidalgo

De ambular
Jorge Rodríguez Hidalgo

Cuadernos de la Errantía, 2025
Ilustración de la cubierta: Plor brut de Berta Paco (1985-2020)

Cuando alguien es capaz de inventarse portadas solo con un detalle pictórico o fotográfico, pero sin el título ni el nombre del autor de las tripas, es que ha alcanzado la libertad y rinde un profundo homenaje a la palabra, que es lo único que debería importar en el mundo editorial. Se reservan, para comodidad de los libreros –esos héroes–, y la búsqueda en las estanterías, el título y el nombre del autor, ahora sí, impreso en el lomo del libro, en el canto, esa tercera cara de la moneda. Por lo demás, los capaces no le deben nada a nadie; al contrario, ellos nos están regalando mucho. Me estoy refiriendo a los Cuadernos de la Errantía, un sello nacido en plena pandemia desde la valentía de los poetas Raúl Nieto de la Torre y Javier Gil, y de la artista Melissa Dillon. Los primeros cuatro títulos fueron del propio Raúl, El retrato de Uranio; de Federico Gallego Ripoll, Jardín botánico; de Rafael Soler, Los sitios interiores; y de Neus Aguado, En la llovizna del puerto. Y ahora, presentado por el escritor argentino Antonio Tello en la librería Altaïr de Barcelona el pasado 31 de enero y, de nuevo, el pasado martes 17 de marzo en el Café Comercial de Madrid, con Raúl Nieto, Javier Gil y el gran anfitrión Rafael Soler, se suma el quinto libro: De ambular, de Jorge Rodríguez Hidalgo. En este caso la cubierta reproduce la pintura de Berta Paco (1985-2020), titulada Plor brut, (Llanto sucio) que nos invita, como algunos textos de Jorge, a una pareidolia expresiva e interpretativa.

Si vamos al título de este libro, la RAE nos recuerda en su tercera acepción, que errar es andar vagando de un lado a otro, y que tiene como sinónimos «deambular, vagar, vagabundear…», pero también cabe añadir «perderse». Tenemos así, con ese juego tan característico de Jorge Rodríguez y la fragmentación léxica de la palabra deambular con un espacio significativo –de ambular–, una fiesta del logos en el más amplio sentido del término. Un vacío que Jorge llena de contenidos, con la palabra y la vida en feliz batalla hacia la luz y, con ello, «con fundir» el pensamiento para evitar la confusión que provoca el ruido de nuestros tiempos, a modo de aviso literario para navegantes, para quienes aún ese ruido no los haya ensordecido definitivamente.

Pero la polisemia de errar, en su primera acepción, también nos indica que errar es no acertar algo, es fallar, marrar… En este sentido, editores y autor reivindican esta acepción, la de equivocarse, como un derecho a hacer las cosas no solo de la manera en que los demás –o un canon invisible pero pesante– esperan que se hagan, sino como la duda beneficiosa y el preguntarnos por la esencia de las cosas, que nos condenan a la lúcida divagación. De la misma manera, Raúl Nieto, en la presentación del Café Comercial, reivindicó y comprometió a Javier Gil y a Jorge Rodríguez en el uso de la palabra Errantía en lugar de Errancia. Errantía como licencia que, de alguna manera, refleja la variedad de caminos y significados. Y, de paso, me atrevo a interpelar a la RAE para que, como ya ocurre con pareidolia, incluya la palabra Errantía en nuestro diccionario.

Pero vayamos a las tripas y dejemos de deambular. Conozco al poeta desde hace casi cuarenta y cinco años; he leído todos sus libros y este De ambular, a mi entender, es el mejor que ha escrito hasta hoy. ¿Podemos los autores recibir mayor elogio? Esto no menoscaba el resto de sus libros, por supuesto. Si pienso así es porque De ambular recoge, a la vez, la profundidad intelectual y conceptual de su autor, la sensibilidad poética de su verso y la acidez crítica de su dedo señalador de un mundo imperfecto, todo ello concentrado en la invitación a la reflexión y evocadora de los 566 aforismos reunidos en el libro.

Antonio Tello, en una magnífica reseña publicada recientemente en el semanario «L’Eco de Sitges», citaba al pensador romano Marcus Cornelius Fronto (c.95 – c.167): «un filósofo puede ser un impostor, pero el aficionado a las letras no puede serlo», y concluye Tello con la sentencia de que son los poetas los garantes, quienes «deben ser los guardianes de las palabras». Toda una responsabilidad de la que da fe Jorge Rodríguez en su obra.

Jorge Rodríguez Hidalgo

Como decía anteriormente, son 566 aforismos, sí, que a la vez son versos, sentencias, gritos, juegos de palabras e historias diminutas: la mirada  de Jorge Rodríguez que deambula, con azúcar y sal, sobre la existencia, su naturaleza y la razón de ser del individuo como protagonista central. Antropocentrismo humanista, sin duda. Están divididos en tres partes. Una primera, con 264 aforismos para la reflexión sobre lo cotidiano, la amistad y el día a día, con toda su inútil profundidad, donde, como botón de muestra, nos encontramos con textos como los siguientes: «No voy a perder amigos por lo que soy, sino por lo que ellos quieren que sea», «Entre usted y su sombra media un hombre» o «La duda: Seguro estoy de ella».

La segunda parte, con cien aforismos más, se centra en la palabra poética, los escritores y sus vanidades: «El gran autor casi siempre es un ajustador de yerros», «Si le pones poesía a la realidad, las dos pierden» o «Capillita: Celebrar sin porqué, elogiar sin saber, favorecer sin justificación, adorar sin méritos divinos, estar sin saber dónde. Y lo peor: reconocer íntimamente que en cuanto cambie la dirección del viento el amor se convertirá en resentimiento».

Y la tercera parte, con los doscientos aforismos restantes, aborda la historia, la política, el pensamiento en la filosofía pura y el poder narcótico de la fe, con perlas como estas: «Quimiodemocracia contra el cáncer carpetovetónico», «Mujer: Sin adjetivos. Sustantiva» o «El reverso de las cosas: la paciente claridad».

De ambular es un libro que te interpela, que te acompaña, que te exige lo mejor como lector y que, finalmente, te deja un itinerario de pensamiento indeleble y perenne, al que siempre puedes volver para retomar el diálogo. Es tan preciso en su planteamiento y tan de corazón en un puño que te regala un asombro en cada fragmento. Como también indicó Tello en la librería Altaïr, el uso de la palabra en Jorge Rodríguez, incluso la más soez, se vuelve poética, necesaria, reveladora. Y así voy a terminar, ilustrándolo con su propia voz cuando escribe: «Paloma de la paz: Con lo sucia que es, no me extraña que la paz que simboliza sea una mierda» o «Edad Media, Edad Moderna, Edad de Mierda».

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