septiembre 2020 - IV Año

LIBROS

´La utopía de los Sóviets en la Revolución Rusa´ de Felipe Aguado Hernández

revolucionrusaLa utopía de los Sóviets en la Revolución Rusa
Felipe Aguado Hernández
Editorial Popular, 2017

 

 

 

Acabamos de dejar atrás el año 2017. Entre otras efemérides se ha conmemorado una de gran calado: el Primer Centenario de la Revolución rusa, cuyas consecuencias en todos los órdenes han influido, poderosamente, en el siglo XX.

A un siglo de distancia se puede analizar con objetividad y rigor, haciendo aparecer, además, reflexiones, puntos de vista y aspectos que habían permanecido en la sombra. Tal y como cabía esperar ha habido una profusión, con este motivo, de libros, de traducciones y de reediciones.

El libro cuya lectura sugerimos, al avisado lector, ofrece un enfoque original, una metodología rigurosa y una divulgación pedagógica de aspectos sobre los que no se había profundizado anteriormente.

No es la primera vez que Felipe Aguado reflexiona ni sobre la Revolución rusa, ni sobre la utopía. Este licenciado en Historia y Catedrático de Filosofía emérito publicó en el año 70 ‘La Revolución Rusa y el Partido Bolchevique’ y en el 2011 ‘Utopía y Educación’.

El texto puede decirse que ‘engancha’. Es ameno. Va desgranando aspectos como el de que en buena medida la Revolución rusa llevaba en su ADN el sistema dictatorial que el funcionamiento del Partido Bolchevique centralizado y con una estructura rígida de arriba abajo, impuso al Estado y a la sociedad.

Naturalmente, existen diversas interpretaciones y hasta perspectivas opuestas para enjuiciar estos acontecimientos que cambiaron el mundo. Felipe Aguado centra su reflexión en conceptualizar la utopía, en relacionarla con un imperativo ético y en considerar los deseos utopistas como un rasgo definitorio surgido de las mismas entrañas de lo humano.

Irá pasando revista a los acontecimientos de mayor relieve que configuran los momentos claves de la Revolución del 17. Sus antecedentes, en 1905, las dos fases, perfectamente diferenciadas de febrero y octubre del 17…

La Revolución rusa tuvo en sus orígenes mucho de espontaneidad y de espíritu utopista. El Partido Bolchevique puede afirmarse que se subió a un tren en marcha y logró controlar su dirección e imponer su sesgo, centralista y autoritario, al curso de la Revolución. Esto se hizo, naturalmente, a costa de incumplir las promesas de libertad que había alimentado y de controlar férreamente el proceso. Los bolcheviques dirigidos por Lenin tuvieron una organización, una estrategia, una disciplina y una táctica que les permitió liderar el proceso. Si bien su funcionamiento vertical y jerárquico fue decisivo para explicar la posterior evolución de los hechos.

‘La utopía de los sóviets en la Revolución rusa’ es mucho más que un acercamiento o una exploración de este acontecimiento histórico. Es, sobre todo, una lectura filosófica que permite extraer consecuencias sobre diversos puntos polémicos.

Los hechos están analizados, no sólo con sencillez sino con rigor y, desde luego con espíritu crítico. Sus páginas y reflexiones sobre el leninismo son de indudable interés. Una visión dogmática presenta los planteamientos de Lenin no sólo como lucidos sino como ineluctables. Sin pretender restar un ápice a la inteligencia y capacidad estratégica de Lenin hay que contemplarlo como una corriente más del marxismo, como una adaptación pragmática, de la teoría a los hechos. No olvidemos que el propio Karl Marx afirmaba que ‘la práctica es un juez definitivo de la teoría’.

No estaría de más una reflexión sobre este punto que aunque formulado como de pasada, merece, desde mi punto de vista, una atención pormenorizada.

Asimismo, es una aguda observación la de que al igual que las matrioshkas o muñecas rusas, la Revolución del 17 lleva en su seno diversas revoluciones que se apoyan y se solapan, unas a otras, dando al proceso una complejidad incompatible con una lectura simplista. Podemos afirmar, sin embargo, que en las dos fases del 17, en la primera (febrero) predomina el espontaneísmo y el espíritu utopiense, en tanto que la segunda (octubre) está fuertemente marcada por el sesgo autoritario, vertical y centralista que le imprime el Partido bolchevique que se encarga de suprimir, drásticamente toda forma de democracia directa, burocratizando el funcionamiento de los Consejos.

Otro rasgo, sobre el que merece la pena detenerse un momento, es que este proceso no se llevó a cabo sin una oposición interna que era consciente del cariz que iban tomando los acontecimientos. Prueban esto las reivindicaciones que formulaban y las peticiones de democracia interna que fueron desoídas y reprimidas con considerable dureza. Señalemos entre estas su negativa a aceptar la centralización creciente política y económica, su negativa a que se transfiriera el control de la industria y la producción a los sindicatos con lo que la burocratización iba en aumento. Quizás lo que más llama la atención es que antes de ser aplastados defendían con ardor la libertad de discusión en el seno del partido y se oponían al creciente autoritarismo.

No es posible irnos deteniendo en todas las reflexiones y conclusiones que Felipe Aguado va formulando inteligentemente en esas páginas. Pone de manifiesto, por ejemplo, como la libertad es entre otras muchas cosas la condición inexcusable para la moralidad… o lo que es lo mismo no puede haber modalidad donde no hay libertad. De ahí que toda la fraseología sobre el hombre nuevo se venga abajo como un castillo de naipes al imponerse una férrea dictadura que no deja margen alguno, ni para elegir ni para discrepar.

Es aleccionador a este respecto meditar un momento sobre las alteraciones que fue padeciendo la toma de decisiones. Se desplaza del pueblo al partido bolchevique pasando por un estadio intermedio de los soviets o consejos. Recordemos el eslogan de Lenin ‘todo el poder para los soviets’. Por último y siguiendo una estructura jerárquica y vertical del partido a los dirigentes o mejor aún a una reducida cúpula que concentra todo el poder.

Esta reflexión quedaría incompleta sino se complementara con la burocratización y la alienación que produce. Incumpliendo los análisis de Karl Marx la alienación económica posibilita y da carta de naturaleza a que el Estado, se apropie de la plusvalía de los trabajadores y de su gestión. Naturalmente el carácter transitorio de estas medidas es una burla…

Pueden esgrimirse otras razones para ejercer la crítica y para reflexionar sobre un hecho tan trascendental como la Revolución rusa. Felipe Aguado acota el periodo y finaliza su análisis crítico con el llamado comunismo de guerra y la concentración de poder staliniano.

Una reseña no es más, en el mejor de los casos, que un aperitivo. Invitamos a los lectores degustar este breve texto, rico en exploraciones certeras e interpretaciones para que extraiga sus propias consecuencias. Es una introducción propedéutica que nos abre paso para adentrarnos en ese proceso poliédrico y polémico que es la Revolución de los soviets contemplada a un siglo de distancia.