marzo de 2026

‘Encrucijadas. A salto de mata 2’, de José Luis Zerón Huguet

Encrucijadas. A salto de mata 2
José Luis Zerón Huguet
Editorial Polibea, 2025
393 pp.

Hay diarios que aspiran a fijar una vida y otros que, con mayor lucidez, aceptan su condición fragmentaria. Encrucijadas: A salto de mata 2 (Editorial Polibea) se sitúa en esta segunda estirpe: la de los cuadernos que pretenden acompañar la experiencia en su devenir incierto. El diario de Zerón Huguet contiene entradas de una honestidad poco frecuente, donde la sinceridad no excluye la elaboración literaria. Como ocurre en su poesía, la escritura se sostiene sobre una sensibilidad alerta que no rehúye la valentía crítica. En este volumen conviven reflexiones meditadas con impulsos casi instintivos, juicios firmes con otros que se reconocen en proceso. Esa oscilación conforma el núcleo mismo del proyecto: pensar es también dudar, corregirse, exponerse.

La extensión de las entradas varía notablemente: desde breves anotaciones de apenas ocho líneas hasta piezas que alcanzan las extensas de seis páginas. Esta heterogeneidad formal contribuye a crear un ritmo de lectura dinámico, donde la brevedad aforística se alterna con el desarrollo ensayístico. Zerón Huguet deja que cada intuición encuentre su forma. En ello puede advertirse una afinidad con la tradición del diario intelectual europeo, de Montaigne a Joubert, donde la escritura es laboratorio más que resultado definitivo. El libro, en este sentido, se ofrece como un espacio de pruebas, un territorio de tanteo donde la palabra busca su exactitud sin renunciar a la contingencia.

Como en el primer volumen, la obra se organiza en cuatro partes claramente diferenciadas, aunque conectadas por una misma pulsión reflexiva. La primera, titulada «Mirar, escuchar, leer», reúne entradas relacionadas con la literatura y las artes. Aquí encontramos críticas, reseñas breves, anotaciones sobre libros, cuadros, piezas musicales, así como reflexiones estéticas que trascienden lo circunstancial. La lectura de Los pasos en torno de Herberto Helder desencadena una meditación sobre la memorización de los poemas entendida como antetexto, como gesto previo a la escritura que convierte la lectura en acto creativo. Del mismo modo, al comentar Théoremes poétiques del físico y pensador Basarab Nicolescu, el autor subraya «la capacidad de la poesía para trascender la realidad inmediata, ampliándola y dotándola de significados inéditos»; una idea que entronca con la concepción de la poesía como epifanía, donde lo maravilloso irrumpe en lo cotidiano y lo trastorna.

No menos sugerentes resultan sus incursiones en el cine. La revisión de Cuerno de cabra suscita una lectura crítica del film, ademas de activar la memoria personal del autor, que rememora su primer visionado en la adolescencia. La experiencia estética se convierte así en detonante de una arqueología íntima. Esta capacidad de vincular obra y biografía recuerda, salvando distancias, a la práctica crítica de Walter Benjamin, para quien todo objeto cultural es también un fragmento de vida.

Especialmente incisivos son los pasajes en los que Zerón Huguet dirige su mirada hacia el panorama literario contemporáneo. Afila la pluma y somete a escrutinio lo que denomina «legionelas de opinares en los magazines y suplementos culturales», mencionando nombres como Javier Cercas, Arturo Pérez-Reverte, Mario Vargas Llosa o Juan José Millás, entre otros. Su crítica supone una llamada a la exigencia: «haría falta un nuevo Viñó», escribe, invocando la figura de un crítico riguroso e indomable. En contraste, salva a Antonio Muñoz Molina, cuya obra vuelve a aparecer más adelante en una reseña sólida y argumentada de Tus pasos en la escalera. Esta doble operación —cuestionamiento y reconocimiento— revela una ética de la lectura que, de ningún modo, se conforma con la complacencia.

La segunda sección, «Los puentes que cruzamos», desplaza el foco hacia la experiencia cotidiana. Aquí abundan las anécdotas, los recuerdos, las impresiones de los paseos, las observaciones sobre la naturaleza que rodea la ciudad. Sin embargo, lo aparentemente menor adquiere una dimensión reflexiva. Una escena trivial puede dar lugar a un ejercicio de ars memorativa que abre múltiples vías de interpretación. Zerón Huguet demuestra que la vida diaria contiene ya los materiales de la filosofía. En este punto, su escritura dialoga con la tradición de Henry David Thoreau, para quien la observación atenta de lo inmediato es una forma de conocimiento. También asoma una preocupación por el presente tecnológico: el autor advierte sobre los riesgos de las nuevas formas de comunicación, señalando cómo la hiperconectividad puede empobrecer la experiencia. En ello hay una defensa de la atención como valor.

La tercera sección introduce un cambio de registro. Bajo el nombre de «Lampos», el autor reúne una serie de brevedades cercanas al aforismo. Son «anotaciones genómicas», «lámparas poéticas», chispazos conceptuales que condensan en pocas líneas una intuición compleja. Estos fragmentos funcionan como relámpagos: iluminan fugazmente un aspecto de la realidad sin agotarlo. La escritura se vuelve aquí más elíptica, más concentrada. Podría hablarse de una poética de la intensidad mínima, donde cada palabra pesa. En esta práctica aforística resuena la influencia de Emil Cioran, en cuanto a la voluntad de reducir el pensamiento a su forma más incisiva. Sin embargo, Zerón Huguet evita el hermetismo: sus «lampos» mantienen una claridad que permite al lector participar en el proceso de sentido. Destacamos: «La mirada fértil todo lo aproxima y lo abraza»; «La palabra poética ilumina rincones que la definición no alcanza. Revela, no delimita». «La poesía es una buena anfitriona, pero cuidado: también es una visitante exigente e intempestiva». O este otro: «¿Por qué le llaman ‘cultura’ cuando quieren decir ‘entretenimiento’?».

El antepenúltimo tramo del libro —que coincide en gran medida con el cierre de esta sección aforística— merece una atención particular por la radicalidad de su propuesta. Aquí el autor parece llevar al límite su concepción del fragmento como forma privilegiada de conocimiento. Cada apunte condensa una idea y después cuestiona la posibilidad misma de una visión totalizadora. La realidad se presenta como una suma de destellos inconexos que el sujeto intenta articular sin éxito definitivo. Esta fragmentación es un reconocerse en la complejidad contemporánea. En un tiempo dominado por discursos cerrados y certezas impostadas, Zerón Huguet apuesta por una escritura que asume su carácter provisional. La brevedad se convierte en estrategia crítica: decir menos para sugerir más, interrumpir el discurso antes de que se convierta en dogma. En este gesto hay una audacia que lo acerca a la mejor tradición del pensamiento fragmentario, desde los románticos alemanes hasta el propio Benjamin, donde el fragmento es forma plena.

El penúltimo apartado, concebido como una separata, introduce un cambio tonal significativo. Se trata de la narración de la riada de 2019, una de las más devastadoras que ha sufrido la comarca de la Vega Baja. El acontecimiento, traumático de por sí, adquiere en la escritura una dimensión simbólica que desborda la mera crónica. La inundación no solo arrasa con infraestructuras y paisajes, sino que pone en cuestión la idea de estabilidad sobre la que se asienta la vida cotidiana. Zerón Huguet reconstruye el suceso con una prosa que combina precisión descriptiva y carga emocional, evitando tanto el sensacionalismo como la distancia fría. El lector asiste a una experiencia límite que, en retrospectiva, anticipa la vulnerabilidad colectiva que se manifestaría poco después con la pandemia de 2020.

Este episodio final funciona como contrapunto al hecho fragmentario anterior. Si los «lampos» ofrecían destellos aislados, la riada impone una continuidad narrativa, una necesidad de relato que permita comprender el alcance de la catástrofe. Sin embargo, incluso aquí, el autor mantiene su cautela frente a las interpretaciones cerradas. La escritura no pretende explicar del todo el acontecimiento, sino dejar constancia de su impacto. La naturaleza irrumpe como fuerza desbordante que relativiza cualquier pretensión de control. En este sentido, la riada se convierte en metáfora de la propia vida: imprevisible, inabarcable, siempre a punto de desbordar los límites que intentamos imponerle.

En expresión del propio autor, «Este segundo volumen de mi diario está escrito con ciertas ínfulas literarias, pero no pretendemos que el estilo se imponga a los sucesos, notas, impresiones que deseo transmitir […] desde el fervor y la sinceridad». La declaración, lejos de ser una excusa, define con precisión el equilibrio que sostiene el libro. Hay, sin duda, voluntad estilística, pero nunca a costa de la verdad de la experiencia. Zerón Huguet escribe desde una conciencia aguda de los recursos literarios, sin caer en el exhibicionismo.

En conjunto, Encrucijadas: A salto de mata 2 se consolida como un proyecto de largo aliento, donde el diario se convierte en forma de conocimiento y de resistencia. Frente a la velocidad del presente, el autor propone una escritura que se detiene, observa, duda. Su mayor logro reside en esa capacidad para convertir lo cotidiano en materia de reflexión sin perder la intensidad emocional. El lector encuentra aquí un recorrido; una voz que piensa en voz alta y que, en ese pensar, nos interpela.

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