Hace veintiséis años que esta obra de Barbieri estrenada en Madrid en 1851 no se representa. Su importancia supera cualquier efeméride. Es la primera obra larga de la que se puede decir que es una zarzuela española, aunque su compositor estaba muy influido por la ópera italiana de su tiempo, fundamentalmente por Donizetti y Rossini. Barbieri fue un ‘autor mayor’ a la altura de grandes genios musicales de su tiempo, y la partitura tiene originalidad, belleza, unos preludios de cada uno de sus tres actos de una potencia deslumbrante, y en esta ocasión Álvaro Albiach como director de la orquesta sinfónica de la Comunidad (Lara Diloy estará al frente de la batuta en cuatro de las funciones de las catorce que se van a realizar hasta el 12 de abril) sabe interpretar las posibilidades que le ofrece una partitura de nivel y las aprovecha, hasta el punto de que la parte musical se impone frente a la más discutible desde el punto de vista teatral.
Como ocurría en los libretos españoles de la época el costumbrismo llevaba al juguete cómico como en su momento era la historia de Ventura de la Vega, inspirada en una anterior comedia francesa. Un argumento cortesano sobre una duquesa asediada por un marqués y con otros hombres con los que coquetea, pero secretamente enamorada de un hombre del pueblo que desconoce la identidad de la muchacha.

Ese trazado de engaños y seducciones preside la trama original, con un final apoteósico en el que la turba de los locos desnuda al pretencioso marqués, con toda la carga de populismo que este tipo de comedias contenían, bien aceptadas por un público que ya había dejado de ser el de los aristócratas con pedigrí.
Marina Bollaín como directora teatral no es una desconocida en el género lírico donde ha trabajado como soprano. En una tendencia creciente en la que mujeres cantantes transitan a la dirección teatral; como es el caso de la alemana Nicola Beller Carbone, responsable de escena en ‘Bohemios’, la última obra del Proyecto Zarza de La Zarzuela, que resolvía como podía un errático y aburrido libreto lleno de guiños. Ahora María Bollaín es también la creadora del nuevo texto de ‘Jugar con fuego’.
La acción se traslada de un palacio del XIX a las gradas del Estadio Bernabéu con imágenes de público que abren a través del vídeo cada uno de los actos. El espacio de negocios y transacciones no son los salones sino el palco de honor. No hay locos sino un asalto de ultras y hooligans engreídos que se enfrentan a antidisturbios. La diferencia de clases ya presente en los sainetes y en el teatro lírico del XIX se mantiene e incluso se acentúa en esos espacios que permiten distinguir entre los hinchas y la élite de poder económico-político que ostenta su influencia desde los palcos de lujo.
El espacio escénico de corte realista de Blanca Añón es funcional, no excesivamente atractivo desde el punto de vista estético, al igual que el vestuario de Teresa Mora. Un envoltorio nada habitual para mostrar una zarzuela, sin apenas concesiones a la imaginación. El salto sin ser hiriente tampoco es precisamente reconfortante, y la producción ofrece abundante oficio teatral pero sin bengalas.

Lo que hay y en esto si hay que ser más que espléndido es un reparto excelente, donde brilla con fuerza la pareja Alejandro del Cerro (Antonio Gandía en el segundo reparto) y la verdadera estrella de esta producción, la increíble Ruth Iniesta. No solo está deslumbrante desde el punto de vista de su soltura escénica sino desde su poderosa, bellísima y escalofriante voz. Iniesta acaba de protagonizar en La Monnaie de Bruselas una ópera en francés, ‘Benvenuto Cellini’ de Berlioz en la más colorista y extravagante producción vista en mucho tiempo en un escenario europeo con un enloquecido tratamiento escénico mitad Fellini y mitad Las Vegas.
El resto del reparto como los barítonos José Antonio López / Luis Cansino cumplen como ‘Marqués de Caravaca’, David Lagares (y Javier Castañeda) en el cometido de ‘Marques de Alburquerque’, aunque demasiado joven para el personaje, o Miguel de Diego / Enrique Faraldo en ‘Antonio’. Con gran presencia del coro en escena. En todo caso, la parte musical, sobre todo Ruth Iniesta y Alejandro del Cerro y el gran trabajo de Albiach en la dirección musical destacan por encima de una peculiar y discreta puesta en escena teatral.











