abril de 2026

‘Ab radice (II). El día que morimos las dos. Los brotes rojos’, de Cristina Arribas González

Ab radice (II). El día que morimos las dos. Los brotes rojos
Cristina Arribas González
Hijos de marzo, Madrid, 2025
26 páginas

En la Commedia de Dante Alighieri, concretamente en los versos finales del Canto I del “Purgatorio”, podemos ver cómo Virgilio, según las órdenes de Catón, ciñe con un junco a Dante, y cómo otro junco, de inmediato, en el instante mismo en que la planta que simboliza la humildad es arrancada, vuelve a brotar exactamente en el sitio donde estuvo la primera. Ese concreto pasaje es el que sirve como cita de apertura en Ab radice (II). El día que morimos las dos. Los brotes rojos; la segunda y última entrega de una suerte de díptico epistolar con el que su autora, la poeta y artista plástica Cristina Arribas González (Madrid, 1986), ha seguido ampliando los registros de su bien fundada expresividad en el ámbito de la literatura. Y con un encomiable sentido de la humildad que, esta vez, ha sabido tomar particulares relieves de síntesis, desnudez y capacidad regeneradora.

Ciertamente en Ab radice (II) podríamos ver un apéndice discursivo, e incluso un corolario estético, más que una segunda parte al uso en el contexto del señalado díptico. Porque si Ab radice (I). De estigmas venía a dejar meridianamente claro —según tuve ocasión de señalar en su momento— “cómo el género epistolar se amolda con facilidad insuperable a los diferentes estados de ánimo, a los diferentes visajes del alma y a los diferentes latidos del corazón de quien escribe”, Ab radice (II). El día que morimos las dos. Los brotes rojos se adentra de lleno en el territorio —o, si se prefiere, en el purgatorio, por seguir bajo el influjo dantesco— de una depuración metaliteraria (“A veces voy desapareciendo y me arranco letras de mi nombre”) de todo punto concerniente al recurso expresivo de los diversos personajes, o de las diversas personalidades (“A veces soy niña, otras escándalo”). Así las cosas, no tardaremos en leer: “Sufro un trastorno de personalidad múltiple que controlo sumando personajes a la realidad, Delia, soy yo o eres tú, no lo sé. O es una de mis personalidades. Me llamo Ariam Sabira (…) Soy narcisista por naturaleza, toda artista lo es de alguna manera, me dejo poseer por ese espíritu y reparto voces. Por eso te amo, porque lo amo todo”. Y así también las cosas, Ab radice (II) apuesta por trascender cualquier tipo de anécdota, con lo que la episódica narratividad, asociada a cuanto de confesional podía hallarse en la primera entrega del díptico, deja paso a un trascendente e interesantísimo juego de espejos acerca de la tríada que formarían identidad, creación y literatura, y en el que la propia autora, en una especie de arrebato autoficcional, termina viéndose involucrada: “Mi belleza es superior a mis fuerzas, por eso me llamo Delia, no Cristina. Ella es tan fácil de manipular, hasta las fechas, hasta su corazón que late tan humanamente. Hasta ser Priama, hasta ser Ariam. Hasta ser raíz”; “Le tengo miedo a Cristina porque es mejor que yo. Es más verdad que nadie en este mundo”.

Son páginas sumamente brillantes las que han quedado reunidas en esta muy breve obra de Cristina Arribas, al extremo de conformar uno de sus mejores trabajos literarios, y, sin duda alguna, el mejor broche que podía soñarse para todo el proyecto titulado Ab radice (Desde la raíz). Bastará añadir que, como en la entrega anterior, flujos de intertextualidad —que aquí llevan los nombres de Atahualpa Yupanqui, Idea Vilariño o Charles Baudelaire— recorren sugestivamente unas líneas donde la prosa y la versificación se alternan con naturalidad totalizadora, y donde el profundo simbolismo de la entera propuesta (“Ya llegó la generación de las rosas y la raíz. Ahora llegará la generación del viento y las manos”) abocará al desnudo del soneto final, del soneto de despedida firmado, abiertamente, por Cristina Arribas González, y cuyo par de tercetos —por cierto, encadenados— reza así: “Sólo tú sabes, verbo de mi herida, / los nombres que murieron sin ser míos; / sólo tú das sentido a mi partida. // Devuélveme tu amor, tus poderíos, / mi amor, mi todo, esencia compartida, / que sin tu voz me quedo en los vacíos”.

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