abril de 2024 - VIII Año

‘Ser orilla’, de Eugenio Luján Palma

Ser orilla
Eugenio Luján Palma

Editorial Onuba, Huelva, 2022
138 páginas

En este tiempo de la inmediatez que es el presente, el ingenio de la humanidad ha convertido el mundo en un vecindario hiperconectado cuya realidad puede tocarse con las manos, vivas donde vivas. Lo que ocurre en un punto del planeta puede impactar al instante en el extremo opuesto, y nos hemos habituado a aplaudir o condenar con absoluta naturalidad todo lo que ocurre tanto aquí como a miles de kilómetros. Ahora bien, somos miembros de una misma especie con —al menos en teoría— iguales derechos, lo que debería bastar para erradicar cualquier manifestación de discriminación o marginación; pero la realidad nos ha demostrado desde siempre que estamos muy lejos de esa situación ideal. Este vecindario hiperconectado encierra una paradoja: si podemos considerar nuestros vecinos a quienes se encuentran a doce husos horarios de distancia, ¿por qué seguimos sin reconocer al prójimo?

Este es el tipo de preguntas que el filósofo español Eugenio Luján Palma (Valmojado, Toledo, 1966) se ha venido haciendo desde hace más de media vida, y que hoy plasma en Ser orilla (Editorial Onuba, Huelva, 2022), libro en el que, a partir de la descripción de paisajes, tradiciones y personajes de un entorno particular como es la población costera de Isla Cristina, propone una definición del ser humano como una orilla infinita, factible de recibir al prójimo con sus alegrías y sus padecimientos, y propiciadora de la empatía y la fraternidad como valores clave para nuestra supervivencia.

Situada en la costa de Huelva, al sur de España y cerca de la frontera con Portugal, Isla Cristina es una ciudad del mar. Una “isla que fue”, como la define el autor, y que dejó de serlo tras un terremoto que, siglos atrás, hizo emerger el brazo de tierra que desde entonces la mantiene unida al continente. Entre sus gentes se encuentran hábiles marineros y pescadores, poseedores de una sabiduría esencial que les permite aprovechar desde desplazamientos de cardúmenes hasta vaivenes de la marea, mediante el empleo de herramientas y procedimientos que han ido evolucionando como resultado de la necesidad de adaptarse al entorno en el que viven. Tierra de isleños cuyos ancestros llegaron de las más diversas procedencias y a la que la familia de Luján Palma acudía cada verano para bañarse en sus aguas y en la llana cordialidad de sus habitantes.

Ser orilla no es, sin embargo, un libro de geografía y tradiciones, sino una profunda reflexión sobre la manera en que deberían calzar nuestra individualidad —el ser humano como isla— y la necesidad de acercarnos al prójimo —el ser humano como orilla— para avanzar juntos, ayudarnos, tendernos la mano. En once capítulos escritos con una cuidada prosa poética rezumante del amor por esa tierra que considera suya, Luján Palma nos conduce a través de lugares y costumbres autóctonas mediante las cuales ilustra sus planteamientos universales: allí donde un observador casual vería un accidente geográfico o una expresión de la cultura popular, él ve un tema de filosofía. “Filosofar es la actitud más natural de toda persona”, nos dice, “porque se realiza en cualquier momento y situación, justo cuando uno se pregunta por el porqué de las cosas, de cualquier acontecimiento que esté ocurriendo”. La razón, se infiere leyendo este libro, no tiene por qué alejarse de la querencia, de ese cariño íntimo por lo que forjó la persona que hoy somos.

Mecida por el tono del autor, Isla Cristina se convierte en la representación de un ámbito humano “donde no se pregunte más de dónde eres, sino qué me aportas”. Las ideas, afirma, engendran realidades, pero no por ello están exentas de amenazas, entre las cuales destaca la posibilidad de masificarse: la masificación y estandarización de la sociedad son mecanismos de la globalización de los que se sirve el capitalismo para “generar un mercado hambriento y vivo”. Así, la originalidad es una rara avis constantemente perseguida por la masa para, por supuesto, masificarla, lo que equivale a neutralizarla. Hallar un punto de equilibrio pasa por asumir que nuestras vidas no avanzan por nuestras decisiones, sino que son moldeadas por las circunstancias; quien entiende esto “encuentra en cada emoción a experimentar un reto por el que bregar”. La utopía, afirma, “es el motor de la historia: los sueños nos hacen buscar la realidad”.

El aislamiento, entendido como la tendencia de ciertos individuos a considerarse a sí mismos “islas”, es el origen de trastornos sociales como la discriminación, la marginación, la segregación. “A lo largo de la historia del pensamiento se han dado muchas definiciones de qué es ser persona, qué nos caracteriza como seres humanos”, dice entonces el autor. “Ser orilla es la que propongo. Abierto siempre a los demás, padeciendo, sintiendo con el otro y desde el otro, empatizando con sus sensibilidades, con sus sueños, con sus problemas, es como la humanidad ha logrado evolucionar y mantenerse. Porque sólo desde el padecer con los demás, aparece el puente de la solidaridad, del apoyo mutuo. Y esa ha sido la clave de nuestro mantenimiento y desarrollo como especie”.

Si una isla, como ha sido el caso de Isla Cristina, puede superar la idea del aislamiento para convertirse en lugar de encuentro, en “orilla infinita por sus cuatro costados”, el individuo puede asimismo acoger al prójimo en su realidad. “Nuestra piel es orilla, como lo es la de los demás, quienes esperan que en ellas los otros también atraquemos”, afirma. Y por ello la discriminación carece de sentido. “No se trata de elegir entre discriminar (ser xenófobo, racista) o no, sino de comprender que dentro de la especie humana no cabe la exclusión por ningún motivo”. A la intercomunicación propiciada por la globalización, antepone la segregación de “personas que no dejan que otras atraquen en su orilla”, generando conflicto con el inmigrante, el refugiado y el marginado. “No es fácil ser orilla. Es más cómodo levantar fronteras. Hincar en el fango estacas impermeables que delimiten y separen. Impedir el roce de esa piel desconocida”.

Aparte de estos planteamientos que constituyen en sí mismos una utopía a la que aspirar —que todos pongamos a un lado nuestras diferencias bajo el entendido de que ninguna de ellas es más importante que el bien común—, Ser orilla destaca por la forma como Luján Palma recorre momentos de su infancia en Isla Cristina o episodios propios de la vida cotidiana de la ciudad y de sus tradiciones —desde el Carnaval y la Semana Santa hasta la llegada de la Virgen a las costas y el recibimiento de los habitantes, que la cargan en hombros sobre el mar— y los conecta con esa esperanzada visión que el autor sin duda transmite en las 138 páginas del libro. Una conexión que viene a corroborar que, en efecto, filosofar es la actitud más natural de toda persona.

Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Luján Palma es un respetado especialista en el pensamiento y la obra de Miguel de Unamuno, a quien ha dedicado dos libros: Trayectoria intelectual del joven Unamuno: historia de una crisis de fundamentos (2003) y Miguel de Unamuno: conferencia “El derecho y la fuerza”. Desvelando la unidad de sentido de su obra (2017). El autor, además, ejerce como docente de Filosofía desde 1993 en la Enseñanza Secundaria (ESO y Bachillerato).

Ser orilla, libro de una actualidad ineludible, es su contribución a edificar una sociedad donde los individuos dejen de “tomar partido solamente en situaciones que sean de interés propio”; donde los individuos, finalmente, abracen su condición de ciudadanos, de “costaleros sociales” con principios éticos que les permitan acallar el murmullo y la indiferencia.

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